Cargando...

lunes

sin pies ni cabeza.

Capítulo 1º: De cómo descubrí que soy extraterrestre.

Llegó la oscuridad, y con ella, una lágrima. Por suerte no todo llega en el orden oportuno. Con el tiempo se aprende –la mayoría de las veces de forma inconsciente- que los acontecimientos no tienen por qué ser lineales, aunque desde luego las estructuras mentales parecen estar preparadas para ello. Es como si tuviéramos el cerebro alicatado con una serie de baldosas grabadas con números ordinales (a modo de camino de baldosas amarillas, pero tal vez un poquito más sobrio): la primera, la segunda, la tercera, la cuarta... Vas poniendo tu pie mental sobre ellas, de una en una, sin saltártelas, ya que la anterior es una consecuencia necesaria de la siguiente, y así, como por arte de magia, van apareciendo una detrás de otra, hasta que la cadena de acontecimientos se termina, bien para comenzar una nueva, bien para estancarse en un número del que, a veces, uno puede llegar a sentirse preso. ¡Cuánto mal ha hecho tanta matemática a nuestras tiernas y sensibles neuronas! Pero no se debe desesperar, siempre hay un consuelo: gracias al cielo y a Cortázar existen las Rayuelas, gracias a la Liebre existen los atajos –gracias a la de Marzo, las prisas-, por no hablar de los puentes, los saltos, las regresiones, el wu way y toda esa parafernalia New Age, que en definitiva, y a grandes rasgos, viene a definir lo que se suele llamar libre albedrío, en realidad, todo aquello que le aporta un poco de color a esta historia. Desde luego sé, no me engaño, que más de un eventual lector pensará que no hay calada sin cigarro, ni reflejo sin espejo al que asomarse, ni un orgasmo sin sexo… aún así, y debido a qué todavía ando en busca de la iluminación sin haberla obtenido, y por lo tanto, en vez de certezas me conformo con la triste y fría esperanza, creo, y espero -aunque no SÉ- pero me permito decir, que a todo cerdo le llegará su San Martín, tarde o temprano.

Para un cuento esta puede parecer una introducción bastante anómala, -se me ocurren varios sinónimos más que no es cuestión plasmar dado el soporte- no hay personajes, ni planteamiento, ni nudo, y desde luego, por ahora, tampoco hay visos de un verdadero desenlace. Pero ya os advertí desde el principio que no todo tiene por qué aparecer en un orden oportuno y establecido, y ahora que las cosas empiezan a estar claras, añado: podría ser, incluso podrá parecerlo, pero de hecho en este cuento eso no va a suceder así.

En este cuento el único personaje eres tú y, tal vez, un poco yo. Tú, en tu grandeza y anormalidad, con esas carencias, virtudes, formas y maneras que posees y te caracterizan que te hacen tan completamente diferente a mí y que al mismo tiempo nos hermanan.

El planteamiento es esa oscuridad precursora de una más o menos cristalina secreción procedente las glándulas lacrimales. Una lágrima, que lo mismo escuece que limpia el lagrimal, que nace del dolor tanto como de la indiferencia, de la pasión del momento o de la indolencia del día a día, que lo mismo llega con una afluencia de sentimientos como de la total ausencia de los mismos. Si lo piensas, no son demasiadas las ocasiones en las que se nos una tanto en el placer y en el dolor como en las lágrimas. Es un gran planteamiento. Llorar como catarsis, como trasformación en un punto muerto; la oscuridad como telón de fondo es simplemente un sustantivo para encajar ese ficticio punto fijo que es un momento.

El nudo es el porqué de esa lágrima cuando la oscuridad es algo establecido a lo que no le podemos dar la vuelta, y, como sabrás, los porqués en cada persona son tantos –en número y en calidad- como pueden ser sus pensamientos, y el pensamiento es la única fuerza –que yo conozco- además de la del amor, que es infinita. Así que elige uno, el que sea, el que más rabia te dé, y vayamos al final.

El desenlace es la respuesta a esa pregunta, por lo tanto, es lo que tú y yo queramos. Puede ser indiscutible, indescifrable, categórico o pueril. Feliz o triste. Tal vez podemos matar a alguien y llorar por él - es un truco que a mí siempre me funciona-. También podemos reírnos, de nosotros, de los demás, de todo. De hecho, si lo deseamos, ni siquiera tiene que existir un desenlace como tal, convirtiendo de esa forma esta pequeña y algo absurda ficción mental en la que he querido enredarte, en una especie de elevada metáfora de la vida misma.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Imagen: Nicoletta Ceccoli

*Para ti, tú sabes a quien me refiero

(Aclaración, porque parece ser que no lo sabes: Es para tí cohone!!! anda que... :* No voy a poner tu nombre ni te lo voy a decir en persona -porque me da vergüenza- asi que más vale que te contentes con esto peque ;))

*Lo del cerdo y San Martin es una frase hecha que suele salirme cuando estoy escribiendo un cuento, pero que nunca acabo poniendo. Esta tarde ha sido la mía.

*Sé que llevo un siglo sin pasarme a visitaros pero no tenía el cuerpo para internet. Mi propósito es intentar resarcirme en lecturas, que lo consiga o no tan sólo es cuestión de tiempo, por suerte no de ganas.

domingo

nunca estarás sola

Al final, se rompió la tetera. Creí que no lo lograría. Imagino que existen mejores maneras de llamar la atención, pero en mi estado, créeme, no se me ocurren demasiadas. Esperaba que no me odiaras por esto, sé cuanto adorabas esa tetera, pero nunca habría imaginado tu reacción. Has llegado a la hora de costumbre a casa, te has parado a revisar el correo frente a la puerta, has entrado, has tirado las llaves sobre la mesa y te has quitado el abrigo y las botas sin dejar de leer una factura. Después has merodeado sin rumbo por el salón durante un par de minutos con los ojos clavados en el papel sin tropezarte una sola vez. Siempre me he preguntado cómo puedes hacer tantas cosas al mismo tiempo y sin embargo ser incapaz de montar en bici media hora sin acabar con las rodillas peladas. Pero tú eres así, peculiar, torpe y elegante a la vez, hay cosas que se te resisten por naturaleza, aunque hay otras… sí, desde luego que hay otras en las que eres única. Pero como te decía, has hecho lo de siempre, has puesto algo de música y por fin te has dirigido a la cocina en busca de un zumo. Me he preparado como hago cuando sé que me va a caer una bronca tuya, respirando hondo y cruzando con fuerza los dedos con las manos escondidas tras la espalda; y te puedo asegurar que ha sido decepcionante. Estabas sorprendida, es cierto, has mirado a tu alrededor como si hubiera algo que no te cuadrara, pero al final tan solo has resoplado un poco y te has limitado a agacharte para recoger los pedazos de porcelana del suelo y tirarlos a la basura sin decir una sola palabra. No lo entiendo, estás tan callada últimamente, no hablas conmigo, ni siquiera peleas, simplemente haces tu vida en silencio, como una zombi, ajena a mí, como si no estuviera a tu lado. De vez en cuando te escucho mientras cantas bajito desde alguna otra habitación, siempre salgo corriendo para observarte, imaginando que ha habido algún cambio, que tal vez estás más dispuesta a comunicarte conmigo, pero nunca es así. Cuando llego te detienes, te abrazas como si sintieras frío y tras unos segundos vuelves a lo que estabas haciendo, colocar la ropa, releer la página de algún libro o teclear en el ordenador, en silencio.

