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lunes

Última metáfora.

-Un reloj de arena vacío.to_cut_a_flower__by_citizenvisuelle

-¿Roto?

-No. Vacío.

-¿Y para qué sirve?

-Lo cierto es que nunca he pensado en él como un objeto con una utilidad intrínseca. Se trata, más bien, de una alegoría metafísica en la forma de un objeto común aunque defectuoso. Si pretendiera equiparme con algún objeto de tipo práctico, llevar una espada o incluso la proverbial guadaña sería mucho más apropiado. Aunque en cualquier caso no dejaría de ser una metáfora.

-¿Una metáfora de qué?

-¿Tú qué crees?

Se observaron durante un intervalo considerable de tiempo. El desconcierto se dibujaba en el rostro de ella. Una sonrisa suficiente en el de él.

-En realidad puede ser una metáfora del todo –continuó.- Aunque existen personas con una reticencia natural ante la evidencia más sencilla. Una metáfora puede ser tan rotunda como una pirámide pero hay seres que la apartarán de su vista con la misma facilidad con la que se espanta a una mosca.

-Entiendo –dijo ella de pronto.- No hay más ciego que el que no quiere ver.

-Interesante reflexión –contestó él con una gran sonrisa.-Dadas las circunstancias, quiero decir.

-Sí. Supongo que lo es.

Accionados por lo que parecía una misma voluntad aquellas criaturas diametralmente opuestas se dispusieron a observar como las gotas de lluvia se deslizaban por el cristal de la ventana, maravillándose mientras éstas se aventuraban por los caminos más insólitos, hinchándose y adquiriendo velocidad a medida que se tropezaban unas con otras en su recorrido a través de la superficie incolora.

Fuera había caído la noche. Tal vez había dejado de llover. El silencio que afloraba entre ambos enmascaraba cualquier murmullo que no fuera el de sus propias voces, proporcionando a aquella habitación blanca una oportuna cualidad de santuario.

-¿Siempre es así?- Preguntó ella interrumpiendo el silencio.- Quiero decir ¿Esto es lo que sucede con todos? La conversación, la sensación de bienestar, de placidez, de que el tiempo no existe o que tal vez nunca haya existido… Tu aspecto, tu forma, es exacta al recuerdo que guardo de mi primer amor. Y es extraño pero… ¡Me siento tan fuerte! Podría salir de aquí y regresar a mi vida, por mi propio pie, sin la ayuda de nadie. .. Sin embargo es imposible.

-Sí. Es igual para todos excepto en los detalles –reconoció mientras se sentaba junto a ella en la cama.- Esta noche, al llegar aquí, me encontraba de un humor extraño. Charlar contigo es, por decirlo de algún modo, una decisión personal.

-¿Puedes permitírtelo?

-No veo porqué no.

De nuevo sincronizaron sus ojos. El reloj de arena descansaba en su regazo. El fino vidrio relumbraba como si la misma luz estuviera impresa en las moléculas que lo conformaban. Él lo tomó abandonándolo sobre la mesita de noche. Después, los párpados se levantaron al unísono, como un prólogo de lo que sucedería a continuación. Una fracción de piel translúcida asomaba a través de ancho cuello de la bata de hospital que ella llevaba. El dedo índice, largo y frío de él, acarició despacio aquella zona; sin temor, con una curiosidad no fingida. La sensación, en términos asequibles para una comprensión humana, podría ser descrita como una gran tormenta eléctrica condensada en apenas unos milímetros de carne. Tras un tiempo indefinible en el que aquella impresión fue creciendo en intensidad, los labios ganaron el combate a los dedos, posándose por fin allí donde antes se había clavado la mirada.

***

Justo antes del amanecer ella abrió los ojos sabiéndose sola. Se preguntó algo confusa si aquella sería la primera y última vez que podría advertir con sus sentidos embotados el otro lado del velo. Sin embargo, nada había cambiado, al menos ostensiblemente. Una pantalla emitía ráfagas de luz intermitente que atravesaban la oscuridad con la fugacidad de un rayo al son de su pausado ritmo cardíaco. Sobre ella, la bolsa de solución salina destilaba rítmicamente hacía el catéter su líquido blancuzco, franqueando los obstáculos de la aguja hipodérmica y de la más azul de las venas de su muñeca izquierda, evocándole, de forma efímera, el peculiar objeto que tanto había llamado su atención en sueños.

Miró sobre la mesita de noche. Sorprendentemente continuaba en el mismo lugar, en la misma posición, como una huella anacrónica y absurda de que sueños y realidad a veces se confunden, excepto por un detalle: alguien le había dado la vuelta.

Al hilo de la iniciativa de El Cuentacuentos

Imagen: Citizenvisuelle

Safe Creative #0805130028241

domingo

el corazón a veces no es más que un desierto

Epatage_by_KatjaFaith

La misma canción que escuchaba una y otra vez como un maldito maleficio, cuando te conocí, regresa otra vez para decirme las mismas cosas que entonces. He cambiado, has cambiado, pero mi corazón continua siendo el mismo. La esencia no aprende, y yo me he colado en la tuya aunque te pese, y tú eres parte de la mía desde que todo -todo- comenzó, y te llevaré en ella hasta el final.

imagesh Esto, caballero, aunque termine, no ha hecho más que empezar. imagesT

Enomentuvalvë, Teiwaz.

Imagen: KatjaFaith

De fondo: Falling- Lacuna Coil.

 

la jaula.

-En mi vida me han llamado de muchas maneras, pero cruel… no. Cruel nunca.

