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domingo

En sueño.

La última vez que se vieron eran todavía adolescentes, niños apenas. La reconoció de forma involuntaria, como si los recuerdos se hubieran abierto paso entre las telarañas de la memoria e irrumpieran invadiendo el territorio que ahora ocupaba su figura, algo desdibujada por la oscuridad y la espesura de las ramas de los árboles, pero resuelta por la luz de la luna llena, que ayudó en el proceso imprimiendo su matiz, de esa forma tan etérea que hace que los resquicios entre la realidad y los sueños se confundan en la sutil plata de la noche. Se miraban en la distancia, y los rostros del pasado y del presente, tan dispares entre si, se confundían a sus ojos, y, a pesar del cambio, por un instante, no existía diferencia entre lo que fue y lo que era.

El tiempo, no la vida, le obligó a pasar página de aquellos lejanos sucesos, y después de todos los años transcurridos y tanto vivido, se había forzado a suponer que en la niñez la realidad no posee los límites que la vejez obliga a consentir. Y sin saber bien si lo que acudía ahora a su memoria mantendría el mismo peso en caso de suceder en aquel momento, se dejó llevar por los recuerdos, y la vio allí, como la primera vez, junto al árbol donde se conocieron.

Aquella noche la luna escondía su semblante pero las nubes parecían reflejar la luz de las estrellas, y esa claridad fantasmal le permitía avanzar por el sendero. Cuando las luces de casa se apagaban, él aguardaba pacientemente hasta escuchar la enérgica y acompasada respiración de su padre. Entonces, sigiloso, se escabullía por la ventana y daba un paseo por el camino hasta el bosque, con la estúpida esperanza de encontrarse en él con algún misterioso ser nocturno, o en su defecto, tal vez algún zorro. Cualquier cosa le servía -un leve movimiento tras un arbusto, un sonido desconocido, una extraña sombra- para que su imaginación volase y regresara a casa con la mente hirviendo de fantásticas historias sobre los pobladores de la arboleda. En sus aventuras nocturnas él dejaba de ser el niño que habitualmente era para convertirse en una criatura más adentrándose en lo desconocido. Por supuesto, el Miedo acudía en ocasiones, pero él lo afrontaba no con la aprensión normal en su edad, sino con la entereza de quien aguarda cualquier cosa que la noche le pueda ofrecer.

En aquella en particular una sensación de estar siendo observado lo acompañó mientras penetraba en la espesura. Esa inquietud hizo que se contentara antes de lo acostumbrado con la expedición nocturna y decidiera dar la vuelta y apretar el paso para llegar a casa. El silencio absoluto se rompía de vez en cuando con un aleteo denso pero fugaz procedente de las copas de los arboles que se cernían sobre su cabeza y que apenas dejaban entrever los vacios de cielo estrellado. Por más que aguzaba la vista no conseguía localizar su procedencia y, las enigmáticas sombras que se dibujaban en la tierra y la total ausencia de brisa, consiguieron impacientarlo. Abrumado por la sensación echó a correr hasta el claro donde al menos podría caminar bajo el cielo abierto. Al llegar, se apoyó en un árbol para recobrar el resuello, cerrando los ojos mientras su cuerpo se enfriaba y los latidos de su corazón se iban apaciguando poco a poco. Sonrió para sí, sintiéndose algo ridículo por el súbito acceso de adrenalina que había hecho que su imaginación se disparase, pero contento de que nadie pudiera observarle en aquel momento.

Tras un rato abrió por fin los ojos. Entonces la vio, sentada en la rama baja de un árbol próximo. En su rostro redondo dos inmensos ojos oscuros y brillantes le observaban sin apenas pestañear. Cubierta por un vestido de color gris, tal vez negro, su cuerpo se confundía con la oscuridad, al igual que su cabello. Calculó que tendrían aproximadamente la misma edad, aunque no recordaba haberla visto nunca en el pueblo o en la escuela, por lo que supuso que o bien acababa de llegar, o bien vivía en el bosque. En los segundos que siguieron, y una vez superada la sorpresa inicial, sintió la necesidad imperiosa de decirle algo, pero tuvo miedo de importunarla: se la veía tranquila sentada en aquella rama, como si formara parte de su territorio natural, quieta, sin más interés aparente que el de continuar observando al recién llegado. Por eso calló y se limitó a esperar a que ella hiciera algo. Trascurrieron lo que le parecieron horas hasta que la muchacha dejó de mirarle e hizo el primer movimiento. Bajó al suelo en un ágil salto, y sin decir palabra, se adentró entre los árboles. Él la siguió consciente de que aventurarse fuera de los senderos podía resultar peligroso, pero en un gesto que en el momento juzgó caballeroso, fue tras ella para asegurarse de que nada le ocurriese. Caminaron separados por unos metros durante gran parte de la noche. Acompañar sus pasos a través de la espesura no fue cosa fácil pero habría reemprendido mil veces el camino si le hubieran dado tal posibilidad. Secundó su silueta en silencio, siempre a una distancia acordada tácitamente, descubriendo lugares que nunca antes había visto, ni siquiera bajo la luz del sol. Flores que solo desplegaban sus pétalos en la oscuridad, zonas donde el arroyo emergía bajo la tierra para humedecer los lechos donde los arbustos crecían tan frondosos y altos como sus hermanos mayores, el rocío nocturno de la hierba y los helechos, árboles cuya envergadura proyectaba sombras que parecían alargarse hasta el sendero; todo ello sin perder nunca de vista su oscura imagen que avanzaba con una ligereza casi sobrehumana, lo que en algún momento le hizo sentir algo torpe y pesado. El tiempo pasó volando y el alba les sorprendió en lo más profundo del bosque. Ella se detuvo para observar el cielo mientras el número de estrellas menguaba con la claridad. Por primera vez desde el claro, se volvió para mirarle de nuevo a los ojos; en un sólo gesto extendió con gracia su brazo y con la punta de su dedo señaló un lugar en el horizonte. Él siguió su trayectoria con la mirada y consiguió entrever a través de las ramas una sombra lejana y oscura, su casa.

Al volver la vista había desaparecido. Contempló el vacío que había dejado su cuerpo durante unos minutos. Cuando comprendió que no volvería se encamino hacía su casa, deseando en lo más profundo encontrarla a la noche siguiente.

