
Una inesperada ráfaga de aire caliente se coló por la ventana haciendo estallar un barullo de papeles por toda la habitación, convirtiéndola en un caos blanco de hojas que se enredaban en mi pelo. Corrí para cerrarla intentando detener el vuelo de las cortinas que parecían querer escapar de la cárcel de mi cuarto para siempre, y al mirar el cielo del crepúsculo cargado y ambarino, y pensar que tú estarías bajo él en ese mismo instante, una corriente atravesó mi cuerpo produciendo tal sacudida que me obligó a cerrar los ojos para recuperar el aliento. Al darme la vuelta, todo era una anarquía de papeles y libros abiertos. Busqué en el suelo el último folio que había estado leyendo, tu carta.
Llevaba toda la tarde encerrada leyéndola una y otra vez, estudiándola, intentando descifrarla y desentrañar cada pequeño matiz, queriendo adivinar en la composición de las frases, en su orden, en cada signo de puntuación, un sentido oculto más allá del que revelaban abiertamente las palabras. Un código tal vez, algo que quizás debiera recordar, una pista que me diste en otro tiempo y lugar, una llave secreta, una clave. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano, no conseguí ver más allá de ellas; todas hermosas, perfectamente escritas con tu letra menuda y clara, pero cada una asestando un golpe letal en mi corazón, aguijoneando mi cerebro.
Volví a mirar el cielo, sentí miedo de verdad; miedo de ese que parece acechar siempre, que aguarda incluso en la oscuridad que hay detrás de cada parpadeo. ¿Cuántas formas existen en ésta realidad para decirle a alguien que le amas? ¿Cuántas puede improvisar una persona en el tiempo que le ha sido concedido? De todas ellas me has convertido en blanco, y sin embargo nunca ha sido suficiente.
Y allí, aferrando tu carta, en mitad de la tormenta eléctrica que amenazaba con romper en cualquier momento y hacer que temblase hasta el mismísimo eje de la tierra, en cuestión de segundos, me hice invisible. Fue un proceso paulatino que comenzó con un intenso hormigueo en las manos.
Al principio fueron mi carne y mi piel que se diluyeron dulcemente como si se tratase de un perfume en el éter; después mis ropas se fundieron con el aire; tras ellas mi voz, que se convirtió en fino cristal, y en último lugar mis ojos, que apagaron su brillo como una bombilla que se funde repentina.
Y aquí estoy, escribiendo con mis manos transparentes ideas y palabras que pienso con mi cerebro incorpóreo, mientras observo tus intentos desesperados para que vuelva a aparecer ante tu vista, ante la vista de todos. Pero yo, que en algunas ocasiones puedo llegar a ser una chica lista, sé que no se puede amar lo que no se conoce, lo que no se percibe, ni con los sentidos ni con el corazón, lo que no se ve. Y si presumes ver algo, una débil silueta con mi forma, con mi color, con mi voz y que huele a mí, debes saber que esa sombra no soy yo, es tan solo un reflejo. Puede que te conformes con ella y sea suficiente para que la ames, pero no lo es para mí que conozco la inmensidad que se esconde detrás de mis ojos y mis palabras, lo oculto, lo que tú llamas ‘secretos’, que nunca han sido tales, pues no puse barreras ni fabriqué muros que no pudieses franquear simplemente con tu deseo de hacerlo; porque créeme, el misterio se habría resuelto tan sólo con una pequeña dosis de curiosidad.
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