La forzó a arrodillarse. Escuchaba su voz desapasionada mientras le tensaba los nudos de las muñecas. Un escuálido hilo de sangre se deslizaba a través de su índice cayendo a la tierra, gota a gota, absorbiéndolas al instante. Tenía los ojos secos, no lloraba. Apenas atinaba a balbucear algún insulto, palabras de socorro o súplica. Tampoco rezaba. No recordaba ninguna oración, ni sabía cómo ni a quién suplicar clemencia. En algún momento durante el trayecto en el coche había comprendido que iba a morir. Atada y amordazada, en la oscuridad, todos sus pensamientos, sus emociones, se redujeron a un terror sordo que se aferraba a cada fibra de su ser, convirtiéndola en poco más que un animal asustado.

El frío penetrante de la noche la arrojó de nuevo a la realidad. Cada célula de su cuerpo despertaba con una punzada de dolor. Percibía la humedad del suelo, cada piedra, cada astilla, cada hoja seca aguijoneándole la piel de las piernas, las profundas heridas que rodeaban sus manos y tobillos, todo ese sufrimiento amortiguado por el miedo atroz. Su vista se fue acostumbrando a la oscuridad. Los árboles desnudos, como esqueletos monstruosos, extendían sus afiladas ramas hasta el cielo, gigantescos, rodeándola en una inmensa jaula espinosa.

Le resultó irónico. Aquella mañana había amanecido tan gris como el resto, pero su intuición permanecía alerta. En el metro, sus ojos y su concentración se extraviaron del libro que sujetaba pulcramente entre los dedos para reparar en la gente que atestaba el vagón. Insignificante y sosa, no lograba atraer la atención de nadie. Era un muerto viviente más entre los muchos que se dirigían pacíficamente a sus trabajos, en los que tampoco, ninguno de ellos, destacaba del resto. Su atención regresó al libro donde las frases que atravesaban las páginas se mezclaban con sus pensamientos. El corazón aumentó de ritmo, su cabeza comenzó a palpitar. El aire viciado, el calor sofocante, aquella vibración insistente que trataba de adormecer su cuerpo, la asqueaban. Una absurda idea iba y venía en su mente. En vez de descartarla, como habría hecho en cualquier otro momento, resultó ser una revelación. Nadie la echaría de menos. No tenía familia. En el trabajo encontrarían un sustituto adecuado en menos de una semana. Pocos amigos se extrañarían de su larga ausencia. Tal vez algún que otro viejo amante dejaría un par de mensajes en el contestador, desistiendo poco después por falta de interés o resultados. En unos meses se habría convertido en un recuerdo desagradable. En un año, toda huella de su paso por la tierra se habría extinguido.

Aquella certeza hizo que saliera corriendo en cuanto el tren realizó la siguiente parada. Echó a correr hacía las escaleras mecánicas percibiendo como la brisa corrompida del subterráneo le acariciaba el rostro y el cabello como unos dedos espectrales y marchitos. Respiró hondo impregnándose de esa sensación sombría. En aquel instante alguien tocó su hombro. Un hombre joven, como otro cualquiera, llevaba en las manos su libro; de otro modo no habría reparado en su olvido hasta llegar a casa. Correspondió a su sonrisa amable diciendo alguna estupidez que ya no recordaba. Horas más tarde despertaba en su cama. Confusa. Nunca antes había experimentado nada tan intenso y excitante, y la vez tan aterrador en su vida. Sintió una mezcla de miedo y euforia, de sorpresa ante sí misma. Avergonzada buscó la ropa esparcida en el suelo. Unas manos cálidas aprisionaron sus pechos mientras intentaba incorporarse.

-Suéltame. Necesito irme.

-No.

No fue una súplica. Tuvo suerte de perder la consciencia junto con la cuenta de las veces que la había forzado. En algún momento de la noche se las arregló para vestirla y meterla en el coche sin ayuda. Despertó mientras la ataba. Un involuntario gemido de dolor fue sofocado con un brutal puñetazo en la sien. Después de aquello, tan sólo el silencio amortiguado por el ruido del motor y la oscuridad tras las ventanillas.

Pero ahora su cuerpo había despertado de nuevo. Temblaba violentamente. Se sentía más lúcida y consciente de lo que lo había estado en toda su vida. Él se había situado a la altura de su rostro, escondiéndose tras la bruma del cigarro que colgaba de sus labios. Sus ojos eran dos afilados puntos de luz rojiza que se clavaban en su piel como aguijones.

-¿Por qué? – preguntó.

Tardó en contestar. Acariciaba su cuello, la curva de su mentón, casi con delicadeza.

-Porque has logrado llamar mi atención.

Empujó su rostro obligándola a mirar hacía arriba. Las ramas de los árboles mutilaban el cielo, negro, sin estrellas ni nubes, un vacío infinito y desolador. Los temblores cesaron. Hubo un insignificante movimiento. Después un destello plateado y cortante. Sus ojos, antes fijos en la oscuridad, se cerraron con fuerza, una última vez.

Ni echando a volar había escapatoria, pensó.

Al hilo de la iniciativa de El Cuentacuentos.

Fotografía: Mehmeturgut.

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Sin pies ni cabeza

Capítulo 3º. Diarios apócrifos: sobre las razones de escribir.

“Quedan tres minutos y medio para ahogar el silencio.

El pesado vuelo del ave frente a mi ventana, acompasa

su ritmo con la manecilla del reloj.

Inexorables,

tales son sus empresas.

Mucho más sencilla es la mía, que es verlas pasar”

     "Hermosa forma de ahogar el silencio –dice-. Con palabras así, no lo matas, lo exaltas" La juzga tan tonta como para no encontrar la ironía del comentario. Mal empezamos, piensa ella.