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Pero no hubo más noches como aquella, y sus paseos solitarios fueron poco a poco espaciándose con el tiempo y los años, como si después de su encuentro toda la magia condensada en aquel momento hubiera ido malográndose, junto con su inocencia y su juventud. No hubo más criaturas misteriosas, ni sonidos extraños que la noche no pudiera explicar, ni siquiera zorros surgidos de la nada. Se hizo hombre, y aunque muchas veces, al recorrer los mismos lugares casi podía percibir aquella presencia y sentirse acompañado, la sensación fue desapareciendo de forma irremediable a medida que envejecía, hasta aquel momento, en el que ya anciano, regresó al claro de madrugada. Y la vio allí de nuevo, sobre la rama baja del árbol, observándole, apenas sin pestañear. Esta vez sus viejos ojos no consiguieron embaucarlo, y donde el oscuro cabello caía sobre los hombros, ahora, un plumaje suave y grisáceo envolvía su majestuoso cuerpo, los brazos eran alas, y sus ojos de pupilas inmensas y oscuras, dorados. Se observaron durante largo rato, igual que la primera vez. De pronto ella, con un suave y ligero aleteo, cuyo sonido él creyó reconocer, echó a volar y se adentró sin más entre los árboles, y él la siguió por última vez.

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Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen 1: AnneJulie

Imagen 2: xlagartixax

romanticismo fugaz

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz, todo habría cambiado a peor. Ese todo no se refería ni a personas, ni a situaciones o a circunstancias, ni siquiera a posibilidades; ese todo era un todo con cada una de sus letras clamando por la plenitud. El cambio, que afectaría a cada una de las alternativas que hubiese tomado y también las que tomase en el futuro, era consecuencia de una decisión de aquel preciso instante en que el desencanto había sido el germen, y a través de él, su vida o incluso la ausencia de la misma, alcanzaría por fin un sentido. Harta de la poesía, pues un verso tan sólo era una frase que se interrumpía en el éter y una rima una absurda cacofonía -el espejismo armónico capaz de retorcer el significado final de las palabras para satisfacer deseos estilísticos-, harta de los poetas, que le resultaban peores que su obra, presumiéndose los señores de la abstracción, como si la realidad no ejerciera sobre ellos el mismo yugo que para el resto, cuando en el fondo de sus almas escribían porque no podían evitar sentir lástima de sí mismos, anhelaba Romanticismo; pero éste llevaba muerto varios siglos. Antes un hombre, un amante, podía alcanzar tal sacudida en sus sentimientos que una única noche de rechazo hacía que la sangre corriera; ella moría en sus brazos, él la enterraba y descansaba cada noche sobre su tumba, derramando lágrimas por la ausencia, nunca por la culpa, esperando que éstas pudieran despertarla para poder yacer de nuevo con ella, hundiéndose en su carne podrida, en su blanquecina osamenta. Todo aquello ya no existía, y aunque no soñaba con ser objeto de afanes necrófilos, añoraba vivir en un mundo como aquél, tan diferente de éste, tan colmado de medias tintas y amores descafeinados, en el que incluso el sexo se había convertido en una especie de rutina agradable, digna de practicar, pero en absoluto comparable con la unión sagrada de los antiguos.

Dejaba vagar su mirada por el vagón vacío. Vacío. Versos, cartas, caricias, letras vacías. La llamaban loca. En un arrebato de violencia golpeó el cristal ante la impotencia que sentía. El mundo se encaminaba hacia esa rutina y no podía hacer nada. El metro seguía avanzando en la oscuridad, alejándose de aquella terrible sensación. Contemplaba el suelo de goma, líneas que se perdían sin huella alguna que seguir. Demasiado hastío, demasiado cansancio. Su mente se estaba rebelando con más intensidad que ella, ambas parecían querer escapar de aquel tedio. A través del cristal se podía observar como por la vía contigua se aproximaba un tren, a su vez percibió como la velocidad del suyo iba aminorando hasta que quedaron detenidos uno frente a otro, en medio de la nada, envueltos en la oscuridad.

La vio, apoyada sobre la ventana, la única persona que ocupaba aquel vagón. El silencio reinante era el universo allí condensado, ellos eran el mundo. Su mano extendida sobre el cristal, cada línea la pasión oculta, cada yema un deseo. La contemplaba, transparente peinada en sus sueños, respirando la sombra que su penumbra reflejaba. Acariciaba el momento, siendo mar el horizonte, siendo arena el suelo. Bajo sus pies se deshacía el acero, huellas de encuentro que seguía con su dedo, sobre el vaho de la emoción que sentía en aquel momento. Astillando el cristal con sus manos, retumbaban en el vagón sus gritos. Entonces ella advirtió su presencia, se miraron, sonrieron. De alguna forma percibió que la vida alcanzaba un sentido. Pero al final siempre vuelve la luz e irremediablemente los trenes comienzan a moverse. Se alejan. El destino se pone en marcha y ellos ansían detenerlo.

Fue un instante, un todo. El romanticismo vivió después de muerto.

Escrito a paxas con Ninivé, a medio camino entre Málaga, la Alhambra, su mar y mi desierto.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen: Rossonero

de finales y principios

La mano no me tiembla mientras acerco la cerilla al cigarro que cuelga de mis labios, no es que haya aprendido con el tiempo, son las circunstancias que no me han dado alternativa. La sacudo con elegancia para apagar la pequeña llama antes de que ocurra alguna catástrofe. Tú persigues mi movimiento con una leve oscilación de las pupilas, y pestañeas rápidamente: te sorprende. Eso es el tiempo, que pasa; y aunque el color de mi rostro te resulta más ceniciento y mi pelo ha perdido tal vez algo de su brillo, crees reconocerme a pesar del pequeño tatuaje que ahora adorna mi clavícula, en los lunares de mis brazos y en el sonido de mi voz que todavía está fresco en tu memoria. Entonces hablo, mirándote a los ojos, como me gustaba hacer, intentando recrear esa sensación de silencio absoluto a nuestro alrededor que antes practicábamos siempre mientras charlábamos en un café, como ahora, o sumergidos en la acogedora media luz de las velas tumbados en la cama (sin llegar a escuchar jamás aquellas canciones que yo me empeñaba cada tarde en hacer sonar para educar tu perezoso oído, ocupados en otros asuntos más trascendentes). Y tú me miras, escrutándome, sin advertir que me doy cuenta, pensando quizá “¿Es ella? ¿Realmente es ella?” Y sacudes la cabeza para tratar de apartar todo eso de tu mente, no sea que el romanticismo ataque de nuevo y yo lo perciba, no sea que todo aquello regrese para incomodarnos y acallar nuestros labios, y nuestras miradas tengan que desviarse desde los ojos a los cortados que humean sobre la mesa. Y sonríes, feliz y triste al mismo tiempo. Y yo sonrío, triste a secas. Mi mirada se despista y mis ojos comienzan a brillar, tal vez demasiado. Estoy a punto de decir algo como “te he echado de menos cada día” o tal vez “nunca había estado en este sitio”, y tú te pones a temblar, como entonces, preparándote para lo imprevisible de mi naturaleza. Pero yo callo, mirando a mi alrededor en busca de una cara, de un objeto en el lugar, que sea tan impúdicamente trivial que impida que las lágrimas estallen en mis ojos, consiguiéndolo por supuesto, pero odiando con cada partícula de mi ser ese pragmatismo irritante tuyo que tanto me coarta.