¿Qué nos ha pasado? Lo hacíamos todo juntos. ¿Recuerdas? Sé que siempre tuvimos problemas pero estos nunca significaron lo suficiente para alejarnos. Echo tanto de menos que me hagas reír, incluso que te metas conmigo, que me mires a los ojos con esa mirada que solo era para mí y para nadie más. Hace tanto que no la veo, tanto tiempo que no te toco ni te acaricio, hace tanto que no me cuentas tus cosas…something_has_changed_by_Mongibello

Esta situación me está volviendo loco. Odio esto, lo que nos está sucediendo, sobre todo por las noches. Pasas horas llorando y no permites que te consuele, no puedo abrazarte, no eres capaz de escuchar lo que te digo, estás en otra parte, muy lejos, como si un velo de acero invisible nos separase. Lo de la tetera no ha sido más que otro de mis intentos desesperados por llamar tu atención aunque de sobra sé que no sirven de nada. Cambio tus cosas de sitio, abro y cierro las puertas, los grifos, las ventanas. ¿Qué más puedo hacer? Dime. Estás fría, gélida hacia mí, tanto que casi puedo imaginar lo que en el fondo estás intentando lograr con tu actitud indiferente: que te abandone, que me marche lejos de ti para siempre, que deje de importunarte con mi presencia para que puedas continuar con tu vida. Pero no lo entiendes, una mañana hace unos años mientras estabas en mis brazos te juré que jamás, nunca, te dejaría sola, y esa es la única promesa que he decidido cumplir hasta el final. Y sé que a pesar de lo sucedido aún me amas, lo sé porque noto como te emocionas mientras miras nuestras fotos, como escuchas una y otra vez nuestras canciones, como te abrazas a la almohada para poder dormir. Sé que me necesitas y no he podido marcharme, no puedo abandonarte así, como si nunca hubiera existido o lo nuestro hubiese acabado. Por eso seguiré a tu lado, nada podrá separarnos, ni siquiera el accidente.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Mongibello

Creative Commons License

lunes

that kiss

kiss_by_Mina_IxchellEl sol brillaba alegremente en la mañana del gran día, pero el suelo seguía blanco de nieve y el aire era muy frío, tanto que a pesar del paisaje tuvo que cerrar la persiana y dedicarse a observar a través de los pequeños orificios luminosos. Aguantó un par de minutos espiando la calle por el improvisado ojo de mirilla, cuando no pudo más se metió de un salto en la cama tapándose con las mantas hasta los ojos. Un murmullo espeso y unos jadeos somnolientos la acogieron en la tibieza del iglú de la ropa de cama. Se dejó hacer. El escalofrío de una mano caliente atrapando su vientre le cortó la respiración, su cuerpo se deslizó en un crujido de sábanas acercándose a él, sintiendo por fin su aliento en el cuello, su espalda contra su pecho. Cuando el corazón empezó a bombearle con fuerza se obligó a recordar cómo se respiraba. Sí, primero se cierran los ojos, luego se baja del cielo y después el aire comienza de nuevo a acudir a los pulmones. Sonrió en la oscuridad. Se preguntó si el paraíso sería una fría mañana de domingo metida en la cama entre sus brazos. No. Sin duda el paraíso sería muchas mañanas como aquella.

Muchas mañanas como aquella… no podía lamentarse, al menos lo había probado, un pequeño pedazo del gran pastel del edén, un sorbo de felicidad antes del infierno del olvido, la rutina y la muerte. Una vez que aquellos pensamientos comenzaban a fijarse en los márgenes de su cerebro no había marcha atrás. Intentó dominarse, gimió en silencio, se revolvió en dentro de su cuerpo sin apenas moverse, pero un abrazo más fuerte intentó aquietar sus temblores. Aquel fugaz gesto la sumergió en una angustia de abandono contra la que no podía combatir. Quedó quieta, dejando que el tiempo pasara, permitiendo que él durmiera abrazado a ella por primera y última vez.

Su mente no era su amiga, lo fue en el pasado, pero desde hacía años se libraba una batalla campal en su cerebro, un perturbado caos entre el miedo y la entereza que se había convertido en el germen de la persona que era. Después del tiempo y a medida que el final se acercaba había dejado de pretender que aquello cambiara; no tenía sentido seguir luchando en batallas que tarde o temprano sabía que perdería. Aunque sus pensamientos no lo tuvieron fácil, al principio peleó con la osadía de un guerrero por atesorar los instantes que le quedaban, finalmente el dolor y la desesperanza fueron más fuertes. La amargura en los ojos de los que la contemplaban marchitarse poco a poco hizo que advirtiera que desde el principio aquél era un combate desigual. Los perdió a todos ellos, a conciencia y pieza a pieza, jugando una partida de ajedrez malsano en que cada una de sus defensas, de sus mayores apoyos, fue sacrificado para poder afrontar a solas la adversidad.

No deseaba víctimas colaterales en la contienda, lastrando su conciencia antes de su marcha, pero las manos que la acariciaban, los brazos que la sostenían y el corazón que latía en aquel momento junto a su cuerpo lo terminarían siendo de todos modos, tanto si permanecía a su lado como si se marchaba en aquel mismo instante. Débil y egoísta, eso era, un fantasma que aún respiraba aferrándose al mundo y a la gente que lo habitaba cuando ese ya no era su lugar. Experimentando y aprovechando momentos, sintiéndose más feliz que nunca, cuando ya le había sido arrebatado ese derecho…

-Shhhhhhhh –susurró junto a su oído.- ¿Qué piensas? Vuelves a temblar.

-Nada, intentaba dormir.

-Mentirosa.

-¿Por qué dices eso? No sabes en qué estoy pensando.