     La mira con intensidad y sonríe. Percibe como, secretamente, se cree mejor. Resta importancia a los versos, infantiles y apresurados. Comenta que le recuerdan a cierto poema de Dylan Thomas, en cuanto a cadencia y temática. Por supuesto la similitud es remota. Ella sofoca una carcajada poniendo cara de débil sorpresa: a sus ojos es la alumna y él el maestro. Como una maquinaria de precisión su cerebro encuentra otro ejercicio al que someterla, éste, todavía más interesante que el anterior. Le da otros tres minutos para forjar un microrrelato, sin pie, sin asideros, en la anárquica libertad de la hoja en blanco. Cree que este tipo de prácticas evalúan bien la capacidad de improvisación. Vuelve a mirarla con la misma intensidad estudiada. “¿Te atreves?” Pregunta. “¿Acaso tengo algo que perder?” Coge el lápiz y la libreta, y escribe.

     “Jamás se imaginó que pudiera ser así. Lo primero que llamó su atención fue la sensación de gravedad hacia la que se precipitaba su rostro. Un feroz magnetismo desprovisto de lógica la oprimía. Se vio obligada a cerrar los ojos ante la inmediatez del contacto, que imagino brusco, como el violento choque de dos metales sometidos a un empuje irrefrenable. Pero fue la humedad lo que acabó por desconcertarla. La blandura de la lengua. La liviandad de sus labios. La exquisita ligereza del primer beso.”

     Apenas dos minutos después desliza la libreta hasta su campo de visión mientras se encoge de hombros adrede. Él lee. Traga saliva. Una vez. Dos veces. La interroga: “¿Has escrito alguno de éstos antes?” Lo cierto es que no lo tiene claro, pero es bastante probable que sea el primero. Se lo hace saber. “Se nota” comenta mientras esquiva sus ojos “el tema está trillado y la estructura es hueca, y extraña.

     Ella suelta el lápiz sobre la mesa y suspira con cierto estruendo.

     “¿Qué quieres decir?”

      Tarda en contestar. Enciende un cigarro y aspira un par de veces sin perder de vista el breve relato.

     “¿Por qué escribes?- la encara. Toda intención tiene un objetivo, tú deberías encontrar el tuyo. ¿Te gusta? ¿Quieres que te lean? ¿Qué te admiren? Sea cual sea tu motivo, o aprendes el oficio o el asunto no pasará de tentativa. El estilo nace de la aplicación de una serie de técnicas que funcionan, en la práctica, mejor que otras. Quítate todos esos pájaros de la cabeza. El romanticismo, todas esas historias que no encierran acciones sino metáforas, no son más que las percepciones subjetivas de tu alter ego. Una absurda llamada de atención.”

     “¿Eso piensas?” –su tono aparenta docilidad, pero en sus ojos hay una sonrisa velada, beligerante.

    “¿Qué esperabas?- él alza la voz sin percatarse. ¿Qué cayera rendido al leer esa sarta de memeces pseudoadolescentes? No querida, estoy demasiado harto de leer relatos y poemas de aprendices y aficionados como para que los tuyos me inquieten lo más mínimo. Ninguno tiene nada que envidiarte. Ni tú a ellos.”

      La sonrisa ha desaparecido de su rostro, que permanece impasible, serio, con la mirada perdida. Él la observa de reojo, se siente culpable por haberle dado, tal vez, un baño extra de realidad. “Pero es por su bien”- se dice “Un escritor no se hace en unas semanas, ni en unos tristes ensayos en una libreta. Un escritor lo es, aunque le pese” Esos pensamientos le reconfortan y consiguen acallar su conciencia.

     Ella comienza a recoger sus cosas. Parece que la conversación literaria ha llegado a su fin. Cierra la libreta, guarda el lápiz en el bolso. Se acomoda en la silla y le mira a los ojos.

     “¿Sabes?- comenta con tranquilidad- No sé porqué escribo. Tengo la sensación de que el día que encuentre el motivo cada una de mis palabras dejará de ser auténtica. Por ahora no me importa ni ese “oficio” que resulta tan trascendente, ni que me lean. Lo único que me preocupa es encontrar esa voz que llevo dentro y que lucha por salir. Y espero, algún día, congeniar lo suficiente con ella para que lo que escriba me guste a mí. ¿Qué esperabas? ¿Tal vez darme una lección magistral sobre literatura? ¿Enseñarme algún truco de desconozco para captar la atención de un lector que ni siquiera sé si existe? Muchas gracias por todos esos consejos, los seguiré si les encuentro la utilidad. Pero tú, mejor que nadie, sabes perfectamente en qué consiste esto: es un placer solitario, una búsqueda de la propia identidad, bien porque ésta nos falta, bien porque en ocasiones nos sobrepasa. Por eso, la próxima vez que quieras echarme una mano, no conviertas tus razones en las mías, ni tus objetivos. Si de verdad quieres ayudarme invítame al cine, deambula conmigo por las calles, háblame. Quizá alguna de esas cosas me inspire, me influya o me remueva lo suficiente por dentro como para llegar a escribir algo, aunque sea tan simple como esto."

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Al hilo de la iniciativa de El Cuentacuentos

Imagen: Pirifool

Carta de un pragmático a su amada.

“La historia que les voy a contar tiene un principio -como todas -, pero aún no tiene un final”. Es un buen comienzo, creo, para cualquier historia. Pero en esta ocasión no resultaría particularmente sincero con el lector, porque ésta -como todas- tiene su fin escrito en algún lugar. Pues cada fábula plasmada en papel ya ha sido soñada antes por alguien y hay un final esperando por cada una de ellas, latente, potencial, diferente en cada ocasión, pero en cualquier caso, un final.

Mejor comenzarla así entonces: “La historia que les voy a contar tiene un principio –como todas- y un final que todavía no ha sido escrito”.