Me aclaro la garganta y cambio de tema sin necesidad de que hayamos abierto la boca, y te pregunto cómo es que en una tarde como la de hoy no tienes mejores cosas que hacer que estar con una vieja amiga a la que hace meses, tal vez años, que no ves. Te pregunto si alguien te espera. Y respondes que sí, que hay alguien esperando, pero que en este momento no deseas estar en ninguna otra parte. Y yo sonrío, feliz y triste esta vez, alegrándome de que el tiempo haya pasado, de que existan esas personas que aguardan nuestro regreso con una sonrisa en los labios. Pero apenada también, por no ser yo la que te espera, porque ya no eres tú él que me está esperando.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen: kokoindigomoon

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lunes

sin pies ni cabeza.

Capítulo 1º: De cómo descubrí que soy extraterrestre.

Llegó la oscuridad, y con ella, una lágrima. Por suerte no todo llega en el orden oportuno. Con el tiempo se aprende –la mayoría de las veces de forma inconsciente- que los acontecimientos no tienen por qué ser lineales, aunque desde luego las estructuras mentales parecen estar preparadas para ello. Es como si tuviéramos el cerebro alicatado con una serie de baldosas grabadas con números ordinales (a modo de camino de baldosas amarillas, pero tal vez un poquito más sobrio): la primera, la segunda, la tercera, la cuarta... Vas poniendo tu pie mental sobre ellas, de una en una, sin saltártelas, ya que la anterior es una consecuencia necesaria de la siguiente, y así, como por arte de magia, van apareciendo una detrás de otra, hasta que la cadena de acontecimientos se termina, bien para comenzar una nueva, bien para estancarse en un número del que, a veces, uno puede llegar a sentirse preso. ¡Cuánto mal ha hecho tanta matemática a nuestras tiernas y sensibles neuronas! Pero no se debe desesperar, siempre hay un consuelo: gracias al cielo y a Cortázar existen las Rayuelas, gracias a la Liebre existen los atajos –gracias a la de Marzo, las prisas-, por no hablar de los puentes, los saltos, las regresiones, el wu way y toda esa parafernalia New Age, que en definitiva, y a grandes rasgos, viene a definir lo que se suele llamar libre albedrío, en realidad, todo aquello que le aporta un poco de color a esta historia. Desde luego sé, no me engaño, que más de un eventual lector pensará que no hay calada sin cigarro, ni reflejo sin espejo al que asomarse, ni un orgasmo sin sexo… aún así, y debido a qué todavía ando en busca de la iluminación sin haberla obtenido, y por lo tanto, en vez de certezas me conformo con la triste y fría esperanza, creo, y espero -aunque no SÉ- pero me permito decir, que a todo cerdo le llegará su San Martín, tarde o temprano.

Para un cuento esta puede parecer una introducción bastante anómala, -se me ocurren varios sinónimos más que no es cuestión plasmar dado el soporte- no hay personajes, ni planteamiento, ni nudo, y desde luego, por ahora, tampoco hay visos de un verdadero desenlace. Pero ya os advertí desde el principio que no todo tiene por qué aparecer en un orden oportuno y establecido, y ahora que las cosas empiezan a estar claras, añado: podría ser, incluso podrá parecerlo, pero de hecho en este cuento eso no va a suceder así.

En este cuento el único personaje eres tú y, tal vez, un poco yo. Tú, en tu grandeza y anormalidad, con esas carencias, virtudes, formas y maneras que posees y te caracterizan que te hacen tan completamente diferente a mí y que al mismo tiempo nos hermanan.

El planteamiento es esa oscuridad precursora de una más o menos cristalina secreción procedente las glándulas lacrimales. Una lágrima, que lo mismo escuece que limpia el lagrimal, que nace del dolor tanto como de la indiferencia, de la pasión del momento o de la indolencia del día a día, que lo mismo llega con una afluencia de sentimientos como de la total ausencia de los mismos. Si lo piensas, no son demasiadas las ocasiones en las que se nos una tanto en el placer y en el dolor como en las lágrimas. Es un gran planteamiento. Llorar como catarsis, como trasformación en un punto muerto; la oscuridad como telón de fondo es simplemente un sustantivo para encajar ese ficticio punto fijo que es un momento.

El nudo es el porqué de esa lágrima cuando la oscuridad es algo establecido a lo que no le podemos dar la vuelta, y, como sabrás, los porqués en cada persona son tantos –en número y en calidad- como pueden ser sus pensamientos, y el pensamiento es la única fuerza –que yo conozco- además de la del amor, que es infinita. Así que elige uno, el que sea, el que más rabia te dé, y vayamos al final.

El desenlace es la respuesta a esa pregunta, por lo tanto, es lo que tú y yo queramos. Puede ser indiscutible, indescifrable, categórico o pueril. Feliz o triste. Tal vez podemos matar a alguien y llorar por él - es un truco que a mí siempre me funciona-. También podemos reírnos, de nosotros, de los demás, de todo. De hecho, si lo deseamos, ni siquiera tiene que existir un desenlace como tal, convirtiendo de esa forma esta pequeña y algo absurda ficción mental en la que he querido enredarte, en una especie de elevada metáfora de la vida misma.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen: Nicoletta Ceccoli

*Para ti, tú sabes a quien me refiero

(Aclaración, porque parece ser que no lo sabes: Es para tí cohone!!! anda que... :* No voy a poner tu nombre ni te lo voy a decir en persona -porque me da vergüenza- asi que más vale que te contentes con esto peque ;))

*Lo del cerdo y San Martin es una frase hecha que suele salirme cuando estoy escribiendo un cuento, pero que nunca acabo poniendo. Esta tarde ha sido la mía.