-Escucha –dijo y la apretó más fuerte.-Nadie me ha obligado a venir aquí, y nadie, excepto tú, podrá obligarme a que me marche. Pero antes de que lo hagas quiero que entiendas una cosa: todos tenemos que lidiar a solas con nuestros miedos, y te agradecería que me concedieras el gran privilegio de que yo lo haga con los míos, creo que tú ya tienes bastante. Y ahora, por favor, deja de temblar y…

.

.

Entonces descubrió lo sencillo que era llorar sin que las lágrimas ahogaran sus ojos.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Mina_Ixchell

Creative Commons License

domingo

tan cerca, tan lejos

3_by_shyble

Todo sucedió en un minuto ¿para qué más, mi amor? Sigo en la misma posición y lugar sin embargo aún puedo percibir el sonido amortiguado de tu respiración si me concentro lo suficiente en enviar las órdenes apropiadas a mi cerebro, para que advierta por fin que no es necesario que el tiempo transcurra para que las cosas cambien. Sé que transcurre, soy más consciente de lo que lo he sido nunca. Intentar acomodarlo a la confusión de pequeñas partes en que la física divide lo que sucede, como si comprender lo intangible sólo fuera posible seccionándolo -cuanto más pequeño más simple, cuanto más simple más tangible-, es uno de los métodos que más nos reconfortan a todos nosotros, débiles envolturas de músculos, arterias y huesos, imperfectas mentes incapaces de aprehender la realidad sin esos trucos de titiritero. Es triste y no me salvo, lo sé: utilizo los días como una cuenta atrás, las semanas para contar la llegada de los viernes por la noche, los años para calcular los que me quedan, y últimamente, a tu lado, esa consciencia ha sido aún más terrible. He llegado a experimentar todas las estaciones en un día, desde el cálido verano lleno de ocasos hasta el frio helado en el rostro del invierno, la frágil lluvia que congela las lágrimas que de vez en cuando acuden a mis ojos. ¿Imaginas experimentar un año en un día para tener que sentir ahora que sesenta segundos son casi un año?

Pero por una vez la conciencia permanece tranquila, sabe que te he buscado en todos los ojos con los que me he cruzado. En los de hombres y mujeres, en los míos, en los tuyos, creyendo que allí te encontraría. He buscado las excusas, el antídoto, el santo grial, un milagro, un beso, un día más, una noche, nuestra canción, la forma en que tu dedo corazón me acariciaba, la inoportuna perfección del lóbulo de tu oreja; buscaba lo que fue, lo que es, buscaba un “será”. Busco no necesitarte, no sentir el miedo hacía mi misma, el mismo que experimento cuando no puedo impedir que las cosas cambien ni que el tiempo transcurra, para comenzar a buscar en todas partes lo que ya no es, lo que se fue y lo que no será.

Ahora me ahogo en los dorados granos del gran reloj de arena de la vida. Resbalan sobre mi cabeza en un delgado hilo de oro y me han adormecido hasta cubrirme por completo. Apenas puedo abrir los ojos para mirarte sin que penetren en ellos para entumecerme aún más. Mis manos reposan junto a mi cuerpo, muevo los dedos torpemente mientras las brillantes partículas se escurren. Los estiro hacia ti pero no puedo alcanzarte aunque estés aquí, junto a mí, en este sofá. He caído en la cuenta de que tal vez lo que transcurre es el espacio y no el tiempo; hubo días en que kilómetros no eran distancia, y ahora, cuando apenas la nada nos separa, un universo me aleja de ti. Pero eso ya no importa, sé que no hay tiempo ni espacio sino la percepción que tengo de ellos y, siendo honesta conmigo misma, mientras me sigo ahogando, desearía volver a recorrer el camino que me lleve de nuevo a ignorar esa sensación de conocerlos tan bien.

Por eso cuando decidas marcharte te acompañaré hasta la puerta. De algún modo lograré desprenderme de todo el peso, lentamente, como si emergiera entre densas arenas movedizas; primero una mano, luego un brazo, después el otro, y así hasta lograr un paso, y luego otro, y otro más. Me sacudiré cada grano de desesperanza, cada residuo que haya ido minando mis ilusiones, todos los restos que hayan anestesiado mi corazón. Sé que quizás sera un camino largo, pero con algo de suerte, no creo que me lleve más de un minuto decir adiós.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Shyble

Creative Commons License

lunes

El cuento de Rose.

015_ID_by_empatia

Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas, todas las que han sido utilizadas para contar historias a lo largo del tiempo sólo os mostrarán una cara de la moneda; no esperéis otra cosa. Dime si alguna vez has pensado en el lobo como ese desdichado animal acuciado por su instinto, si Caperucita, en tu opinión, era una muchachita poco despierta, si su madre no fue una arpía por obligarla a cruzar el bosquecillo lleno de lobos... sola. No. Como el resto tú no cuestionas esas cosas. Las brujas son malas y las madres bondadosas; los príncipes atractivos, un beso puede sacar de un coma profundo a una princesa, las hermanas son feas, las madrastras, ambiciosas, asesinas… Cuando un cuento es escrito su vocación inicial es la de imitar la realidad y, quizás, reconciliarla un poco con los sueños. Pero bien es cierto que en raras ocasiones algo sucede. Tal vez la luna se mete en la sangre de una doncella, un hombre se cree presa de un hechizo, un caserón se llena de viejos fantasmas, una dama se levanta de la tumba, alguien -o algo- araña la puerta de quien llora a los difuntos… y todos ellos viven, a su manera, un cuento ya escrito por otros. Eso era, más o menos, lo que le sucedía a Rose. El universo no conspiraba para convertir su vida en un cuento, en realidad era su mente la que vertía todo aquello que no llegaba a comprender en un sueño que se transformaba en realidad a sus ojos, pero, por suerte, no a los del resto. Para ellos Rose era una chica extraña; aunque ese pequeño detalle no la afligía en absoluto, estaba orgullosa de ser diferente. Una princesa debía ser diferente: a alguien cuyo destino estaba escrito en las estrellas no le quedaba otra alternativa. Además era hermosa, y eso siempre es una buena disculpa.

Mientras fregaba los platos después de la comida entonaba una dulce canción; al terminar, suspiraba. Sabía que tenía que acatar de buena gana sus duros quehaceres porque sin duda algún día un joven mozo la rescataría de aquella esclavitud. Cada tarde, en su cuarto impoluto, se asomaba a la ventana y dejaba transcurrir las horas, soñando… de nuevo, que algún día, alguien al mirar a lo alto se enamoraría perdidamente de su bello rostro, y a pesar de que el patio de luces no era precisamente un lugar muy concurrido, ella no perdía la esperanza. Cada noche, antes de acostarse, cepillaba cien veces su largo y rubio cabello hasta dejarlo sedoso y reluciente, mientras contemplaba su imagen en el espejo... Y tarareaba, tarareaba sin cesar.