Mientras escribo el de ésta atisbas por encima de mi hombro. Sabes lo mucho que me molesta que me espíen, pero no te importa, no puedes remediarlo. Es por esa clase de cosas por lo que te adoro, te disculpo y lo dejo pasar. Aunque más allá del simple placer de leerme tu curiosidad te delata. ¿Escribirá sobre mí? Te preguntas. Sonrío, porque casi puedo escuchar tus pensamientos. ¿Acaso, querida mía, podría escribir sobre otra cosa que no fueras tú?

No, pues no hay nada más. Por desgracia, en la soledad del papel en blanco tan sólo estamos mi deseo de esculpirte en palabras y yo. Buscando en la memoria y en la imaginación abro heridas que sangran a través de mis dedos. Tú, mi dulce Cassandra, la que todo lo sabe, deberías ser capaz de observar que eres la torpe musa que inspira cada una de mis páginas, en ese pasado que es el escenario donde confluyen nuestros sueños, y yo, el escritor que da el toque de gracia oportuno a los acontecimientos. Y no se trata, de ningún modo, del deseo insatisfecho de tenerte de nuevo entre mis brazos. Sabes que ahora mismo apagaría el cigarro y arrojaría la pluma para ir a tu encuentro a la cama, donde aguardarías con la mirada llena de unas preguntas cuyas respuestas –que ya conoces- podrían esperar un par de horas, el tiempo justo para que, agotado entre las sábanas, sea tuyo de nuevo y pueda contestarte con la verdad a todas ellas. Esa verdad.

Que soy un cobarde, que te amo, que en cada palabra que escribo labro un pasado que nunca tuvimos y un futuro que, ahora, es casi pasado. En el que tiraré piedras a tu ventana para despertarte a media noche y te besaré entre los árboles hasta convencerte de que escapes conmigo. En el que correré por el bosque de tu mano y contemplaré esa luna que apenas observo si no es por ti o por tu recuerdo. En el que te daré ese hijo que no deseo tener y escribiré esa novela de amor que nunca quise escribir. Y besaré cada uno de tus cabellos, tus cicatrices, todas tus curvas y recodos. Seré el príncipe de la princesa torpe, el caballero de brillante armadura, el lobo que aúlla, tu soldado. Tu Darcy. Incluso tu Heathcliff. Seré eso en cada página, pudiendo ser mucho más. Seré lo que nunca he sido, pudiendo ser mucho menos.

Pero entre las líneas sé que puedo serlo, lo que siempre soñaste. En las palabras que cuenten las historias que nunca vivimos podré hacer honor a los latidos de mi corazón, a tu pasión por la vida, al desbordante cauce por el cual quisiste arrastrarme y al que me resistí cada instante que pasé a tu lado. Y puedo hacer como si nunca hubiesen existido ni los taxis ni los ministerios, como si las luces de neón y el asfalto no hubiesen sido inventados. Y tú podrás extraviarte en los páramos, las gotas de lluvia se confundirán con las lágrimas que recorrerán tu rostro, que yo iré a buscarte y te traeré de vuelta a casa, y allí, te despojaré de tus ropas húmedas, avivaré el fuego para que entres en calor, y serás tan mía como la primera vez.

Absurda forma de compensar no saber amarte como merecías, regalarte a la persona que no seré, lo que nunca te di, como si sirviera de algo después de haber matado tus ilusiones. Pero nadie dijo que fuera fácil sentarse a la mesa de un ángel y fingir que se puede caminar entre las nubes, ni que la gravedad fuera una costumbre sencilla de olvidar. Por eso tan sólo me quedan palabras, historias que no son nada para aquel que nada sabe de nosotros, y me temo, que el final de esta historia es ofrecerte en palabras aquello que nunca te pude dar.

Mientras, lees cada una de ellas a medida que las escribo, aunque es tu recuerdo el que permanece aquí. Noto tu mano apoyada en mi hombro, como la deslizas hasta mi cuello y te acercas en un susurro de tela y cabello hasta mi rostro. De tu mano me acerco a la cama, donde seré tuyo de nuevo, donde tendré que contestarte con la verdad –esa verdad que tú ya conoces- a cada una de las preguntas que refleja tu mirada: que soy un cobarde, que te amo, que con cada palabra que dije envenené tu alma, por no ser, por no haber sido, lo que esperabas.

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Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Sylwiaa

Creative Commons License
*Dedicada al caballero prágmatico, que me amó, hace tiempo.

lunes

el olvido es un pájaro

-“Perdona, ¿tienes hora? el autobús está a punto de llegar y no sé de qué color ponerme los zapatos”.

El hombre me mira entre curioso y distante, como si le hubiera interrumpido en medio de alguna disquisición fundamental pero sin llegar a molestarle del todo. Repasa mi cuerpo de forma anómala, extravagante. Las manos, después los ojos, para terminar en mis pies descalzos. “Bonitos calcetines” comenta ignorando mi pregunta. Pero su voz parece haber surcado todas las oscuras cavernas del mundo antes de acabar en mis oídos. Entonces comprendo. Es la Muerte.

No me sorprendo, aunque nunca imaginé que la Muerte llevaría traje de chaqueta y tendría orejas de gato. Le observo con discreción. El resto de sus rasgos me resultan bastante anodinos; por ello, no los recordaré. Pero su voz y sus orejas, decido en el momento, eso sí que me lo traeré de vuelta.

-“Gracias”. Contesto, y empiezo a escabullirme por la calle, no sea que le apetezca ser más diligente en su trabajo. Hay más paradas de autobús. Más autobuses. Aunque pensándolo mejor, no me apetece demasiado subirme a un autobús atestado de gente estando descalza. Me los imagino a todos, con sus caras disgustadas, mirándome de arriba abajo, fijando sus pupilas escrutadoras en mis calcetines sucios por el asfalto, y la idea me estremece, de igual manera que estimula algún resquicio de mi conciencia subversiva. Pero no. Hoy, ni estoy de humor para ir a clase, ni para enfrentarme a la Muerte ni a los prejuicios de la sociedad. Me apetece algo más intimista. Tal vez una biblioteca. Por eso busco una.