*Sé que llevo un siglo sin pasarme a visitaros pero no tenía el cuerpo para internet. Mi propósito es intentar resarcirme en lecturas, que lo consiga o no tan sólo es cuestión de tiempo, por suerte no de ganas.

domingo

nunca estarás sola

Al final, se rompió la tetera. Creí que no lo lograría. Imagino que existen mejores maneras de llamar la atención, pero en mi estado, créeme, no se me ocurren demasiadas. Esperaba que no me odiaras por esto, sé cuanto adorabas esa tetera, pero nunca habría imaginado tu reacción. Has llegado a la hora de costumbre a casa, te has parado a revisar el correo frente a la puerta, has entrado, has tirado las llaves sobre la mesa y te has quitado el abrigo y las botas sin dejar de leer una factura. Después has merodeado sin rumbo por el salón durante un par de minutos con los ojos clavados en el papel sin tropezarte una sola vez. Siempre me he preguntado cómo puedes hacer tantas cosas al mismo tiempo y sin embargo ser incapaz de montar en bici media hora sin acabar con las rodillas peladas. Pero tú eres así, peculiar, torpe y elegante a la vez, hay cosas que se te resisten por naturaleza, aunque hay otras… sí, desde luego que hay otras en las que eres única. Pero como te decía, has hecho lo de siempre, has puesto algo de música y por fin te has dirigido a la cocina en busca de un zumo. Me he preparado como hago cuando sé que me va a caer una bronca tuya, respirando hondo y cruzando con fuerza los dedos con las manos escondidas tras la espalda; y te puedo asegurar que ha sido decepcionante. Estabas sorprendida, es cierto, has mirado a tu alrededor como si hubiera algo que no te cuadrara, pero al final tan solo has resoplado un poco y te has limitado a agacharte para recoger los pedazos de porcelana del suelo y tirarlos a la basura sin decir una sola palabra. No lo entiendo, estás tan callada últimamente, no hablas conmigo, ni siquiera peleas, simplemente haces tu vida en silencio, como una zombi, ajena a mí, como si no estuviera a tu lado. De vez en cuando te escucho mientras cantas bajito desde alguna otra habitación, siempre salgo corriendo para observarte, imaginando que ha habido algún cambio, que tal vez estás más dispuesta a comunicarte conmigo, pero nunca es así. Cuando llego te detienes, te abrazas como si sintieras frío y tras unos segundos vuelves a lo que estabas haciendo, colocar la ropa, releer la página de algún libro o teclear en el ordenador, en silencio.

¿Qué nos ha pasado? Lo hacíamos todo juntos. ¿Recuerdas? Sé que siempre tuvimos problemas pero estos nunca significaron lo suficiente para alejarnos. Echo tanto de menos que me hagas reír, incluso que te metas conmigo, que me mires a los ojos con esa mirada que solo era para mí y para nadie más. Hace tanto que no la veo, tanto tiempo que no te toco ni te acaricio, hace tanto que no me cuentas tus cosas…something_has_changed_by_Mongibello

Esta situación me está volviendo loco. Odio esto, lo que nos está sucediendo, sobre todo por las noches. Pasas horas llorando y no permites que te consuele, no puedo abrazarte, no eres capaz de escuchar lo que te digo, estás en otra parte, muy lejos, como si un velo de acero invisible nos separase. Lo de la tetera no ha sido más que otro de mis intentos desesperados por llamar tu atención aunque de sobra sé que no sirven de nada. Cambio tus cosas de sitio, abro y cierro las puertas, los grifos, las ventanas. ¿Qué más puedo hacer? Dime. Estás fría, gélida hacia mí, tanto que casi puedo imaginar lo que en el fondo estás intentando lograr con tu actitud indiferente: que te abandone, que me marche lejos de ti para siempre, que deje de importunarte con mi presencia para que puedas continuar con tu vida. Pero no lo entiendes, una mañana hace unos años mientras estabas en mis brazos te juré que jamás, nunca, te dejaría sola, y esa es la única promesa que he decidido cumplir hasta el final. Y sé que a pesar de lo sucedido aún me amas, lo sé porque noto como te emocionas mientras miras nuestras fotos, como escuchas una y otra vez nuestras canciones, como te abrazas a la almohada para poder dormir. Sé que me necesitas y no he podido marcharme, no puedo abandonarte así, como si nunca hubiera existido o lo nuestro hubiese acabado. Por eso seguiré a tu lado, nada podrá separarnos, ni siquiera el accidente.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Mongibello

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lunes

that kiss

kiss_by_Mina_IxchellEl sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío, tanto que a pesar del paisaje tuvo que cerrar la persiana y dedicarse a observar a través de los pequeños orificios luminosos. Aguantó un par de minutos espiando la calle por el improvisado ojo de mirilla, cuando no pudo más se metió de un salto en la cama tapándose con las mantas hasta los ojos. Un murmullo espeso y unos jadeos somnolientos la acogieron en la tibieza del iglú de la ropa de cama. Se dejó hacer. El escalofrío de una mano caliente atrapando su vientre le cortó la respiración, su cuerpo se deslizó en un crujido de sábanas acercándose a él, sintiendo por fin su aliento en el cuello, su espalda contra su pecho. Cuando el corazón empezó a bombearle con fuerza se obligó a recordar cómo se respiraba. Sí, primero se cierran los ojos, luego se baja del cielo y después el aire comienza de nuevo a acudir a los pulmones. Sonrió en la oscuridad. Se preguntó si el paraíso sería una fría mañana de domingo metida en la cama entre sus brazos. No. Sin duda el paraíso sería muchas mañanas como aquella.

Muchas mañanas como aquella… no podía lamentarse, al menos lo había probado, un pequeño pedazo del gran pastel del edén, un sorbo de felicidad antes del infierno del olvido, la rutina y la muerte. Una vez que aquellos pensamientos comenzaban a fijarse en los márgenes de su cerebro no había marcha atrás. Intentó dominarse, gimió en silencio, se revolvió en dentro de su cuerpo sin apenas moverse, pero un abrazo más fuerte intentó aquietar sus temblores. Aquel fugaz gesto la sumergió en una angustia de abandono contra la que no podía combatir. Quedó quieta, dejando que el tiempo pasara, permitiendo que él durmiera abrazado a ella por primera y última vez.

Su mente no era su amiga, lo fue en el pasado, pero desde hacía años se libraba una batalla campal en su cerebro, un perturbado caos entre el miedo y la entereza que se había convertido en el germen de la persona que era. Después del tiempo y a medida que el final se acercaba había dejado de pretender que aquello cambiara; no tenía sentido seguir luchando en batallas que tarde o temprano sabía que perdería. Aunque sus pensamientos no lo tuvieron fácil, al principio peleó con la osadía de un guerrero por atesorar los instantes que le quedaban, finalmente el dolor y la desesperanza fueron más fuertes. La amargura en los ojos de los que la contemplaban marchitarse poco a poco hizo que advirtiera que desde el principio aquél era un combate desigual. Los perdió a todos ellos, a conciencia y pieza a pieza, jugando una partida de ajedrez malsano en que cada una de sus defensas, de sus mayores apoyos, fue sacrificado para poder afrontar a solas la adversidad.

