
Aquella tarde habían ido a la feria, su abuela, su hermana menor Hannah y él. Ya desde la colina podían observarse los fuegos artificiales que iluminaban el firmamento con decenas de colores, y la inmensa noria que daba vueltas a una velocidad vertiginosa. Por todas partes había vendedores de globos, tenderetes con manzanas de caramelo, palomitas y toda clase de chucherías, los niños iban cargados de peluches y juguetes. Hannah emocionada, pugnaba por desembarazarse de la mano de su abuela y correr hacia cualquier parte. La pequeña era traviesa y despistada, cosa que fastidiaba a Jack, pues le obligaba a estar la mayoría del tiempo pendiente, ejerciendo de hermano mayor, algo con lo que su abuela le atosigaba a menudo.
El sol se estaba poniendo, pero aquello carecía de importancia si estabas en la feria. Cuando llegaba la noche el mundo parecía transformarse misteriosamente. Como por encanto, todo el recorrido se llenaba de gente extravagante y curiosa que bailaba y tocaba extraños instrumentos, haciendo sonar una música disparatada que parecía no tener sentido ni ritmo alguno. De la nada aparecían saltimbanquis, malabaristas, acróbatas, equilibristas, prestidigitadores… cada uno haciendo gala de sus mejores artes. Y toda clase de animales: pequeños monos atados con correas iban saltando de la cabeza al hombro de quien los transportaba, enormes serpientes amarillentas reptaban por el plateado cuerpo de unas muchachas que no cesaban de reír, había ratones amaestrados y un circo de pulgas, un enorme gato tuerto de color azul paseaba en brazos de una hermosa mujer barbuda, un hombre muy grande cargaba con tres pequeños chiguaguas, uno de pie sobre su cabeza, y los otros dos haciendo lo propio sobre sus manos, un búho gris perla revoloteaba alrededor de una gitana que bailaba al son de su pandereta, había incluso un pequeño elefante que parecía sonreír con la trompa mirando hacía el cielo; en sus lomos iba montada una niña muy rubia, o tal vez era una mujer muy pequeñita, Jack no habría sabido decir.
Todos ellos se mezclaban entre la gente de modo que a cada paso que dabas te encontrabas con un nuevo espectáculo que admirar. Hannah reía extasiada y llamaba la atención de su abuela señalando en todas direcciones. Jack observaba todo atentamente con media sonrisa en la cara. En realidad se sentía entusiasmado, pero le costaba demostrarlo abiertamente. Desde que su madre había muerto, reír y pasarlo bien era como una traición a su recuerdo. Su padre les había abandonado cuando Hannah era apenas un bebé, poco después ella había enfermado. Fue una dolencia muy larga en la que su madre fue languideciendo y perdiendo las fuerzas paulatinamente, aún así cuidó celosamente de ellos hasta el final. Se había cumplido un año desde que sé fue, pero para él era como si tan sólo hubieran transcurrido unos pocos días. Llegó un momento en que casi no podía hablar con ellos, Jack tenía grabada a fuego aquella imagen en el corazón.
Tomaron la travesía principal siguiendo los pasos de Hannah, que tiraba insistentemente de la mano de su abuela, hacia una zona en la que un colosal tragafuegos despedía poderosas y anaranjadas llamaradas al aire. En aquel momento, con la colaboración de su ayudante, se estaba preparando para saltar a través de tres pequeños aros envueltos en llamas. La gente se fue arremolinado a su alrededor formado un círculo, expectante. Ellos tres se situaron detrás de los pebeteros que se habían instalado para prender las antorchas con mayor facilidad. Fue allí donde Jack la vio por primera vez. Su rostro, o mejor dicho la máscara que lo ocultaba, apareció entre las cabezas, detrás de la gente. Era una dama de pelo rojo, muy delicada. A Jack no le chocó en absoluto que fuera enmascarada, todos los comediantes iban disfrazados de una u otra manera, pero aquella mujer, al contrario que el resto, no iba vestida con vivos colores, sino de negro, la única nota de color la ponía su hermosa máscara; además, le miraba fijamente a los ojos.
(Continuará...)
Fotografía 1: AuroraCoda Fotografía 2: Navate