Sí. Libros. Silencio. Paz. Contradictorio, ciertamente, pero la paz inunda las bibliotecas como el agua la tierra de una marisma. Entre libros que narran los crímenes más atroces y guerras salvajes se puede escuchar nítidamente el susurro del aleteo de una mosca. Los relatos transcurren de puertas para dentro sucediendo con bullicio en la mente de quien los lee. Sus oídos, invadidos por los gritos y el entrechocar del acero, las risas, las voces, las olas del mar y las explosiones, están cubiertos por una paradoja de silencio. Pestañeos, inhalaciones y exhalaciones de aire. Para un oyente externo no hay sonido más relajante que el de una mente ajena a la realidad de su existencia.

Los observo y los envidio. Yo también deseo sumergirme en esa paradoja. Miro las estanterías, inabarcables, infinitas a mis ojos. Me armo de valor y avanzo por una galería estrecha. Instintivamente busco la “O”. Mientras camino calculo que hay unos 60.000 libros cuyo título empieza por la “N”. De la “Ñ” tan sólo encuentro ocho. De la “O” sólo hay un ejemplar. Conozco el nombre de antemano.

Lo ojeo. Al azar escojo una página y leo.

El olvido es como el pájaro que se va y no regresa en la estación siguiente ¿Qué habrá sido de él? Uno se pregunta. Tal vez encontró en su camino algún otro paraje en el que decidió quedarse. Tal vez un lugar en el que las aguas cálidas lo acogieran durante todo el año. Pero lo cierto es que nunca sabremos qué habrá sido o qué será de aquel pájaro”.

Entonces tengo un absurdo pensamiento. Me gustaría ser el cazador del pájaro. Iría en su busca y no pararía hasta dar con él. Lo encontraría quizá apacentando en una laguna cercana, tal vez muerto entre la hierba del deshielo. Pero lograría acariciar sus plumas una última vez, para cerciorarme de su existencia, antes de volverlo a dejar a su suerte. Absurda profesión que ojalá recuerde: Cazador del Olvido.

Enfrascada en mis pensamientos escucho un grave carraspeo a mi espalda. Me doy la vuelta.

-“¿Otra vez usted?”- Pregunto.

-“Hola” -su voz, esta vez, me resulta algo más cálida.-“Buscaba cierto libro que escribí hace tiempo.”

-“¿Es escritor?”.-Hablo de nuevo, con la cautela inevitable al iniciar una conversación con Ella.

El hombre se encoge de hombros como si no supiera bien qué contestar a esa pregunta.

-“¿Y sobre qué escribe?”

En esta ocasión, más interesado, medita durante unos instantes la respuesta.

-“Uno escribe sobre lo que mejor conoce.”

Su media sonrisa es casi amistosa, comprensiva. Apenas siento el impulso de abrazarlo, aunque me contengo.

-“Entonces este libro es el que anda buscando.”

Lo dejo en su mano y me despido con un gesto.

“Lo siento mucho- digo mientras me alejo entre las estanterías.- No puedo quedarme a conversar con usted. El despertador está a punto de sonar, y si continúo dormida, perderé de nuevo el autobús. Me temo.”

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: karezoid

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domingo

tonterida

Capítulo 2º: de cómo comprendí que un hombre será siempre “un hombre”.

Es difícil ver a un gato negro en una habitación oscura, especialmente cuando el gato no está. Lo es más todavía fingir que lo estoy buscando mientras me observas repantigado sobre las sábanas de satén que cubren tu lecho ¡Menuda imagen! Aunque ya no me afectas: cualquier excusa es buena para salir corriendo de aquí.

No hay rastro de sonrisa en tu cara pero percibo cierto deje de sarcasmo escrito en tus ojos. De acuerdo, es posible que tan sólo sea mi sentimiento de culpa, esa vergüenza malsana que se abalanza sobre mí cual mosca cojonera después de compartir cama contigo. Y digo cama, como quien dice aire, porque tú y yo nos acostamos con la armadura puesta, y de paso, una máscara oportuna que oculta la totalidad de nuestras sensaciones -podemos estar disfrutando como condenados que ya nos encargaremos de poner cara de estar viendo una entretenida partida de ajedrez.- Pero a estas alturas ¿qué esperas que te diga? Me preocupa más escapar de esta angustiosa tensión, que prácticamente se puede filetear con un cuchillo mellado, que preguntarme –o preguntarte- qué demonios estamos haciendo.

Lo reconozco, a la tarde siguiente ya me ha entrado el mono, y a eso de las cinco empiezo a ponerme de los nervios y a comerme la cabeza para encontrar alguna disculpa que contarle a mi novio y salir disparada a tu “cueva”- como a ti te gusta llamar a ese cuchitril húmedo e infecto en el que pernoctas- y como un puñetero reloj suizo, apenas cinco minutos después de ponerse el sol, me das el primer toque al móvil, y yo, aunque estoy acostumbradísima, siempre doy un salto cuando escucho el aullido de lobo que te tengo puesto de politono, mientras maldigo a las “nuevas tecnologías” y a la madre que las parió a todas juntas, y me pregunto cómo diablos te las apañabas para ligar en el pasado, porque todo eso de la telepatía y la comunicación mental no es más que superchería barata para gente que ve demasiadas películas serie B. Lo tuyo es la presión psicológica. ¿Quién necesita vestir el negro riguroso, lucir unas violáceas y favorecedoras ojeras o ser misterioso e insondable? No. Todo eso lo haces porque crees que no pertenecer a una tribu urbana definida no es nada cool -que conociéndote te pasarías la vida con las bermudas y las chanclas- a ti te basta con sacar el daguerrotipo que llevas en la cartera y en el que sales junto a Oscar Wilde, -alcoholizados perdidos, por cierto- para llevarte de calle a toda hembra que se ponga en tu camino. Y es para impresionarse, que no todos los días se cruza una con un ser de las sombras que dice tener cuatrocientos años y cuyo bautismo de sangre fue de mano de la Báthory en una de sus épicas orgías –que de épica al parecer nada, la cosa fue más de aquí te pillo aquí te mato…- Cómo para resistirse. Oportunidades así están literalmente fuera de las estadísticas, y no caer en tus tentadoras redes habría dicho muy poco a favor de mi espíritu aventurero ¡y eso sí que no!