No deseaba víctimas colaterales en la contienda, lastrando su conciencia antes de su marcha, pero las manos que la acariciaban, los brazos que la sostenían y el corazón que latía en aquel momento junto a su cuerpo lo terminarían siendo de todos modos, tanto si permanecía a su lado como si se marchaba en aquel mismo instante. Débil y egoísta, eso era, un fantasma que aún respiraba aferrándose al mundo y a la gente que lo habitaba cuando ese ya no era su lugar. Experimentando y aprovechando momentos, sintiéndose más feliz que nunca, cuando ya le había sido arrebatado ese derecho…

-Shhhhhhhh –susurró junto a su oído.- ¿Qué piensas? Vuelves a temblar.

-Nada, intentaba dormir.

-Mentirosa.

-¿Por qué dices eso? No sabes en qué estoy pensando.

-Escucha –dijo y la apretó más fuerte.-Nadie me ha obligado a venir aquí, y nadie, excepto tú, podrá obligarme a que me marche. Pero antes de que lo hagas quiero que entiendas una cosa: todos tenemos que lidiar a solas con nuestros miedos, y te agradecería que me concedieras el gran privilegio de que yo lo haga con los míos, creo que tú ya tienes bastante. Y ahora, por favor, deja de temblar y…

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Entonces descubrió lo sencillo que era llorar sin que las lágrimas ahogaran sus ojos.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Mina_Ixchell

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domingo

tan cerca, tan lejos

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Todo sucedió en un minuto ¿para qué más, mi amor? Sigo en la misma posición y lugar sin embargo aún puedo percibir el sonido amortiguado de tu respiración si me concentro lo suficiente en enviar las órdenes apropiadas a mi cerebro, para que advierta por fin que no es necesario que el tiempo transcurra para que las cosas cambien. Sé que transcurre, soy más consciente de lo que lo he sido nunca. Intentar acomodarlo a la confusión de pequeñas partes en que la física divide lo que sucede, como si comprender lo intangible sólo fuera posible seccionándolo -cuanto más pequeño más simple, cuanto más simple más tangible-, es uno de los métodos que más nos reconfortan a todos nosotros, débiles envolturas de músculos, arterias y huesos, imperfectas mentes incapaces de aprehender la realidad sin esos trucos de titiritero. Es triste y no me salvo, lo sé: utilizo los días como una cuenta atrás, las semanas para contar la llegada de los viernes por la noche, los años para calcular los que me quedan, y últimamente, a tu lado, esa consciencia ha sido aún más terrible. He llegado a experimentar todas las estaciones en un día, desde el cálido verano lleno de ocasos hasta el frio helado en el rostro del invierno, la frágil lluvia que congela las lágrimas que de vez en cuando acuden a mis ojos. ¿Imaginas experimentar un año en un día para tener que sentir ahora que sesenta segundos son casi un año?

Pero por una vez la conciencia permanece tranquila, sabe que te he buscado en todos los ojos con los que me he cruzado. En los de hombres y mujeres, en los míos, en los tuyos, creyendo que allí te encontraría. He buscado las excusas, el antídoto, el santo grial, un milagro, un beso, un día más, una noche, nuestra canción, la forma en que tu dedo corazón me acariciaba, la inoportuna perfección del lóbulo de tu oreja; buscaba lo que fue, lo que es, buscaba un “será”. Busco no necesitarte, no sentir el miedo hacía mi misma, el mismo que experimento cuando no puedo impedir que las cosas cambien ni que el tiempo transcurra, para comenzar a buscar en todas partes lo que ya no es, lo que se fue y lo que no será.

Ahora me ahogo en los dorados granos del gran reloj de arena de la vida. Resbalan sobre mi cabeza en un delgado hilo de oro y me han adormecido hasta cubrirme por completo. Apenas puedo abrir los ojos para mirarte sin que penetren en ellos para entumecerme aún más. Mis manos reposan junto a mi cuerpo, muevo los dedos torpemente mientras las brillantes partículas se escurren. Los estiro hacia ti pero no puedo alcanzarte aunque estés aquí, junto a mí, en este sofá. He caído en la cuenta de que tal vez lo que transcurre es el espacio y no el tiempo; hubo días en que kilómetros no eran distancia, y ahora, cuando apenas la nada nos separa, un universo me aleja de ti. Pero eso ya no importa, sé que no hay tiempo ni espacio sino la percepción que tengo de ellos y, siendo honesta conmigo misma, mientras me sigo ahogando, desearía volver a recorrer el camino que me lleve de nuevo a ignorar esa sensación de conocerlos tan bien.

Por eso cuando decidas marcharte te acompañaré hasta la puerta. De algún modo lograré desprenderme de todo el peso, lentamente, como si emergiera entre densas arenas movedizas; primero una mano, luego un brazo, después el otro, y así hasta lograr un paso, y luego otro, y otro más. Me sacudiré cada grano de desesperanza, cada residuo que haya ido minando mis ilusiones, todos los restos que hayan anestesiado mi corazón. Sé que quizás sera un camino largo, pero con algo de suerte, no creo que me lleve más de un minuto decir adiós.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Shyble

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lunes

El cuento de Rose.

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Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas, todas las que han sido utilizadas para contar historias a lo largo del tiempo sólo os mostrarán una cara de la moneda; no esperéis otra cosa. Dime si alguna vez has pensado en el lobo como ese desdichado animal acuciado por su instinto, si Caperucita, en tu opinión, era una muchachita poco despierta, si su madre no fue una arpía por obligarla a cruzar el bosquecillo lleno de lobos... sola. No. Como el resto tú no cuestionas esas cosas. Las brujas son malas y las madres bondadosas; los príncipes atractivos, un beso puede sacar de un coma profundo a una princesa, las hermanas son feas, las madrastras, ambiciosas, asesinas… Cuando un cuento es escrito su vocación inicial es la de imitar la realidad y, quizás, reconciliarla un poco con los sueños. Pero bien es cierto que en raras ocasiones algo sucede. Tal vez la luna se mete en la sangre de una doncella, un hombre se cree presa de un hechizo, un caserón se llena de viejos fantasmas, una dama se levanta de la tumba, alguien -o algo- araña la puerta de quien llora a los difuntos… y todos ellos viven, a su manera, un cuento ya escrito por otros. Eso era, más o menos, lo que le sucedía a Rose. El universo no conspiraba para convertir su vida en un cuento, en realidad era su mente la que vertía todo aquello que no llegaba a comprender en un sueño que se transformaba en realidad a sus ojos, pero, por suerte, no a los del resto. Para ellos Rose era una chica extraña; aunque ese pequeño detalle no la afligía en absoluto, estaba orgullosa de ser diferente. Una princesa debía ser diferente: a alguien cuyo destino estaba escrito en las estrellas no le quedaba otra alternativa. Además era hermosa, y eso siempre es una buena disculpa.

