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Yol, con la luna por cerebro
Fotografía: Thisyearsgirl (Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. )
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Yol, con la luna por cerebro
Fotografía: Thisyearsgirl (Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. )
Los furiosos golpes de viento en los cristales de la ventana la sacaron bruscamente del sueño, y al abrir los ojos aún amodorrada, se encontró con una estampa poco familiar en su vida; tras el vidrio, frente a ella, el vacío azulado le devolvía una mirada infinita.
Se sintió inquieta. En el silencio aparente de la madrugada la casa entera retumbaba y crujía quedamente. A lo lejos, el tictac de un reloj resonaba como las pisadas de un elefante, y a su lado, la respiración acompasada de su joven compañero, que dormía con toda placidez abrazado a su cuerpo, sacudía la cama en cada exhalación como un temblor de tierra.
Apartó su brazo con delicadeza, y se deslizó bajo las mantas sin hacer ruido para no despertarle. Buscó las zapatillas y una chaqueta de lana para ponérsela encima del pijama y se dirigió a las escaleras.
Fuera del cuarto los sonidos eran más enérgicos, pero menos fantasmales de lo que había imaginado. La casa entera había sido invadida por corrientes de aire que la hacían chirriar desde los cimientos, llegando a dar la sensación de que se balanceaba lánguidamente, al compás de cada embestida procedente del exterior.
Caminando hacia la entrada, la imagen de un espejo de cuerpo entero se cruzó en la penumbra, y al contemplarse en la oscuridad, se vio a si misma diferente. Tenía unos seis años, el pelo algo más largo, y en lugar de una chaqueta llevaba puesto un encantador camisón con pequeñas flores estampadas. Se reconoció en los ojos, que la suerte había mantenido tan expresivos como entonces a pesar del tiempo transcurrido (aunque exactamente igual de tristes), y también en la sensación, que producía aquella niña, de encontrarse tan pérdida y asustada como ella.
La visión se esfumó en un suspiro, y un fulgor acuoso, que recorrió la superficie brillante y líquida del espejo, le devolvió por fin su imagen actual. Sin asombrarse demasiado con lo sucedido, tomó aire para relajar la tensa musculatura, se abrigó un poco y siguió adelante.
La puerta se abrió emitiendo un suave quejido, pero el viento azotó su cuerpo con saña a modo de bienvenida.
El paisaje nocturno la sorprendió en su oscuro esplendor.
Venciendo un escalofrío comenzó a avanzar, paso a paso, presa de la belleza que la rodeaba, decidida a perderse en la negra inmensidad. El cielo se encontraba parcialmente cubierto por nubes blanquecinas que ocultaban la ambigua cara de la luna llena, repartiendo sobre la explanada y la arboleda, que obstaculizaba el horizonte, una luz etérea. El único sonido en el mundo provenía del aire, que soplaba temible entre las frondosas copas de los árboles, cuyas longevas y aún flexibles ramas, se cimbreaban al ritmo que imprimía el confuso vendaval.
Sentía miedo, pero deseaba con toda su alma creerse valiente. En una especie de batalla contra si misma, sus pensamientos la impulsaban a correr hacía el refugio que la casa y su amado le ofrecían; pero su corazón palpitaba con tal ímpetu, que ahogaba los gritos de auxilio que lanzaba su mente a la desesperada.
Agotada, se detuvo.
Logró plantar los pies en la tierra con la suficiente seguridad. Deshizo la trenza de su pelo, dejándolo flotar libre, y desafiando el frío de la noche, extendió los brazos, cerrando los ojos, intentando percibir con toda la intensidad posible el milagro de aquel momento en el que se sentía invulnerable.
Cuando sus fuerzas comenzaron a flaquear, la mente ganó el suficiente terreno, y apareció más allá de sus ojos una imagen clara de él asomado a la ventana observando la escena, preguntándose extrañado qué diablos sucedía.
Qué fácil sería correr hacia sus cálidos brazos y buscar en su boca el veneno suficiente para adormecer a la bestia rugiente que se escondía en su interior. Regresar bajo las mantas, a la seguridad de los cuerpos a escasos milímetros, al aliento en el oído, al olor a manzanas agrias de su piel, a su mirada triste e insondable. Qué sencillo resulta a veces -pensó- vender el alma entera a un solo sueño, si ese sueño tiene tu mirada.
El viento seguía soplando con violencia y ella temblaba. Bajó los brazos, y al darse la vuelta pudo comprobar como en efecto él la esperaba algo perplejo tras los cristales. Se miraron sin hacer un solo gesto durante unos instantes.