Pero admitamos que la realidad es cuanto menos decepcionante, empezando por tus hábitos alimenticios –comer la carne poco hecha- hasta lo de tu hipersensibilidad lumínica -una excusa para tirarte sobando el día entero- por no mencionar como te pones cada vez saco el tema de la iniciación: que si es algo obsceno, que va totalmente en contra de tu política moral, que sólo te plantearías en el caso de que hubiera un compromiso profundo e inquebrantable entre nosotros… porque, por supuesto, no pierdes nunca la oportunidad de recalcarme de que eres hombre de una sola mujer. La historia tiene guasa, una se pasa la vida pensando que la vuestra es una raza de mujeriegos congénitos, cuando la verdad es que, por lo menos tú, has salido bastante moro. Y lo demás tiene un pase, pero tener que soportar cada noche una escenita de celos, amenazas y pucheritos es superior a mis fuerzas. Que una se cree que esto de encontrar un amante inmortal es un chollo, pero se parece más a una condena. Porque digo yo que, al menos en teoría, cuatrocientos años son suficientes para madurar un poco, que más de una vez he estado tentada de pedirte que me presentes a alguna de tus congéneres femeninas por si la cosa cuaja, que si es por ser eterna yo me hago del bando que haga falta.

Así que a tu gato que le den por saco, que yo me voy. Para volver, cierto. Pero al menos durante unas horas puedo agarrarme a esa sensación que me llena de una satisfacción y plenitud cercana al misticismo, diciéndome a mi misma: “nunca jamás o jamás de los jamases”… Y lo mejor de todo es que casi me lo creo.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Fotografía: Four Star Tosh

Creative Commons License
*Pido disculpas públicas por esta parida, que dedico a Carlos, porque es un encanto x) y por sugerir inconscientemente el tema.

En sueño.

La última vez que se vieron eran todavía adolescentes, niños apenas. La reconoció de forma involuntaria, como si los recuerdos se hubieran abierto paso entre las telarañas de la memoria e irrumpieran invadiendo el territorio que ahora ocupaba su figura, algo desdibujada por la oscuridad y la espesura de las ramas de los árboles, pero resuelta por la luz de la luna llena, que ayudó en el proceso imprimiendo su matiz, de esa forma tan etérea que hace que los resquicios entre la realidad y los sueños se confundan en la sutil plata de la noche. Se miraban en la distancia, y los rostros del pasado y del presente, tan dispares entre si, se confundían a sus ojos, y, a pesar del cambio, por un instante, no existía diferencia entre lo que fue y lo que era.

El tiempo, no la vida, le obligó a pasar página de aquellos lejanos sucesos, y después de todos los años transcurridos y tanto vivido, se había forzado a suponer que en la niñez la realidad no posee los límites que la vejez obliga a consentir. Y sin saber bien si lo que acudía ahora a su memoria mantendría el mismo peso en caso de suceder en aquel momento, se dejó llevar por los recuerdos, y la vio allí, como la primera vez, junto al árbol donde se conocieron.

Aquella noche la luna escondía su semblante pero las nubes parecían reflejar la luz de las estrellas, y esa claridad fantasmal le permitía avanzar por el sendero. Cuando las luces de casa se apagaban, él aguardaba pacientemente hasta escuchar la enérgica y acompasada respiración de su padre. Entonces, sigiloso, se escabullía por la ventana y daba un paseo por el camino hasta el bosque, con la estúpida esperanza de encontrarse en él con algún misterioso ser nocturno, o en su defecto, tal vez algún zorro. Cualquier cosa le servía -un leve movimiento tras un arbusto, un sonido desconocido, una extraña sombra- para que su imaginación volase y regresara a casa con la mente hirviendo de fantásticas historias sobre los pobladores de la arboleda. En sus aventuras nocturnas él dejaba de ser el niño que habitualmente era para convertirse en una criatura más adentrándose en lo desconocido. Por supuesto, el Miedo acudía en ocasiones, pero él lo afrontaba no con la aprensión normal en su edad, sino con la entereza de quien aguarda cualquier cosa que la noche le pueda ofrecer.

En aquella en particular una sensación de estar siendo observado lo acompañó mientras penetraba en la espesura. Esa inquietud hizo que se contentara antes de lo acostumbrado con la expedición nocturna y decidiera dar la vuelta y apretar el paso para llegar a casa. El silencio absoluto se rompía de vez en cuando con un aleteo denso pero fugaz procedente de las copas de los arboles que se cernían sobre su cabeza y que apenas dejaban entrever los vacios de cielo estrellado. Por más que aguzaba la vista no conseguía localizar su procedencia y, las enigmáticas sombras que se dibujaban en la tierra y la total ausencia de brisa, consiguieron impacientarlo. Abrumado por la sensación echó a correr hasta el claro donde al menos podría caminar bajo el cielo abierto. Al llegar, se apoyó en un árbol para recobrar el resuello, cerrando los ojos mientras su cuerpo se enfriaba y los latidos de su corazón se iban apaciguando poco a poco. Sonrió para sí, sintiéndose algo ridículo por el súbito acceso de adrenalina que había hecho que su imaginación se disparase, pero contento de que nadie pudiera observarle en aquel momento.