Una mañana la pequeña Rose perdió el autobús y no le quedó más remedio que ir a la facultad caminando. Aunque el transporte urbano no era lo suyo lo prefería a andar sola por la calle, donde a una muchacha hermosa como ella le podía suceder cualquier cosa. Como llegaba tarde se arriesgó a atajar por el parque. El sol resplandecía en el cielo pero mientras se sumergía entre los frondosos árboles le pareció que el crepúsculo la alcanzaba repentinamente. Aquél no era un parque como es debido, decidió. Los parques, según ella, debían ser abiertos y perfectamente despejados como los jardines de un palacio, donde las muchachas acompañadas de sus jóvenes pretendientes pudieran pasear respirando el suave perfume de las rosas primaverales.

-Perdona ¿Tienes fuego?.

Aquella voz la despojó de sus pensamientos, sobresaltada se detuvo y miró a su alrededor. Sentado en un banco, con las piernas abiertas de una forma bastante indecorosa, había un muchacho con un cigarrillo entre los dedos que la observaba expectante. Su pelo largo y apelmazado le cubría buena parte del rostro impidiendo que Rose pudiera ver con claridad sus rasgos, pero sus ojos, oscuros y hundidos, la miraban con tal intensidad que la hizo sentir, durante un breve instante, mancillada. Si hubiera tenido el valor necesario le habría espetado que no podía abordar a una muchacha sin haber sido debidamente presentados, pero temerosa, hizo un gesto de negación y siguió su camino.

-¡Eh! Espera. Creo que tienes algo en el hombro…

Rose se detuvo de nuevo, esta vez algo fastidiada. Se dio la vuelta con cierta reticencia y vio como el desgarbado muchacho señalaba su brazo izquierdo.

-Es una caca de paloma.

En los sonrosados labios de Rose se formo una delicada “o” minúscula. Desde su hombro extendiéndose por la manga de su jersey rosa hasta casi su mano había una larga y viscosa mancha cuyo color resultaba difícil de precisar, era algo entre marrón, verde y el blanco más puro.

-Un momento. Te ayudaré.

Rose se mantenía petrificada en sitio mirando con fascinación la caca de su manga como si fuera la cosa más sorprendente que hubiera visto en su vida. Mientras, el muchacho sacó unos clínex de su mochila y empezó a limpiarla con delicadeza. Cuando terminó se alejó de ella para tirar los pañuelos sucios en una papelera cercana.

-Me llamo Víctor –comentó acercándose de nuevo.

-Yo soy Rose – musitó Rose todavía conmocionada. –Gracias.

-De nada. En esta época el parque no es precisamente una zona de exclusión aérea…- rió el muchacho. -Pero hace una mañana bonita ¿Tienes prisa? Podemos dar un paseo.

-Oh, no. Tengo que ir a clase. – Respondió ella automáticamente.

-¡Bah! Sáltatela, alguien te dejará los apuntes.

Rose sonrió. Por un momento se fundieron en una intensa mirada. Su mente comenzó a vagar perdiéndose en sus rasgos. Sus ojos eran tan oscuros como el ala de cuervo, su mentón regio y todavía imberbe era suave como el de una doncella… tal vez si se lavara y se cortara el cabello resultaría atractivo. Poco a poco, muy despacio, una calidez que nunca antes había experimentado se fue apoderando de regiones de su cuerpo que creía olvidadas… pero entonces, al aspirar deliberadamente el aroma del muchacho, arrugó la nariz. Había algo extraño, debajo del hedor a tabaco y a detergente que desprendían sus ropas, de un modo apenas perceptible, un olor denso y turbio, casi animal, la repelió. “¡Peligro Rosaline!” murmuró una conocida voz en su conciencia “¡Peligro!”. Algo azorada, pero escondiendo su temor bajo una nada convincente máscara de dignidad, se apartó unos pasos.

-Eso no va a ser posible, lo siento. Ya nos veremos.

Sin esperar respuesta se aferró a su carpeta y echó a andar decidida hacia la salida del parque. El muchacho se encogió de hombros y se sentó en el banco a esperar que pasara alguien que llevara fuego.

Acaso aquél fue el día en que Rose conoció por fin a su príncipe. Tal vez lograra salvarla de un poderoso dragón, tal vez la liberara de un terrible hechizo, o tal vez simplemente la ayudó a recoger los libros del suelo cuando ésta tropezó con la invisible línea de una baldosa. Seguramente, a fuerza de comportarse como una princesa, a ella no le quedó más remedio que enamorarse. Pero me pregunto, años más tarde, después de haber engordado y traído al mundo a media docena de chiquillos hiperactivos, después de oler cada noche en las camisas de su idolatrado marido un perfume que no es el suyo, si los sueños de Rose no serán diferentes… quizás se imagina adentrándose de nuevo entre los frondosos árboles, sola, audaz y temeraria, para reencontrarse con su lobo, que debió comérsela aquella lejana mañana cuando la pequeña Rose, todavía una inocente florecilla, se perdió en el bosque.

Pero claro, esa es otra historia, y por suerte, todas las historias no muestran sino una única cara de la moneda.

All_dreams_lost_by_empatia

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imágenes: empatia

Creative Commons License

una noche cualquiera

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas) niebla. Posee ese influjo la noche, el de nublar la mente de quienes se adentran en ella. Es una de las razones por las que trato no salir demasiado cuando oscurece, prefiero la seguridad de mi casa, incluso la seguridad de la casa de otros. Por eso, en un principio, ignoré por completo el comentario de Sonia. “Deberíamos salir por ahí”, dijo. “De juerga”, matizó con calma. Se dedicó a observar mi expresión, aunque sin verla la habría imaginado, y justo cuando pensaba que iba a callar o a cambiar de tema pronunció las palabras mágicas que todo amigo odia escuchar: “me lo debes”.

No me salvé; claro que se lo debía, ¿y qué no? Es mi amiga. Me adentré en ella, a pesar de la niebla y los presentimientos, consciente de que al día siguiente me dolería la cabeza y me arrepentiría de más de la mitad de las cosas que diría y de casi la totalidad de las que haría.