Ella examinó su interior en busca de respuestas a preguntas que ya no era necesario formular, y supo con tristeza que ni todo el viento del mundo podría detenerla. Dirigió su mirada a los árboles, y sus pies acataron obedientes la tácita orden. De nuevo se sentía decidida a perderse en la oscuridad, pero esta vez siendo consciente de que en la noche no habría senderos que le indicaran el camino a seguir, y mucho menos el de regreso a casa.
Esto no es un intento para que me perdones. No trato de ganarme tus palabras. Tus elogios. No es una prueba, ni un experimento, tampoco es psicología inversa.
No quiero que me admires, porque siento que no me conoces, aunque si lo hicieras, tampoco lo desearía. Los pedestales son una barrera más que tarde o temprano hay que saltar. ¿Crees que busco aún más obstáculos en mi camino? No me subo ya a ninguno porque es posible que después surja el miedo a bajar, y sé por experiencia, que esas caídas libres acarrean riesgos que no deseo correr.
No quiero saber lo que eres. No me vale “soy escritor” “soy poeta”, “tengo libros publicados…” Nunca me gustaron las etiquetas, y mucho menos las que me plantan en la cara como si fueran virtudes. Los únicos méritos que al final cuentan son las sonrisas que has ofrecido al corazón de las personas. Eso es lo que perdura: el amor que hayas inspirado. Todo lo demás son palabras, y las palabras en la mayoría de los casos, apestan. (No sé tú, pero yo desconfío de ellas, ¿acaso se puede llevar puesto mejor disfraz que unas seductoras palabras?)
No quiero saber quién eres. Si conectas con mi espíritu, me da exactamente igual quién seas.
No quiero que me digas quién soy, a no ser que me veas con los ojos del corazón. De ellos sí me fío. Sé que pido demasiado, pero debes comprender que tu ración de realidad no coincidirá nunca con la mía. Por eso, para ver (me) hay que cerrar los ojos de la cara, y mirar… tal vez con el alma, aunque eso debes averiguarlo tú.
Tampoco quiero que me digas lo que soy. Déjame el privilegio de descubrirlo a mí, creo que me corresponde.
Y no quiero que creas en esto porque yo lo digo, me gustaría verte vacilar, discrepar, discutir conmigo, que me pongas las cosas difíciles… Deseo que me hagas dudar. Tengo la certeza de que cada duda que nos planteamos en esta vida nos acerca un poco más a esa verdad que todos buscamos. Ayúdame entonces a crecer.
(Esto va para ti... sí, para ti.)
Y al amanecer comienza la batalla.
Las huestes se reúnen en el valle al despuntar el alba.
Después del apremio de la madrugada,
la aurora enfrenta de nuevo a la tropa, a la temible contienda.
Caminamos pausadamente hacia la ofensiva.
La hora está fijada, pero nadie tiene prisa.
Un emisario trae noticias del enemigo.
“Sus tropas avanzan cargadas de silencios”-grita-
“Jamás se vio tanto orden y rigor”
Y a mi me sudan las manos al empuñar la espada
La aferro, pero casi no puedo soportar su peso.
Aún así, el frío contrae mis miembros.
El vaho espeso que exhalan las bocas de los soldados
cubre el aire tapizándolo con una espesa niebla.
Abatida busco encontrar una mirada entre la gente
que sea capaz de ahuyentar algo del pánico que me atenaza
Indago entre los ojos sin vida de los hombres
entre los gestos hoscos y malhumorados
las expresiones de temor y desconcierto,
marchan como autómatas dóciles ante la impiedad de su fortuna
El recelo y la sospecha gobiernan esta cruzada,
aunque nada, ni la esperanza, la detiene.
Y me doy cuenta,
que el vacío, la espera, la soledad y el olvido
Son ahora mis únicos compañeros en el camino.
Se fuma un cigarro mientras hojea un libro. Si te acercas un poco, podrás ver que no es un libro cualquiera… Las frágiles páginas denotan sus años. Negro descolorido sobre amarillento y ajado papel. Si observas algo más, advertirás que tan solo se detiene a leer el título que encabeza los poemas que lo componen; parece que el crujir de las hojas al pasar le proporciona cierto placer.
La persiana prácticamente cerrada filtra algunos de los últimos rayos de sol de la tarde. Ella percibe el declive paulatino de la luz y sonríe levemente, sin levantar los ojos del libro, al verse sorprendida por el anochecer. Le gusta la noche, no más que el día, pero le gusta.
Ella es así, hay cosas que le gustan y cosas que no. Le gusta la noche y los gatos, la apariencia etérea que adquieren las cosas a la luz de las velas, el timbre de su voz cuando habla susurrando; escribir. Los libros viejos, las poesías románticas y las películas antiguas. El incienso también le gusta.