Tras un rato abrió por fin los ojos. Entonces la vio, sentada en la rama baja de un árbol próximo. En su rostro redondo dos inmensos ojos oscuros y brillantes le observaban sin apenas pestañear. Cubierta por un vestido de color gris, tal vez negro, su cuerpo se confundía con la oscuridad, al igual que su cabello. Calculó que tendrían aproximadamente la misma edad, aunque no recordaba haberla visto nunca en el pueblo o en la escuela, por lo que supuso que o bien acababa de llegar, o bien vivía en el bosque. En los segundos que siguieron, y una vez superada la sorpresa inicial, sintió la necesidad imperiosa de decirle algo, pero tuvo miedo de importunarla: se la veía tranquila sentada en aquella rama, como si formara parte de su territorio natural, quieta, sin más interés aparente que el de continuar observando al recién llegado. Por eso calló y se limitó a esperar a que ella hiciera algo. Trascurrieron lo que le parecieron horas hasta que la muchacha dejó de mirarle e hizo el primer movimiento. Bajó al suelo en un ágil salto, y sin decir palabra, se adentró entre los árboles. Él la siguió consciente de que aventurarse fuera de los senderos podía resultar peligroso, pero en un gesto que en el momento juzgó caballeroso, fue tras ella para asegurarse de que nada le ocurriese. Caminaron separados por unos metros durante gran parte de la noche. Acompañar sus pasos a través de la espesura no fue cosa fácil pero habría reemprendido mil veces el camino si le hubieran dado tal posibilidad. Secundó su silueta en silencio, siempre a una distancia acordada tácitamente, descubriendo lugares que nunca antes había visto, ni siquiera bajo la luz del sol. Flores que solo desplegaban sus pétalos en la oscuridad, zonas donde el arroyo emergía bajo la tierra para humedecer los lechos donde los arbustos crecían tan frondosos y altos como sus hermanos mayores, el rocío nocturno de la hierba y los helechos, árboles cuya envergadura proyectaba sombras que parecían alargarse hasta el sendero; todo ello sin perder nunca de vista su oscura imagen que avanzaba con una ligereza casi sobrehumana, lo que en algún momento le hizo sentir algo torpe y pesado. El tiempo pasó volando y el alba les sorprendió en lo más profundo del bosque. Ella se detuvo para observar el cielo mientras el número de estrellas menguaba con la claridad. Por primera vez desde el claro, se volvió para mirarle de nuevo a los ojos; en un sólo gesto extendió con gracia su brazo y con la punta de su dedo señaló un lugar en el horizonte. Él siguió su trayectoria con la mirada y consiguió entrever a través de las ramas una sombra lejana y oscura, su casa.

Al volver la vista había desaparecido. Contempló el vacío que había dejado su cuerpo durante unos minutos. Cuando comprendió que no volvería se encamino hacía su casa, deseando en lo más profundo encontrarla a la noche siguiente.

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Pero no hubo más noches como aquella, y sus paseos solitarios fueron poco a poco espaciándose con el tiempo y los años, como si después de su encuentro toda la magia condensada en aquel momento hubiera ido malográndose, junto con su inocencia y su juventud. No hubo más criaturas misteriosas, ni sonidos extraños que la noche no pudiera explicar, ni siquiera zorros surgidos de la nada. Se hizo hombre, y aunque muchas veces, al recorrer los mismos lugares casi podía percibir aquella presencia y sentirse acompañado, la sensación fue desapareciendo de forma irremediable a medida que envejecía, hasta aquel momento, en el que ya anciano, regresó al claro de madrugada. Y la vio allí de nuevo, sobre la rama baja del árbol, observándole, apenas sin pestañear. Esta vez sus viejos ojos no consiguieron embaucarlo, y donde el oscuro cabello caía sobre los hombros, ahora, un plumaje suave y grisáceo envolvía su majestuoso cuerpo, los brazos eran alas, y sus ojos de pupilas inmensas y oscuras, dorados. Se observaron durante largo rato, igual que la primera vez. De pronto ella, con un suave y ligero aleteo, cuyo sonido él creyó reconocer, echó a volar y se adentró sin más entre los árboles, y él la siguió por última vez.

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Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen 1: AnneJulie

Imagen 2: xlagartixax

romanticismo fugaz

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz, todo habría cambiado a peor. Ese todo no se refería ni a personas, ni a situaciones o a circunstancias, ni siquiera a posibilidades; ese todo era un todo con cada una de sus letras clamando por la plenitud. El cambio, que afectaría a cada una de las alternativas que hubiese tomado y también las que tomase en el futuro, era consecuencia de una decisión de aquel preciso instante en que el desencanto había sido el germen, y a través de él, su vida o incluso la ausencia de la misma, alcanzaría por fin un sentido. Harta de la poesía, pues un verso tan sólo era una frase que se interrumpía en el éter y una rima una absurda cacofonía -el espejismo armónico capaz de retorcer el significado final de las palabras para satisfacer deseos estilísticos-, harta de los poetas, que le resultaban peores que su obra, presumiéndose los señores de la abstracción, como si la realidad no ejerciera sobre ellos el mismo yugo que para el resto, cuando en el fondo de sus almas escribían porque no podían evitar sentir lástima de sí mismos, anhelaba Romanticismo; pero éste llevaba muerto varios siglos. Antes un hombre, un amante, podía alcanzar tal sacudida en sus sentimientos que una única noche de rechazo hacía que la sangre corriera; ella moría en sus brazos, él la enterraba y descansaba cada noche sobre su tumba, derramando lágrimas por la ausencia, nunca por la culpa, esperando que éstas pudieran despertarla para poder yacer de nuevo con ella, hundiéndose en su carne podrida, en su blanquecina osamenta. Todo aquello ya no existía, y aunque no soñaba con ser objeto de afanes necrófilos, añoraba vivir en un mundo como aquél, tan diferente de éste, tan colmado de medias tintas y amores descafeinados, en el que incluso el sexo se había convertido en una especie de rutina agradable, digna de practicar, pero en absoluto comparable con la unión sagrada de los antiguos.