Nada más llegar al bar me aposté en la barra, me rodee de mis compañeras, que por suerte necesitan muy poco para motivarse, e intenté pasar desapercibida. Metí el reloj en la mochila, pensando que los minutos y las horas transcurrirían más deprisa. La niebla penetraba por la puerta hasta nuestro rincón con la gente que abarrotaba el sitio; ese detalle y mi miopía, que en momentos así agradezco, hicieron el resto. El alcohol fluía con facilidad, las cajetillas de tabaco se acababan, la música, por extraño que parezca, me gustaba, pero justo cuando la conversación comenzaba a ponerse interesante, llegó el esperado mercado nocturno. Ése es, habitualmente, el momento en el que yo empiezo a pensar en mi casa, en mi cama y en el libro que hay en la mesita, como si se tratara del mismísimo paraíso, -¡ey, Valhalla, muérete de envidia!- No por nada, estoy más que acostumbrada a que me miren, me calibren, y que, normalmente, me descarten; pero eso no lo hace menos desagradable. ¿Es que a nadie le disgusta? Ese momento en el que todo el mundo comienza a actuar como si estuviera en un escaparate, a exhibirse y a intentar vender su mercancía. Como es lógico mis amigas, experimentando la misma revolución que el resto de la humanidad, insistieron en bailar. Sonia me miraba con sorna mientras arrastraba mis pies hacía la pista, haciendo que me replanteara una vida entera de principios sobre lo que significa la amistad. Decidí que la mejor de las alternativas sería sumergirme en el ritmo y dejar que mi cuerpo hiciera lo propio. Mientras bailaba cavilaba sobre una de mis teorías más asentadas durante largos años de experiencia, y es que en un bar una nunca encontrará al amor de su vida; la gente interesante no está en los bares, la gente interesante está en otros sitios manteniendo conversaciones interesantes con otras personas tan interesantes como ellos, justamente donde debería estar yo en aquel momento. Me encontraba extraviada en estos pensamientos cuando alguien me rozó con fuerza el hombro. Me di la vuelta para ver quién era y todas mis teorías se vieron obligadas a ser enterradas -y sepultadas- en el olvido. Se trataba del amor de mi vida, o por lo menos, la persona a la que durante mucho tiempo llevó ese apodo tan afectado. “Oh, mierda” pensé, “y yo con estas pintas”. A mis pintas no les sucedía absolutamente nada, eran las de siempre, pero he de reconocer que no se me ocurrió nada mejor. Sonreí -el idioma universal de los bares-, el resultado fueron dos besos a modo de saludo y una interminable conversación a gritos. Mientras transcurría notaba como mis amigas revoloteaban a nuestro alrededor lanzándome miraditas burlonas y riéndose de mí. En más de una ocasión estuve tentada de volverme y gritarles “¡eh, qué yo también tengo mi corazoncito!”, sin embargo no habría sido muy considerado por mi parte y tenía cosas más importantes en las que pensar en aquel momento. Ante mis ojos se abría un inmenso abanico de posibilidades, pero sólo me preocupaba una de ellas: el desagravio. Quizás llamarlo venganza no habría sido descabellado, pero mi intención era algo más sutil, más prudente, además de hallarse sofocada por el martilleo constante de mi corazón, lo que a mi modo de ver resulta significativo en mi defensa.

Me concentré en su mirada, no me sorprendió observar en ella el interés suficiente. Habían pasado más de diez años y por aquel entonces éramos un par de adolescentes, y como corresponde a toda historia de este tipo que se precie, él fue mi primer amor; de hecho, fue mi amor durante muchos años después de que me dejara, un sentimiento que fui avivando a medida que los desengaños amorosos se acumulaban, con esa envoltura de tragedia y romanticismo en la que a veces encerramos los recuerdos, como si el más doloroso de ellos fuera el único que realmente nos hizo sentir. Pero ahí estaba, después de tanto tiempo, el brillo en sus ojos, otra vez.

Cuando empezamos a quedarnos roncos me propuso dar una vuelta; acepté en el acto. Me despedí de mis amigas que continuaban riéndose a mi costa. Ignorándolas le seguí a la calle donde el silencio era abrumador. Charlamos sobre trivialidades durante un rato; te acuerdas de tal, fuiste a la universidad, hasta el forzoso en qué trabajas… En un banco, dijo. ¿En un banco? ¿Un tío que con dieciséis años recitaba los sonetos de Shakespeare con una pasión sobrecogedora, que era el actor principal del grupo de teatro y el director del periódico del instituto había acabado en el Bankinter? “Oh, vaya” fue lo único que pude decir. Todas mis alarmas comenzaron a emitir un ruido sordo. Las apagué con alguna excusa del tipo “es que la vida está muy mal” o “los bohemios también tienen que comer” no recuerdo bien, pero el rurún de la palabra aún resonaba molesto en mi mente. Nos acercamos a su coche, un armatoste reluciente y plateado. “¿Es tuyo?” –pregunté cautelosa- “No, es el coche de reserva de mi padre, el mío está en el mecánico… ¿Damos un paseo?” Podría haber puesto mil excusas y haber salido corriendo hacía mi casa, haberme metido en la cama para sumergirme en la placidez del olvido y los sueños, pero no tenía alternativa; su mirada, su porte y su voz seguían siendo exactamente igual de cautivadoras, y para colmo de males, me moría de frío. Entré. Tras unos instantes de incómodo silencio pregunté sobre nuestro destino. Debí morderme la lengua antes de hacerlo, pues aprovechó el comentario para argumentar que era el Destino quien nos había vuelto a reunir. Con la mirada fija en la carretera, sabiéndose observado, comenzó a hacer uso de su arma más peligrosa: la palabrería. Durante un momento fue como si nada hubiera cambiado, utilizaba la tesitura de su voz, ese aspecto, a veces de niño perdido, otras de hombre misterioso, para volvernos locas a todas y llevarnos a su terreno. No me resistí, no hizo falta, su cháchara me resultaba pretenciosa y vacía, su voz, demasiado estudiada. Todo aquello era pura parafernalia; agradecí la oscuridad del coche porque habría sido capaz de leer el desencanto en mis ojos. Pregunté de nuevo dónde me llevaba. “Sorpresa” dijo en un calculado susurro. Cuando el coche empezó a frenar y caí en la cuenta, realmente me sorprendí: nadie podía ser tan tonto. “Genial” comenté. Entre todos los lugares del mundo para seducirme él había escogido el peor.

Aparcó, dejó los faros encendidos y bajamos del coche. Me escurrí por una obertura que había en el lateral de la casa en ruinas. Admito que los recuerdos se agolparon en mi corazón y tuve que hacer acopio de toda mi entereza para sobreponerme. Aquel lugar era nuestro. Desconozco, y tampoco me interesa, el número de chicas a las que llevó al mismo sitio, pero en la memoria seguía siendo mío. No sólo por nuestros encuentros, también porque allí fue donde me rompieron el corazón la primera de las muchas veces que siguieron; sin embargo no experimenté, en todos mis días, un dolor tan lacerante como el que sentí en aquel lugar, aquella tarde.