Mientras fregaba los platos después de la comida entonaba una dulce canción; al terminar, suspiraba. Sabía que tenía que acatar de buena gana sus duros quehaceres porque sin duda algún día un joven mozo la rescataría de aquella esclavitud. Cada tarde, en su cuarto impoluto, se asomaba a la ventana y dejaba transcurrir las horas, soñando… de nuevo, que algún día, alguien al mirar a lo alto se enamoraría perdidamente de su bello rostro, y a pesar de que el patio de luces no era precisamente un lugar muy concurrido, ella no perdía la esperanza. Cada noche, antes de acostarse, cepillaba cien veces su largo y rubio cabello hasta dejarlo sedoso y reluciente, mientras contemplaba su imagen en el espejo... Y tarareaba, tarareaba sin cesar.

Una mañana la pequeña Rose perdió el autobús y no le quedó más remedio que ir a la facultad caminando. Aunque el transporte urbano no era lo suyo lo prefería a andar sola por la calle, donde a una muchacha hermosa como ella le podía suceder cualquier cosa. Como llegaba tarde se arriesgó a atajar por el parque. El sol resplandecía en el cielo pero mientras se sumergía entre los frondosos árboles le pareció que el crepúsculo la alcanzaba repentinamente. Aquél no era un parque como es debido, decidió. Los parques, según ella, debían ser abiertos y perfectamente despejados como los jardines de un palacio, donde las muchachas acompañadas de sus jóvenes pretendientes pudieran pasear respirando el suave perfume de las rosas primaverales.

-Perdona ¿Tienes fuego?.

Aquella voz la despojó de sus pensamientos, sobresaltada se detuvo y miró a su alrededor. Sentado en un banco, con las piernas abiertas de una forma bastante indecorosa, había un muchacho con un cigarrillo entre los dedos que la observaba expectante. Su pelo largo y apelmazado le cubría buena parte del rostro impidiendo que Rose pudiera ver con claridad sus rasgos, pero sus ojos, oscuros y hundidos, la miraban con tal intensidad que la hizo sentir, durante un breve instante, mancillada. Si hubiera tenido el valor necesario le habría espetado que no podía abordar a una muchacha sin haber sido debidamente presentados, pero temerosa, hizo un gesto de negación y siguió su camino.

-¡Eh! Espera. Creo que tienes algo en el hombro…

Rose se detuvo de nuevo, esta vez algo fastidiada. Se dio la vuelta con cierta reticencia y vio como el desgarbado muchacho señalaba su brazo izquierdo.

-Es una caca de paloma.

En los sonrosados labios de Rose se formo una delicada “o” minúscula. Desde su hombro extendiéndose por la manga de su jersey rosa hasta casi su mano había una larga y viscosa mancha cuyo color resultaba difícil de precisar, era algo entre marrón, verde y el blanco más puro.

-Un momento. Te ayudaré.

Rose se mantenía petrificada en sitio mirando con fascinación la caca de su manga como si fuera la cosa más sorprendente que hubiera visto en su vida. Mientras, el muchacho sacó unos clínex de su mochila y empezó a limpiarla con delicadeza. Cuando terminó se alejó de ella para tirar los pañuelos sucios en una papelera cercana.

-Me llamo Víctor –comentó acercándose de nuevo.

-Yo soy Rose – musitó Rose todavía conmocionada. –Gracias.

-De nada. En esta época el parque no es precisamente una zona de exclusión aérea…- rió el muchacho. -Pero hace una mañana bonita ¿Tienes prisa? Podemos dar un paseo.

-Oh, no. Tengo que ir a clase. – Respondió ella automáticamente.

-¡Bah! Sáltatela, alguien te dejará los apuntes.

Rose sonrió. Por un momento se fundieron en una intensa mirada. Su mente comenzó a vagar perdiéndose en sus rasgos. Sus ojos eran tan oscuros como el ala de cuervo, su mentón regio y todavía imberbe era suave como el de una doncella… tal vez si se lavara y se cortara el cabello resultaría atractivo. Poco a poco, muy despacio, una calidez que nunca antes había experimentado se fue apoderando de regiones de su cuerpo que creía olvidadas… pero entonces, al aspirar deliberadamente el aroma del muchacho, arrugó la nariz. Había algo extraño, debajo del hedor a tabaco y a detergente que desprendían sus ropas, de un modo apenas perceptible, un olor denso y turbio, casi animal, la repelió. “¡Peligro Rosaline!” murmuró una conocida voz en su conciencia “¡Peligro!”. Algo azorada, pero escondiendo su temor bajo una nada convincente máscara de dignidad, se apartó unos pasos.

-Eso no va a ser posible, lo siento. Ya nos veremos.

Sin esperar respuesta se aferró a su carpeta y echó a andar decidida hacia la salida del parque. El muchacho se encogió de hombros y se sentó en el banco a esperar que pasara alguien que llevara fuego.

Acaso aquél fue el día en que Rose conoció por fin a su príncipe. Tal vez lograra salvarla de un poderoso dragón, tal vez la liberara de un terrible hechizo, o tal vez simplemente la ayudó a recoger los libros del suelo cuando ésta tropezó con la invisible línea de una baldosa. Seguramente, a fuerza de comportarse como una princesa, a ella no le quedó más remedio que enamorarse. Pero me pregunto, años más tarde, después de haber engordado y traído al mundo a media docena de chiquillos hiperactivos, después de oler cada noche en las camisas de su idolatrado marido un perfume que no es el suyo, si los sueños de Rose no serán diferentes… quizás se imagina adentrándose de nuevo entre los frondosos árboles, sola, audaz y temeraria, para reencontrarse con su lobo, que debió comérsela aquella lejana mañana cuando la pequeña Rose, todavía una inocente florecilla, se perdió en el bosque.

Pero claro, esa es otra historia, y por suerte, todas las historias no muestran sino una única cara de la moneda.