No le gusta sentirse estúpida, ni la forma en que su labio inferior sobresale un poco. Que le hablen en mitad de la canción que está escuchando, que le digan cómo debe sentirse, los insectos, la mediocridad de sus escritos y el jodido olor a tubo de escape que impregna sus fosas nasales cada mañana.
Tampoco le gusta que los recuerdos la asalten.
Que el pasado tenga el poder de transformarse en presente en cualquier instante, extendiendo sus tentáculos hasta arrastrarla. Volver a experimentar un eco torturado en aquellas zonas de su cuerpo que tanto dolor transigieron. Sentir “sin sentir” de nuevo las bofetadas, los golpes, las patadas. Escuchar en su mente las palabras corrompidas (grabadas a fuego), los gritos envenados, los silencios perversos, los susurros afilados como cuchillos, incluso creer percibir el viciado olor que expelía su aliento mientras la amenazaba.
Detesta haber sido víctima de toda aquella desesperación y miedo.
Odia la certeza de saber que fue ella quien permitió tanta humillación.
Ahora todo es distinto, las heridas de su cuerpo han curado. Si te fijas podrás observar que ha recuperado cierta calma, en ocasiones hasta puede disfrutar de ella. Ya no hay nadie en su vida que tenga ese poder; eso le da paz.
Pero en momentos como éste, mientras la noche se avecina, en la soledad de su casa, algo la paraliza. La mano que desliza las hojas del libro con tranquilidad, interrumpe su movimiento en el aire. En su rostro la expresión se congela; seguramente su corazón también ha dejado de latir. No puede moverse, ni pestañear, el dolor la está atravesando. Se filtra en cada uno de sus miembros, se detiene en su sangre, en sus células, hasta su cerebro. No puedo decir cuanto tiempo permanece en este estado. Normalmente, es una lágrima la que ejerce de catalizador, estalla de sus ojos vidriosos. Mientras resbala por su cara, siente su calor, y éste la despierta. Entonces recupera el aliento, respirando pesadamente, y el corazón reanuda su actividad, frenético. Parpadea hasta que se introduce de nuevo en la realidad.
Mira la hora y apaga el cigarro. Enciende las luces para exorcizar los demonios. En la puerta de la calle se escucha un ruido de llaves. Ella corre y abraza con fuerza a la persona que acaba de entrar.
-¿Qué ocurre?- dice él sorprendido.
-Nada. Ya nada.- dice ella.
“No hay mayor enigma, ni secreto mejor guardado que la verdad del corazón de una persona. Tú, que observas frente a la pantalla, tienes dentro de ti el sagrado misterio que todos andamos buscando en los demás, tras el que corremos sin saberlo durante toda nuestra existencia, y que tal vez, jamás logremos desvelar.”
Que no se vista tu mirada de indiferencia, ni cubra mi piel la desgana.
Que tus manos no acaricien escarcha y mis palabras se pierdan en la ingravidez del desamor.
Que la apatía no gobierne nuestras noches, y yo deje de regalarte el calor de mi dulzura.
Que no se diluya la cautivadora vehemencia de tu afecto,
y el tiempo venza finalmente mis impulsos.
Los días pasan como un sesgo perverso, el tiempo es como un abismo al que no deseo asomarme. Un precipicio, en caída libre, y en el fondo, el furioso mar se estrella contra las rocas, y ruge como ruge mi corazón.
Tu calma casi hiere. ¿Es sólo mi espíritu el que grita? Estoy ante ti, aparentemente pacifica, me miras y sonríes, callas. En tu intención adivino, como quien mira el fondo de un cristalino estanque, que tu corazón se figura cómplice del mío; sabedor de mis desvelos y tribulaciones, testigo de mis temores y angustias.
Sereno, me dedicas tus caricias y tu acogedor silencio, brindándome tus brazos para aplaquen mi amargura.
Y en ellos me sumerjo, en la incandescente ternura de tus besos, en la mágica calidez de tu tacto.
Tranquilo, pausado, ese es tu ritmo.
Feroz, colérico, así es el mío.
Que son mis silencios los que juegan con el idioma de mis miradas
mis miradas son las palabras que utiliza mi cuerpo
mi cuerpo es el cauce que violenta el río de mis matices
mis matices son los naipes de la baraja con la que juegan mis manos
mis manos traducen el lenguaje que expreso a base de anhelos
mis anhelos son el ardor que impulsa mi voluntad
mi voluntad es la savia que apremia mis deseos
mi deseo es el amo que ciñe mis actos
mis actos son el reflejo de lo que anida en mi alma
mi alma es el destello que brilla detrás de mis ojos
mis ojos son el espejo que utilizan mis miradas
y mis miradas poseen un idioma hecho de silencios
Nos vigila, acechando, apostado en las esquinas.