Noté su aliento en mi pelo, la niebla penetraba por las puertas y ventanas desnudas, la luz artificial del coche desentonaba, pero el calor de sus manosLoser_by_Brungilda era reconfortante. Me acosté con él. O mejor dicho, el recuerdo de la que fui se acostó con su recuerdo.

No me interesa saber si hice lo correcto o no; me vi obligada a cerrar el círculo. Tal vez para no volver a soñar con ello, tal vez porque de adolescente nunca llegué a hacerlo. No fue el desagravio que me había propuesto aquella noche a pesar de que no le devolví ninguna de sus llamadas. Pero ahora, visto con el tiempo, todo ese dramatismo romántico que alimenté durante la mitad de mi vida se ha ido diluyendo como el polvo en el aire. Pienso en la tarde que me dejó y el corazón continúa latiendo con su pausado ritmo, y al acordarme de nuestra última noche, la memoria se desliza ágilmente por encima de todos los besos, de las caricias, de las palabras de amor y de la pasión, para caer en la cuenta de las bragas que dejé olvidadas en algún lugar de la vieja casa, unas de mis favoritas.

.

.

["Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro;

si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra;

si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla"

El arte de la guerra, Sun Tzu]

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Brungilda

Creative Commons License

dremcatcher's song

Dibujo

Pasaron varios días hasta que alguien cayó en la cuenta de que los sueños habían desaparecido. Los malos presagios comenzaron a zumbar junto a los hogares canturreados por las bocas desdentadas de los ancianos:

.

“¡Teme!, ¡Teme!

Si el que duerme, no sueña.

¡Teme!, ¡Teme!

Es el mal, que acecha.”

.

Las palabras que aprendieron de niños acudían a sus lechos de muerte. Los adultos las escuchaban angustiados sabiéndose perdidos en las tinieblas. Pájaros de mal agüero, les llamaban algunos. Pero antes de que el segundo equinoccio de aquel malhadado año llegara, todos aquellos que habían vivido más de sesenta cosechas habían cerrado los ojos para siempre sin el consuelo de un último sueño.

Con el tiempo, científicos y doctores de todo el mundo se reunieron para estudiar el raro fenómeno, sometiendo a pruebas y exámenes a varias personas elegidas al azar entre los habitantes del pueblo. Todos sus experimentos y tentativas fueron infructuosos en cuanto al origen de tan extraño virus, que no se propagaba por el aire, tampoco por el contacto o la sangre, ni procedía de la comida, el entorno o los animales que convivían con ellos; llegando entonces a una única y postrera conclusión: tan sólo los niños menores de ocho años eran capaces de soñar en aquel lugar.

Aquella semilla de esperanza no resultó el punto de partida de ningún remedio del mal que los hostigaba; los meses pasaban y los adultos, agotados y débiles, empobrecidos físicamente por la enfermedad, morían lentamente, mientras que los niños continuaban creciendo, alejándose sin remedio de sus sueños, aproximándose a una prematura muerte.

Por miedo a que la plaga se extendiera y sin haber hallado una cura, dispusieron a los habitantes bajo cuarentena quedando confinados en los límites del pueblo. Entretanto, el pequeño cementerio se alimentaba con avidez de sus cadáveres. Con los años, quedaron apenas unos pocos, los más jóvenes y fuertes, y tan sólo una niña con la edad suficiente para soñar.

Decidieron velar por las noches a la pequeña, mientras ésta, en la habitación de al lado, descansaba alejada de todo mal. Dado que nadie había logrado adivinar el verdadero origen de aquella extraña enfermedad llegaron a la conclusión de que solamente un ente sobrenatural, tal vez un espíritu cruel y malévolo, podría haberlos despojado de la capacidad de soñar. En sus reuniones, mientras custodiaban la alcoba de la niña, se preguntaban si en alguna de las viejas canciones con las que sus padres y abuelos relataban hechos pasados encontrarían alguna pista sobre la causa del mal que los castigaba, quizás en las historias, acaso en las leyendas. Pero en ninguna de ellas hallaron a un ser que se nutriera de los sueños, y con ello, de la vida de las personas. Y así, asustados, preguntándose cómo podrían desafiar a un espíritu tan poderoso, cada noche se quedaban dormidos a calor del fuego, en un sueño vacio de visiones, que les arrebataba poco a poco el alma y la salud.

.

Pero si hubieran acercado sus oídos al diminuto resquicio de la puerta, tal vez, junto a una dulce y acompasada respiración al otro lado, habrían podido escuchar la misteriosa y secreta tonada que en susurros se repetía como un ensalmo, en los labios de la pequeña, en lo más profundo de la madrugada.

.

“Duerme, duerme,

Que yo te protejo.

Duerme, duerme,

Del mal yo te alejo.

.

Y recuerda, recuerda,

Soñar también despierta.

Pues quien sueña, y sueña

Recordar no desdeña.”

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: jdillon82

Creative Commons License
*Espero que el año comenzara bien para todos. Os debo un millón de visitas, lo sé. Tengo ganas de leeros. : **Se trata de un relato de despegue, sin pretensiones, aunque parezca lo contrario. No le he dedicado tiempo, aunque tal vez en un futuro lo haga y lo reescriba, nunca se sabe.

martes

cuento y medio.

forest__s_spirit_3__beginning__by_cha_feily

Irián recorría los caminos tras la carreta de Esmeralda. Durante la primavera y el verano, la bruja tenía por costumbre atarle un nudo corredizo alrededor de las muñecas para que la niña no escapara. Intuía, sabiamente, que existían más posibilidades de que Irián se volviera inquieta cuando el sol caldeaba los campos y las noches eran tibias. En invierno no habría sobrevivido una sola madrugada, y a pesar de su corta edad y su estado salvaje, era lo suficientemente lista como para entenderlo.

Esmeralda era una mujer de mediana edad, aún hermosa pero temible. Era lo que en aquel tiempo llamaban una hechicera, una hembra fuerte que, en contra de todas las costumbres, había ido más allá de la brujería que solían practicar las mujeres, estudiando las llamadas “Artes de los Sabios” reservadas únicamente a los varones. Considerada excepcional tanto por sus dotes para la sanación tanto como por la invocación a los muertos, su reputación y talento eran reconocidos y respetados en su tierra por todos aquellos que se consagraban a la magia en cualesquiera de sus disciplinas, tanto o más que los de cualquier Hombre Sabio. Al principio, molestó a algunos, pero los pocos que osaron dudar su innegable clarividencia, acabaron siendo seducidos, no por la bruja, sino por la mujer. Esmeralda era poderosa e inteligente pero sobre todo, implacable; y no dudaba en utilizar sus encantos allí donde sus capacidades no hacían mella.