All_dreams_lost_by_empatia

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
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una noche cualquiera

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas) niebla. Posee ese influjo la noche, el de nublar la mente de quienes se adentran en ella. Es una de las razones por las que trato no salir demasiado cuando oscurece, prefiero la seguridad de mi casa, incluso la seguridad de la casa de otros. Por eso, en un principio, ignoré por completo el comentario de Sonia. “Deberíamos salir por ahí”, dijo. “De juerga”, matizó con calma. Se dedicó a observar mi expresión, aunque sin verla la habría imaginado, y justo cuando pensaba que iba a callar o a cambiar de tema pronunció las palabras mágicas que todo amigo odia escuchar: “me lo debes”.

No me salvé; claro que se lo debía, ¿y qué no? Es mi amiga. Me adentré en ella, a pesar de la niebla y los presentimientos, consciente de que al día siguiente me dolería la cabeza y me arrepentiría de más de la mitad de las cosas que diría y de casi la totalidad de las que haría.

Nada más llegar al bar me aposté en la barra, me rodee de mis compañeras, que por suerte necesitan muy poco para motivarse, e intenté pasar desapercibida. Metí el reloj en la mochila, pensando que los minutos y las horas transcurrirían más deprisa. La niebla penetraba por la puerta hasta nuestro rincón con la gente que abarrotaba el sitio; ese detalle y mi miopía, que en momentos así agradezco, hicieron el resto. El alcohol fluía con facilidad, las cajetillas de tabaco se acababan, la música, por extraño que parezca, me gustaba, pero justo cuando la conversación comenzaba a ponerse interesante, llegó el esperado mercado nocturno. Ése es, habitualmente, el momento en el que yo empiezo a pensar en mi casa, en mi cama y en el libro que hay en la mesita, como si se tratara del mismísimo paraíso, -¡ey, Valhalla, muérete de envidia!- No por nada, estoy más que acostumbrada a que me miren, me calibren, y que, normalmente, me descarten; pero eso no lo hace menos desagradable. ¿Es que a nadie le disgusta? Ese momento en el que todo el mundo comienza a actuar como si estuviera en un escaparate, a exhibirse y a intentar vender su mercancía. Como es lógico mis amigas, experimentando la misma revolución que el resto de la humanidad, insistieron en bailar. Sonia me miraba con sorna mientras arrastraba mis pies hacía la pista, haciendo que me replanteara una vida entera de principios sobre lo que significa la amistad. Decidí que la mejor de las alternativas sería sumergirme en el ritmo y dejar que mi cuerpo hiciera lo propio. Mientras bailaba cavilaba sobre una de mis teorías más asentadas durante largos años de experiencia, y es que en un bar una nunca encontrará al amor de su vida; la gente interesante no está en los bares, la gente interesante está en otros sitios manteniendo conversaciones interesantes con otras personas tan interesantes como ellos, justamente donde debería estar yo en aquel momento. Me encontraba extraviada en estos pensamientos cuando alguien me rozó con fuerza el hombro. Me di la vuelta para ver quién era y todas mis teorías se vieron obligadas a ser enterradas -y sepultadas- en el olvido. Se trataba del amor de mi vida, o por lo menos, la persona a la que durante mucho tiempo llevó ese apodo tan afectado. “Oh, mierda” pensé, “y yo con estas pintas”. A mis pintas no les sucedía absolutamente nada, eran las de siempre, pero he de reconocer que no se me ocurrió nada mejor. Sonreí -el idioma universal de los bares-, el resultado fueron dos besos a modo de saludo y una interminable conversación a gritos. Mientras transcurría notaba como mis amigas revoloteaban a nuestro alrededor lanzándome miraditas burlonas y riéndose de mí. En más de una ocasión estuve tentada de volverme y gritarles “¡eh, qué yo también tengo mi corazoncito!”, sin embargo no habría sido muy considerado por mi parte y tenía cosas más importantes en las que pensar en aquel momento. Ante mis ojos se abría un inmenso abanico de posibilidades, pero sólo me preocupaba una de ellas: el desagravio. Quizás llamarlo venganza no habría sido descabellado, pero mi intención era algo más sutil, más prudente, además de hallarse sofocada por el martilleo constante de mi corazón, lo que a mi modo de ver resulta significativo en mi defensa.

Me concentré en su mirada, no me sorprendió observar en ella el interés suficiente. Habían pasado más de diez años y por aquel entonces éramos un par de adolescentes, y como corresponde a toda historia de este tipo que se precie, él fue mi primer amor; de hecho, fue mi amor durante muchos años después de que me dejara, un sentimiento que fui avivando a medida que los desengaños amorosos se acumulaban, con esa envoltura de tragedia y romanticismo en la que a veces encerramos los recuerdos, como si el más doloroso de ellos fuera el único que realmente nos hizo sentir. Pero ahí estaba, después de tanto tiempo, el brillo en sus ojos, otra vez.

Cuando empezamos a quedarnos roncos me propuso dar una vuelta; acepté en el acto. Me despedí de mis amigas que continuaban riéndose a mi costa. Ignorándolas le seguí a la calle donde el silencio era abrumador. Charlamos sobre trivialidades durante un rato; te acuerdas de tal, fuiste a la universidad, hasta el forzoso en qué trabajas… En un banco, dijo. ¿En un banco? ¿Un tío que con dieciséis años recitaba los sonetos de Shakespeare con una pasión sobrecogedora, que era el actor principal del grupo de teatro y el director del periódico del instituto había acabado en el Bankinter? “Oh, vaya” fue lo único que pude decir. Todas mis alarmas comenzaron a emitir un ruido sordo. Las apagué con alguna excusa del tipo “es que la vida está muy mal” o “los bohemios también tienen que comer” no recuerdo bien, pero el rurún de la palabra aún resonaba molesto en mi mente. Nos acercamos a su coche, un armatoste reluciente y plateado. “¿Es tuyo?” –pregunté cautelosa- “No, es el coche de reserva de mi padre, el mío está en el mecánico… ¿Damos un paseo?” Podría haber puesto mil excusas y haber salido corriendo hacía mi casa, haberme metido en la cama para sumergirme en la placidez del olvido y los sueños, pero no tenía alternativa; su mirada, su porte y su voz seguían siendo exactamente igual de cautivadoras, y para colmo de males, me moría de frío. Entré. Tras unos instantes de incómodo silencio pregunté sobre nuestro destino. Debí morderme la lengua antes de hacerlo, pues aprovechó el comentario para argumentar que era el Destino quien nos había vuelto a reunir. Con la mirada fija en la carretera, sabiéndose observado, comenzó a hacer uso de su arma más peligrosa: la palabrería. Durante un momento fue como si nada hubiera cambiado, utilizaba la tesitura de su voz, ese aspecto, a veces de niño perdido, otras de hombre misterioso, para volvernos locas a todas y llevarnos a su terreno. No me resistí, no hizo falta, su cháchara me resultaba pretenciosa y vacía, su voz, demasiado estudiada. Todo aquello era pura parafernalia; agradecí la oscuridad del coche porque habría sido capaz de leer el desencanto en mis ojos. Pregunté de nuevo dónde me llevaba. “Sorpresa” dijo en un calculado susurro. Cuando el coche empezó a frenar y caí en la cuenta, realmente me sorprendí: nadie podía ser tan tonto. “Genial” comenté. Entre todos los lugares del mundo para seducirme él había escogido el peor.