Muy adentro, en mi, en ti,
observa.
Grita en silencio, desgarrando su voz, su llama
tiñendo nuestra alma, el mismo espíritu, clama.
.
Se acomoda, vaciando en nuestra sangre sus espinas
Muy adentro, en mi, en ti,
se enerva.
Me alejo, pero su oscura visión se derrama
en la negra noche, yo sé que aguarda.
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Y no cesa, crece. Cabalga
sin piedad, como el jinete negro a su caballo, avanza
sin tregua, en la tempestad que abrasa nuestros corazones,
hiriendo más que el olvido, envenena
y muy adentro, en mi, en ti,
se queda.
Fotografía: Archeon (Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)
Fotografía: Floriandra (Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)
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(Espera que cargue...)
por encima de todo, del tiempo y la distancia.
Yo no sé desde dónde, hacia dónde, ni cuándo
regresarás... sé sólo que te estaré esperando.
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En lo alto del bosque y en lo hondo del lago,
en el minuto alegre y en el minuto aciago,
en la función pagana y en el sagrado rito,
en el limpio silencio y en el áspero grito.
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Allí donde es más fuerte la voz de la cascada,
allí donde está todo y allí donde no hay nada,
en la pluma del ala y en el sol del ocaso,
yo esperaré el sonido rítmico de tu paso.
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Comprendo que de mí ya se ría la gente
al ver cómo te espero desesperadamente.
Cuando todos los astros se apaguen en el cielo,
cuando todos los pájaros paralicen el vuelo
cansados de esperarte, ese día
lejano yo te estaré esperando todavía.
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..
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No importa: aunque me digan todos que desvarío,
yo te espero en las ondas musicales del río,
en la nube que llega blanca de su trayecto,
en el camino angosto y en el camino recto.
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Niño, joven o anciano, sonriendo o llorando,
en el alba o la tarde, yo te estaré esperando,
y si me convenciera que ese ansiado día
no habría de llegar, también te esperaría.
Como un inmenso gusano el tren surcaba las entrañas de la ciudad a una velocidad vertiginosa, simulando un gigantesco y palpitante torrente sanguíneo. Aquella tarde, de vuelta a casa, mi mirada se confundía con la mugrienta oscuridad de los túneles tras las ventanillas. En la calle llovía copiosamente, la gente entraba y salía en tropel de los vagones con signos evidentes de humedad en sus cabellos y ropas. Paraguas goteantes y labios amoratados completaban el típico retrato urbano de frío invernal.
El calor grasiento del metro en invierno me produce nauseas. Trato de evitarlas probando a distraer la mente del incesante traqueteo y los olores opresivos. Para ello, me gusta observar a algunas personas que llaman mi atención e imaginarme detalles sobre sus vidas. A veces me pierdo en sus conversaciones convirtiéndome ficticiamente en parte de ellas; otras, intento adivinar los libros que leen, descifrar sus labios silenciosos mientras recorren las líneas, o seguir el camino aparente de sus miradas perdidas en el vacío. A veces, incluso, les pongo un nombre.
En esta ocasión, desde el principio, me fijé en ella. Llevaba colgado a modo de mochila un aparatoso bulto con la forma y el tamaño de un violonchelo. Era menuda y pálida. Su extrema delgadez y el pelo negro y empapado, acentuaban los rasgos de la cara, sus pómulos prominentes y los grandes ojos hundidos. Había algo grotesco en aquella estampa. Resultaba difícil distinguirla con aquel enorme baúl a la espalda, como si aquella carga formase de algún insólito modo parte de su propio cuerpo.
Entró con la cabeza baja, y con cuidado, casi tímidamente, se apartó para no entorpecer el paso del resto de viajeros. A su lado, un par de jóvenes, apenas adolescentes -una alarmante mezcla de piercings, hormonas y mala educación- jugaban a empujarse de broma. Sus palabras ininteligibles y la torpeza de sus movimientos, revelaban el rastro evidente de una alta dosis narcótica en sus organismos.
Uno de ellos, en pleno aspaviento, se golpeó la mano con el instrumento de la chica, centrando peligrosamente su atención sobre ella. La miró con sus ojos extraviados durante unos instantes que parecieron eternos.
-Eh tú, renacuaja, ten más cuidado.
Acto seguido, giró en busca de la aquiescencia de su amigo, que le rió sonoramente la gracia, y empezó a murmurarle algo entre dientes.