Irián, sin embargo, no cayó presa de su hechizo. Detestaba a la bruja a pesar de no haber conocido otra familia y llevar más de media vida caminando tras su carreta. La había tomado como esclava cuando apenas contaba con cuatro años. En el pueblo donde la encontró, le solía recordar, dijeron que la niña había sido concebida por el mismísimo diablo, que estaba maldita. Esmeralda pagó unas pocas monedas de cobre a su madre, que aceptó gustosamente, y se llevó a Irián. Todos se preguntaron por qué una mujer tan sabía como aquella había gastado su oro por tal compañía. La niña también se lo había preguntado en ocasiones, sin llegar tampoco a conclusión alguna.

Era cierto que Esmeralda utilizaba habitualmente a Irián en sus rituales. En determinados momentos, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de la bruja, la niña se ponía junto al fuego y soplaba con fuerza, o bien, metía sus dedos en el cuenco de agua de las visiones, tras lo cual Esmeralda miraba, entraba en trance y hablaba con los muertos. Aun considerando que era un simple accesorio más en las representaciones de la hechicera, Irián participaba gustosa; en aquellos momentos su dueña le permitía usar un viejo manto verde que ella había desechado, y así, abrigada y atenta, la niña disfrutaba de unos breves momentos de protagonismo.

Una tarde, en un pueblo del norte, apareció, justo cuando habían terminado de instalarse, un hombre que deseaba hablar con la Esmeralda. Su piel era oscura y sus ropas y su rostro, extraños. Irián percibió de inmediato -aunque no habría sabido decir por qué- que se trataba de un Hombre Sabio. Su dueña lo invitó a sentarse junto al fuego y compartir su comida; después de haber atendido a las gentes del lugar, hablaría con él.

Esmeralda, intuyendo lo mismo que Irián, aquella noche trató de hacer alarde de todos sus poderes. Curó a un ternero enfermo y expulsó a los malos espíritus de la casa de un hombre anciano que se quejaba de los duendes no le dejaban dormir. Bendijo a varios bebes y les dio un nombre. Alivió dolores, aplicó cataplasmas en las cicatrices de las bestias, predijo que la cosecha de maíz sería buena si rociaban antes los campos con las sangre de los roedores que se comían el grano… todo ello haciendo uso de Irián, que se sentía pletórica, pues participó en todos y en cada unos de los hechizos que realizó su dueña.

Cuando la gente se fue dispersando para regresar a sus hogares, Esmeralda tomó su lugar junto al fuego, muy próxima a su invitado. Ambos, permanecieron largo rato en silencio, contemplando las llamas. Irián, sintiéndose tan ignorada como de costumbre, sospechaba que veían algo, y presa de la curiosidad, se concentró en ellas. El sosiego de la brisa y el dulce crepitar de las ramas la fueron adormeciendo poco a poco. Las lenguas de fuego acariciaban la oscuridad de la noche con miles de formas. Intentó ver en ellas alguna de las señales de las que había oído hablar a Esmeralda, pero sus ojos cansados y calientes por el esfuerzo, las atravesaban. Notó como el fuego crecía pero no le dio importancia, el calor la reconfortaba. Sabía bien lo que era pasar frío en las noches de invierno y agradecía su calidez, aquella quemazón que tonificaba sus miembros que tantas noches habían pasado al raso. Las llamas continuaron ascendiendo, hinchándose, ensanchándose en la noche, regalándole su calor…

-¡Irián, basta!

La niña salió de pronto de su cálida ensoñación, sin comprender bien a qué venía aquella advertencia. Esmeralda la taladraba con una furiosa mirada, mientras que su acompañante esbozaba media sonrisa tras el fuego, ahora convertido en apenas unos exiguos rescoldos.

-Arrópate bien con el manto –le dijo la hechicera.- Esta noche no dormirás junto a la lumbre.

Y sin añadir nada más se encaminó hacia la carreta para pasar la noche. El extraño la siguió tras unos segundos, dedicándole antes una enigmática mirada que Irián no supo cómo interpretar.

La niña se sintió confundida y malhumorada. Deseaba con toda su alma conocer los asuntos que habían llevado a aquel extraño hombre hasta ellas, pues eran escasas las distracciones con las que se topaban en su deambular, e Irián había llegado a ese punto en el que la imaginación y la curiosidad eran su único consuelo. Resignada, cogió el manto y se dispuso a dormir lo más alejada posible de la carreta. Los sonidos y los suspiros ahogados que salían de ella cada vez que algún hombre visitaba a la bruja, siempre la incomodaban, pero aquella noche le resultaban especialmente desagradables. Se quedó dormida con las imágenes de la velada dando vueltas en su cabeza: los ojos de aquel hombre de tez oscura, su cara huesuda como la de una calavera.

Un pequeño empujón la despertó horas más tarde. Era el hombre, que llevándose un dedo a los labios le indicó que guardara silencio y lo siguiera. La niña se desperezó deprisa y corrió tras él sin pensárselo dos veces. Una vez que estuvieron más allá de los límites del bosque, el hombre se detuvo y habló así:

-Mi nombre es Giafar. No debes olvidarlo.

-No lo haré –Asintió Irián.

-Observa.

Sacó un pequeño artilugio del bolsillo de su túnica, una especie de punzón plateado que resplandecía como una joya a la escasa luz del alba. Lo cogió con fuerza y apretó la punta contra la palma de su mano hasta que empezaron a manar unas gotas de sangre -Irián lo observaba hechizada y apenas se sorprendió de que se hiriera- Giafar dio entonces la vuelta a su mano y las gotas de sangre se precipitaron al suelo. La niña pudo ver como allí dónde caía el líquido, unas pequeñas mariposas azules nacían de la tierra y empezaban a revolotear perezosamente a sus pies.

Giafar no prestó atención a la sorpresa de Irián, y cogiéndola delicadamente por el mentón, la obligó a mirarle a los ojos.

-Esto es magia y no lo que ella hace –alzó su mano e Irián pudo ver como en su palma no había ni un rasguño.- Esto es el poder, y debes aprenderlo, porque algún día él vendrá a ti, con más fuerza de la que puedes soñar, y deberás elegir entre utilizarlo o dejar que los demás lo utilicen por ti.