Dejaba vagar su mirada por el vagón vacío. Vacío. Versos, cartas, caricias, letras vacías. La llamaban loca. En un arrebato de violencia golpeó el cristal ante la impotencia que sentía. El mundo se encaminaba hacia esa rutina y no podía hacer nada. El metro seguía avanzando en la oscuridad, alejándose de aquella terrible sensación. Contemplaba el suelo de goma, líneas que se perdían sin huella alguna que seguir. Demasiado hastío, demasiado cansancio. Su mente se estaba rebelando con más intensidad que ella, ambas parecían querer escapar de aquel tedio. A través del cristal se podía observar como por la vía contigua se aproximaba un tren, a su vez percibió como la velocidad del suyo iba aminorando hasta que quedaron detenidos uno frente a otro, en medio de la nada, envueltos en la oscuridad.

La vio, apoyada sobre la ventana, la única persona que ocupaba aquel vagón. El silencio reinante era el universo allí condensado, ellos eran el mundo. Su mano extendida sobre el cristal, cada línea la pasión oculta, cada yema un deseo. La contemplaba, transparente peinada en sus sueños, respirando la sombra que su penumbra reflejaba. Acariciaba el momento, siendo mar el horizonte, siendo arena el suelo. Bajo sus pies se deshacía el acero, huellas de encuentro que seguía con su dedo, sobre el vaho de la emoción que sentía en aquel momento. Astillando el cristal con sus manos, retumbaban en el vagón sus gritos. Entonces ella advirtió su presencia, se miraron, sonrieron. De alguna forma percibió que la vida alcanzaba un sentido. Pero al final siempre vuelve la luz e irremediablemente los trenes comienzan a moverse. Se alejan. El destino se pone en marcha y ellos ansían detenerlo.

Fue un instante, un todo. El romanticismo vivió después de muerto.

Escrito a paxas con Ninivé, a medio camino entre Málaga, la Alhambra, su mar y mi desierto.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen: Rossonero

de finales y principios

La mano no me tiembla mientras acerco la cerilla al cigarro que cuelga de mis labios, no es que haya aprendido con el tiempo, son las circunstancias que no me han dado alternativa. La sacudo con elegancia para apagar la pequeña llama antes de que ocurra alguna catástrofe. Tú persigues mi movimiento con una leve oscilación de las pupilas, y pestañeas rápidamente: te sorprende. Eso es el tiempo, que pasa; y aunque el color de mi rostro te resulta más ceniciento y mi pelo ha perdido tal vez algo de su brillo, crees reconocerme a pesar del pequeño tatuaje que ahora adorna mi clavícula, en los lunares de mis brazos y en el sonido de mi voz que todavía está fresco en tu memoria. Entonces hablo, mirándote a los ojos, como me gustaba hacer, intentando recrear esa sensación de silencio absoluto a nuestro alrededor que antes practicábamos siempre mientras charlábamos en un café, como ahora, o sumergidos en la acogedora media luz de las velas tumbados en la cama (sin llegar a escuchar jamás aquellas canciones que yo me empeñaba cada tarde en hacer sonar para educar tu perezoso oído, ocupados en otros asuntos más trascendentes). Y tú me miras, escrutándome, sin advertir que me doy cuenta, pensando quizá “¿Es ella? ¿Realmente es ella?” Y sacudes la cabeza para tratar de apartar todo eso de tu mente, no sea que el romanticismo ataque de nuevo y yo lo perciba, no sea que todo aquello regrese para incomodarnos y acallar nuestros labios, y nuestras miradas tengan que desviarse desde los ojos a los cortados que humean sobre la mesa. Y sonríes, feliz y triste al mismo tiempo. Y yo sonrío, triste a secas. Mi mirada se despista y mis ojos comienzan a brillar, tal vez demasiado. Estoy a punto de decir algo como “te he echado de menos cada día” o tal vez “nunca había estado en este sitio”, y tú te pones a temblar, como entonces, preparándote para lo imprevisible de mi naturaleza. Pero yo callo, mirando a mi alrededor en busca de una cara, de un objeto en el lugar, que sea tan impúdicamente trivial que impida que las lágrimas estallen en mis ojos, consiguiéndolo por supuesto, pero odiando con cada partícula de mi ser ese pragmatismo irritante tuyo que tanto me coarta.

Me aclaro la garganta y cambio de tema sin necesidad de que hayamos abierto la boca, y te pregunto cómo es que en una tarde como la de hoy no tienes mejores cosas que hacer que estar con una vieja amiga a la que hace meses, tal vez años, que no ves. Te pregunto si alguien te espera. Y respondes que sí, que hay alguien esperando, pero que en este momento no deseas estar en ninguna otra parte. Y yo sonrío, feliz y triste esta vez, alegrándome de que el tiempo haya pasado, de que existan esas personas que aguardan nuestro regreso con una sonrisa en los labios. Pero apenada también, por no ser yo la que te espera, porque ya no eres tú él que me está esperando.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen: kokoindigomoon

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