La muchacha balbució unas palabras apenas perceptibles, aparentemente avergonzada y temerosa, y se apartó de ellos unos metros.
Con los ojos clavados en el suelo, su rostro era la imagen muda de la amargura. Tenso y crispado, parecía contener un llanto más que necesario. Tan delgada, casi incorpórea, su minúsculo cuerpo de niña ocultaba en alguna parte a la mujer que había dentro, provocándome una extraña sensación, una combinación entre la compasión más pura y el desconcierto intenso. Aún así, frené el impulso de interponerme entre ella y aquel par de tarados, temiendo, quizás mezquinamente, crearme problemas.
Recuerdo la escena a cámara lenta. Fotograma a fotograma, como si reviviera un sueño. El tren aceleraba tomando con brusquedad la última curva desde la siguiente parada. Justo cuando la gente empezaba a agolparse frente a la puerta más cercana para salir proyectada hacia sus respectivas ocupaciones, sin previo aviso, uno de aquellos chicos agarró desde atrás el violonchelo, tirando de él con violencia con la supuesta intención de arrebtárselo. Gracias al grado de embriaguez y a su falta de inteligencia, lo único que consiguió, antes de formar un alboroto importante en el vagón, fue derribar a la chica, que calló arrastrada por el peso del enorme instrumento.
Corrí a socorrerla. Un segundo antes de que la puerta se cerrara y abandonáramos la estación, mientras la ayudaba a incorporarse rodeada por paralizados viajeros -más llenos de curiosidad que de altruismo- el chaval que la había empujado, paró en seco en plena huída:
-MUÉRETE. -Gritó.
Aquella palabra resonó largamente por los túneles. Pareció silenciar hasta el desagradable sonido de las bisagras de las puertas al cerrarse; dejando tras ella un murmullo sordo que invadió a todos los ocupantes del vagón con una incómoda sensación. Uno a uno, se fueron dispersando: allí no había pasado nada.
- Cómo si fuera tan fácil.
Ella creyó que nadie había escuchado su susurro, posiblemente acostumbrada a pasar inadvertida. Pero yo lo hice. La oí; como también pude ver las vendas en sus muñecas, y las cicatrices. Los arañazos y los restos de sangre reseca. Los párpados amoratados, los ojos rojizos, y aquella espantosa marca violácea en el cuello, que durante un instante
dejó al descubierto su oscuro jersey, mientras se ajustaba de nuevo la molesta mochila.
Busqué sus ojos intentando ocultar mi sorpresa. Me habría gustado decirle algo. Tal vez abrazarla, detenerla, o ayudarla antes de que desapareciera para siempre y no pudiera hacer nada por ella. Pero lo único que encontré fue su mirada vacía, que parecía desear por encima de todas las cosas, que la dejaran en paz.
Me bajé en la siguiente estación y nunca más volví a verla.
A veces, por las noches, antes de dormir, me asalta su imagen y la seguridad de que ha muerto. Intento recrear la escena y pensar algo que decir, las palabras exactas y adecuadas, capaces de cambiar el curso de los acontecimientos. Pero aunque una de estas noches por fin las encuentre, sé que será demasiado tarde para ella.
Quizás las guarde para la próxima vez.
Fotografías: Chobi y ClaudiaMyLove
(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)
(estar)
Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.
No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera
sin volver a verte.)
A. Pizarnik
Espero, aislada en una calma tensa.
Desafiante.
Las agujas del reloj apuntan el ritmo del paso del tiempo,
pero en la mente son mis latidos los que calculan
el margen entre tus pasos.
Uno a uno, avanzan inexorables a mi encuentro
Como si todas las direcciones en la brújula fueran ahora una única… (yo).
Y los caminos que recorres y que no recuerdas siquiera haber escogido
despiertan en tu memoria inconsciente
el recuerdo de un sendero que nunca antes tomaste,
pero que de sobra intuías que algún día deberías emprender.
Y mientras te acercas, a pesar de la incertidumbre que te abruma,
en tu ingenuidad anhelas en mi la dulzura propia de un ángel
¿Tan debilitado estás de andar que la fatiga nubló tu juicio?
No encontrarás en mi cuerpo el descanso del guerrero,
ni la paz que tu alma ansia, ni evasión, ni refugio.
Hallarás la loba que late en mi pecho,
la fiera sedienta que aúlla en la noche
Adiestrada a base de un rigor de ausencias,
pero ávida de cada milímetro de tu carne.
-No quiera el destino que mi deseo se estanque
y se convierta en veneno.-
Fotografía: NeoPiter (Esta obra está bajo una Licencia de Creative Commons.)
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