Las lágrimas silenciosas se escurrieron veloces por sus mejillas, pensando en él y en lo mucho que le amaba. Intentó contenerse secando su rostro con el dorso de la mano en un vano intento de evitar que acudieran a sus ojos. Miró el cielo. La luz agonizante anunciaba un ocaso gris y una vigilia sin estrellas, aunque la luna se alzaría llena aquella noche, enmascarada tras la abundancia de las primeras nubes otoñales.
Caminó por el sendero durante largo rato hasta que el furtivo astro llegó a su cénit. El frío se había adelantado y el inclemente viento azotaba sus ropas y su cabello como si tratara de hacerla desfallecer, pero la desazón de su alma no consintió ni por un instante dar tregua a sus dudas, decidida como estaba a enmendar finalmente todos sus desatinos: hallaría en la vieja un remedio contra sus males y todo volvería a ser como antes.
Calada hasta los huesos y temblando de frio divisó por fin entre los árboles más frondosos el viejo y negro carromato. La tenue luz del candil reveló vida en su interior, cosa que no sorprendió a la joven pues recordó lo que se decía de ella en la aldea: “nunca duerme, es tan vieja que ya lo dejó de necesitar”.
Gritó con fuerza para hacerse oír por encima del viento, de tal modo que el par de mulas que descansaban pacíficamente al resguardo del sobradillo, empezaron a roznar y a cocear inquietas. Vociferó sin descanso hasta que una sombra tras el ventanuco le hizo finalmente una seña para que entrara. Al abrir la portezuela un penetrante olor a caldo jugoso la inundó haciéndola caer en la cuenta de lo débil que se encontraba. Las ganas la abandonaron con rapidez en cuanto los olores de aquel agujero infecto fueron condensándose y multiplicándose hasta confundirla con hedores que nunca hasta entonces había sospechado y de los cuales no deseaba conocer el fundamento.
-Malas horas traes niña.- Le espetó de repente la vieja.
La muchacha quedó muda ante la visión de la anciana pues la juzgó todavía peor de lo que le habían contado. Su boca desdentada era un tajo rojizo que se hendía en un pozo sin fondo en el centro de su rostro, si es que rostro se podía llamar a aquella conjunción de arrugas y pliegues que apenas dejaban reconocer entre ellos la nariz y los ojos excepto por su desproporción. Su pelo negro e insólitamente fuerte, le caía hasta la cintura en sucios e irregulares mechones de los cuales colgaban toda suerte de amuletos, cintas y pequeños ídolos.
La joven se santiguó antes de pronunciar palabra, a lo que la vieja contestó lanzando un negro escupitajo al suelo.
-¡Bah!- la apremió con voz ronca y masculina- Di lo que tengas que decir y no me entretengas, que para los viejos como yo el tiempo es oro.
-Oro traigo mi señora- balbució la pobre muchacha todavía amedrentada- por robar vuestro tiempo, pues sois la única que puede librarme de mis desdichas.
-¡Condenados jóvenes!- aulló la anciana sacudiendo con ello todos los potingues que almacenaba sobre la mesa- cuando aprenderéis que nadie salvo uno mismo puede quitarse de encima las miserias…
-Por eso vengo, señora- respondió mirando al suelo con timidez- a enmendar los errores que he cometido… Os imploro que…
-No implores tanto y habla de una buena vez- ordenó la vieja dando un violento golpe en el suelo con su bastón-…y siéntate no vaya a darte un vahído.
La joven aceptó con sobresalto el ofrecimiento de la anciana acomodándose en el único banco disponible, mientras, ésta se removía en su asiento haciendo sonar sus amuletos.
-Hace cosa de unas semanas mi madre vino a visitarla- la voz de la muchacha era apenas un susurro-.Trajo de usted un remedio amoroso pues temía que me quedase soltera… Yo soy todavía joven… pero como puede comprobar, poco agraciada y en mi casa somos ya demasiadas bocas que alimentar…
-Continua -urgió la vieja.
-El caso es que tras mucho pensarlo, le di la pócima que trajo madre al muchacho más apuesto de la aldea.
-¿Y funcionó?
-La boda está prevista para dentro de un mes.
-¿Y se puede saber entonces por qué importunas con tus idioteces a ésta pobre anciana?- vociferó la vieja levantándose y haciendo peligrar de nuevo el equilibrio de todos sus mejunjes.
La muchacha bajó la cabeza, azorada.
-Verá, es que yo no le quiero… bueno sí que le quiero pero…
-Decídete hija porque no te entiendo.
-Pues que sí, le quiero- dijo por fin alzando el rostro- pero no deseo que se case conmigo por culpa de ese brebaje diabólico suyo.
-Ya veo… -murmuró la bruja echando a andar por la exigua estancia- lo que tú deseas es deshacer lo que ya está hecho ¿no?
La sonrisa de la vieja sorprendió a la joven, que asintió con cierta inseguridad.
-Ah, los jóvenes- musitó casi con dulzura pese a lo difícil que resultaba encontrarla en un rostro como aquel- siempre creéis que todo tiene remedio.
-¿Y no lo tiene entonces…?
La huesuda mano de la anciana se alzó antes de que pudiese continuar.
-Pues claro que lo tiene, querida niña- dijo mientras acariciaba la suave mejilla de la joven haciéndola estremecer- pero deshacer lo que ya está hecho conlleva un precio que tendrás que pagar.
La muchacha asintió comprendiendo.
-Lo sé, sé que él dejará de amarme, y que yo sin embargo no podré olvidarle nunca…
-Por lo menos eres lista y no te engañas cobardemente- comentó la vieja echando a andar hacia una de las repisas repletas de pequeños frascos de vidrio.
-Entonces no nos demoremos más- dijo dándose la vuelta y ofreciéndole una pequeña botella cuyo contendido era traslúcido a la vez que espeso-. Asegúrate
de poner la mitad del contenido del frasco en el vaso de tu prometido la próxima luna nueva, mientras pronuncias del revés tu nombre en tres ocasiones. Que lo apure hasta el final.
La muchacha tomó el recipiente mientras memorizaba para si las instrucciones.
-Y ahora, si no te importa, deja sobre la mesa esas monedas que traías y permite descansar a esta fatigada vieja.
La muchacha dejó las monedas, dio las gracias y salió del carromato cuando ya despuntaba el alba.
Avanzando por el sendero la joven apretaba con fuerza en su mano la pequeña botella. Las lágrimas volvían a recorrer veloces sus mejillas; lloraba con toda la frustración de quien hace lo correcto, aún sabiendo que aquello mismo será su mayor desgracia.
En la carreta, tras el pequeño ventanuco, un rostro sonreía mientras observaba a la muchacha alejarse.
-“Estos jóvenes” - pensaba- “creen que todo tiene remedio, hasta el mismo amor”.
Se alejó trabajosamente hasta la mesa sobre la que descansaban la mayoría de sus hechizos, eligió uno de ellos y lo observó más de cerca.
-“Esencia de jazmín y agua ligeramente destilada: el filtro de amor ¿Servirá realmente para algo?”- -se preguntó divertida.
Tomó entonces un espejo dorado que guardaba entre sus pertenencias más queridas y se contempló en él sin timidez. El suave y bello rostro, de ojos profundos y turbadores que reflejó el cristal, le lanzó una traviesa mirada.
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