Aparcó, dejó los faros encendidos y bajamos del coche. Me escurrí por una obertura que había en el lateral de la casa en ruinas. Admito que los recuerdos se agolparon en mi corazón y tuve que hacer acopio de toda mi entereza para sobreponerme. Aquel lugar era nuestro. Desconozco, y tampoco me interesa, el número de chicas a las que llevó al mismo sitio, pero en la memoria seguía siendo mío. No sólo por nuestros encuentros, también porque allí fue donde me rompieron el corazón la primera de las muchas veces que siguieron; sin embargo no experimenté, en todos mis días, un dolor tan lacerante como el que sentí en aquel lugar, aquella tarde.

Noté su aliento en mi pelo, la niebla penetraba por las puertas y ventanas desnudas, la luz artificial del coche desentonaba, pero el calor de sus manosLoser_by_Brungilda era reconfortante. Me acosté con él. O mejor dicho, el recuerdo de la que fui se acostó con su recuerdo.

No me interesa saber si hice lo correcto o no; me vi obligada a cerrar el círculo. Tal vez para no volver a soñar con ello, tal vez porque de adolescente nunca llegué a hacerlo. No fue el desagravio que me había propuesto aquella noche a pesar de que no le devolví ninguna de sus llamadas. Pero ahora, visto con el tiempo, todo ese dramatismo romántico que alimenté durante la mitad de mi vida se ha ido diluyendo como el polvo en el aire. Pienso en la tarde que me dejó y el corazón continúa latiendo con su pausado ritmo, y al acordarme de nuestra última noche, la memoria se desliza ágilmente por encima de todos los besos, de las caricias, de las palabras de amor y de la pasión, para caer en la cuenta de las bragas que dejé olvidadas en algún lugar de la vieja casa, unas de mis favoritas.

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["Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro;

si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra;

si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla"

El arte de la guerra, Sun Tzu]

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Brungilda

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dremcatcher's song

Dibujo

Pasaron varios días hasta que alguien cayó en la cuenta de que los sueños habían desaparecido. Los malos presagios comenzaron a zumbar junto a los hogares canturreados por las bocas desdentadas de los ancianos:

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“¡Teme!, ¡Teme!

Si el que duerme, no sueña.

¡Teme!, ¡Teme!

Es el mal, que acecha.”

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Las palabras que aprendieron de niños acudían a sus lechos de muerte. Los adultos las escuchaban angustiados sabiéndose perdidos en las tinieblas. Pájaros de mal agüero, les llamaban algunos. Pero antes de que el segundo equinoccio de aquel malhadado año llegara, todos aquellos que habían vivido más de sesenta cosechas habían cerrado los ojos para siempre sin el consuelo de un último sueño.

Con el tiempo, científicos y doctores de todo el mundo se reunieron para estudiar el raro fenómeno, sometiendo a pruebas y exámenes a varias personas elegidas al azar entre los habitantes del pueblo. Todos sus experimentos y tentativas fueron infructuosos en cuanto al origen de tan extraño virus, que no se propagaba por el aire, tampoco por el contacto o la sangre, ni procedía de la comida, el entorno o los animales que convivían con ellos; llegando entonces a una única y postrera conclusión: tan sólo los niños menores de ocho años eran capaces de soñar en aquel lugar.

Aquella semilla de esperanza no resultó el punto de partida de ningún remedio del mal que los hostigaba; los meses pasaban y los adultos, agotados y débiles, empobrecidos físicamente por la enfermedad, morían lentamente, mientras que los niños continuaban creciendo, alejándose sin remedio de sus sueños, aproximándose a una prematura muerte.

Por miedo a que la plaga se extendiera y sin haber hallado una cura, dispusieron a los habitantes bajo cuarentena quedando confinados en los límites del pueblo. Entretanto, el pequeño cementerio se alimentaba con avidez de sus cadáveres. Con los años, quedaron apenas unos pocos, los más jóvenes y fuertes, y tan sólo una niña con la edad suficiente para soñar.

Decidieron velar por las noches a la pequeña, mientras ésta, en la habitación de al lado, descansaba alejada de todo mal. Dado que nadie había logrado adivinar el verdadero origen de aquella extraña enfermedad llegaron a la conclusión de que solamente un ente sobrenatural, tal vez un espíritu cruel y malévolo, podría haberlos despojado de la capacidad de soñar. En sus reuniones, mientras custodiaban la alcoba de la niña, se preguntaban si en alguna de las viejas canciones con las que sus padres y abuelos relataban hechos pasados encontrarían alguna pista sobre la causa del mal que los castigaba, quizás en las historias, acaso en las leyendas. Pero en ninguna de ellas hallaron a un ser que se nutriera de los sueños, y con ello, de la vida de las personas. Y así, asustados, preguntándose cómo podrían desafiar a un espíritu tan poderoso, cada noche se quedaban dormidos a calor del fuego, en un sueño vacio de visiones, que les arrebataba poco a poco el alma y la salud.

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Pero si hubieran acercado sus oídos al diminuto resquicio de la puerta, tal vez, junto a una dulce y acompasada respiración al otro lado, habrían podido escuchar la misteriosa y secreta tonada que en susurros se repetía como un ensalmo, en los labios de la pequeña, en lo más profundo de la madrugada.

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“Duerme, duerme,

Que yo te protejo.

Duerme, duerme,

Del mal yo te alejo.

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Y recuerda, recuerda,

Soñar también despierta.

Pues quien sueña, y sueña

Recordar no desdeña.”

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: jdillon82

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*Espero que el año comenzara bien para todos. Os debo un millón de visitas, lo sé. Tengo ganas de leeros. : **Se trata de un relato de despegue, sin pretensiones, aunque parezca lo contrario. No le he dedicado tiempo, aunque tal vez en un futuro lo haga y lo reescriba, nunca se sabe.