Irián había visto muchas cosas en su corta existencia, pero lo que salía de las manos de Esmeralda, todos los portentos que tantas veces la vio obrar, le parecían viciados y corruptos en comparación con aquellas mariposas centelleantes y violáceas que aleteaban alrededor del rostro de Giafar.

-Llévame contigo –suplicó.

El hombre se alejó unos pasos.

-No, debes seguir tu camino, con ella. Pero llegará el día que harás tuyo tu poder y nunca más volverá a utilizarte. Y entonces, no antes, nos encontraremos.

La niña no se atrevió a discutir; se limitó a intentar coger entre sus manos a una de las mariposas. La cazó al primer intento, pero al abrir el puño, cerrado lo justo para no herirla, la mariposa se desvaneció entre sus dedos con un dulce destello plateado. Igual que Giafar, que también había desaparecido entre los árboles, al alzar la vista, como si hubiese sido un sueño.

Y los años pasaron y aunque no volvió a verlo, se encontraron; Irián lo reconoció por su nombre.

Y por su nombre, Irián, fue conocida.

Juego de cretividad para "El cuentacuentos"
Imagen: Cha_feily

Creative Commons License

jueves

"Un día, una tortuga aprenderá a volar"

Leo bastante, podría leer mucho más eso es evidente, pero leo todo lo que el tiempo y mi temperamento me permiten. He leído libros que me han apasionado y libros de los que no recuerdo ni el título. He subrayado las frases que me marcaban -aunque hace años que dejé de hacerlo- he intentado emular las historias que me fascinaron en la mente, y he pasado muchísimas noches en vela, porque, literalmente, era incapaz de parar. Más de la mitad de esas noches de apasionante insomnio se las debo al Maestro. La persona que más me ha hecho reír y soñar. No lo conozco personalmente pero os aseguro que ese dato no cambia en absoluto las cosas. La hambrienta imaginación de éste hombre, su brillantez para crear personajes, invertir la realidad creando mundos totalmente creíbles a la vez que inverosímiles, su forma de mezclar ciencia, filosofía y fantasía, de recrear a la paradójica humanidad a base de descabelladas sátiras, sarcasmos, ironías e insensatas ideas, para mí es un punto y aparte. Está Pratchett, y luego el resto. Y si en el resto tengo que incluir a García Márquez, a Tolkien, a Poe, a Eco, a Byron, a Ende y al mismísimo Shakespeare, lo hago sin ninguna vergüenza, no lo dudéis. No es cuestión de mejores y peores, es una cuestión de niveles de vibración. Pratchett está (o mejor dicho, existe) en una dimensión diferente a la cual sólo es posible acceder a través de su literatura y de su mente. Es el hacedor del multiverso, el amo de las palabras, el caudillo de la fantasía y de la narrativa, vista tal y como para mí tiene que ser vista: un espacio en el que no hay límites de ningún tipo, en absoluto; y lo es por una única razón: que todo esto lo hace utilizando la mejor de las herramientas, el sentido del humor; "su sentido del humor".

Aunque por el tono del blog no lo parezca, me considero una persona con sentido del humor. Por esas cosas del karma, los hados han puesto en mi vida a gente en la que esa cualidad rebosa por los cuatro costados, cada día me río con ellos y doy gracias de poder hacerlo, y también por haber llegado a conocer en su día la obra de éste hombre. Seguramente alguien que pueda leer esto estará convencido de que es una persona divertidísima, chispeante, aguda, perspicaz… y seguramente lo sea. Pero con todos mis respetos, la suma de mi (posible) sentido del humor, "agudeza" o "imaginación" junto a la suma de esas mismas virtudes en todos vosotros, no es ni la sombra de algo que pueda hacer sombra a la sombra de Pratchett.

Soy categórica, no mitómana, que nadie se equivoque. El Maestro no tiene con quien o con qué compararse, él simplemente es Pratchett; algo necesario, el gran contrapunto, un opuesto totalmente imprescindible. Yo, como lectora limitada que soy, le miro desde la distancia y sueño que cuando él se vaya aparezca otro que sea capaz de conseguir, aunque sea lejanamente, que experimente algo parecido a lo que he experimentado leyendo sus libros: esa sensación de que es absolutamente factible reírse de TODO, incluso de la Muerte.

Él -para mí la persona más brillante viva- se ríe de su recién diagnosticado alzhéimer, y yo, como buena y fiel “Kevin” solo puedo decir que a los Auditores de la Realidad, por una vez y sin quererlo (porque son así de rancios...), les ha salido una broma con cierta gracia.

Y claro, aunque me cueste, también me río :0) ¿Qué remedio? La existencia en sí, como imagino que sabéis o bien intuís, es pura paradoja.

¡Larga vida al Maestro!

Algunas perlas:

"LAS VIDAS DE LA GENTE PASAN DELANTE DE SUS OJOS ANTES DE MORIR. EL PROCESO SE LLAMA 'VIDA'."

La Muerte – T.P., El País del Fin del Mundo.

death

"¡Cuando sea la hora de dejar de vivir, definitivamente la Muerte será mi elección número uno!"

Rincewind— T.P., El País del Fin del Mundo.

“Las posibilidades de una entre un millón salen bien nueve de cada diez veces.”

St. Colon. —T.P., Guards!, Guards?

"No se puede aplastar a los infieles cuando se es una tortuga. Todo lo que se puede hacer es lanzarles una mirada significativa".

Dios Om—T,P., Small Gods.

“Nunca, jamás, debías presentarte voluntario. Ni siquiera si un sargento se plantaba allí y decía: 'Necesitamos a alguien para beber alcohol y hacer el amor apasionadamente a mujeres'. Siempre había una trampa. Si un coro de ángeles dijera que los voluntarios para el Paraíso dieran un paso al frente, Nobby era lo bastante listo como para dar un hábil pasito hacia detrás.”

Nobby Nobbs— T. P., Feet of Clay.

“La verdad puede estar ahí fuera, pero las mentiras están dentro de tu cabeza.”

T. P., Hogfather.

.

.

Imagen: Death, de Paul Kidby (ilustrador de T.P)

Para más información: Página de Pratchett,en español

martes

*

Camera_Obscura1 Imagen: Larafairie

*
-incoherencias varias y fotomanipulación, mías.

lunes

mediocuento

Les_mondes_en_sourdines_by_StilzielLas turbulencias presagiaban lo peor, aún después de tanto tiempo no había conseguido adivinar el origen de aquel extraño fenómeno. Alphae, reina de Vestigium gobernaba su templada tierra en la más completa de las soledades. A pesar de la privación de súbditos con la que transcurría su existencia, su majestad distaba mucho de verse mermada: Alphae reinaba pomposamente sobre las delicadas flores, sobre las briznas hierba y sobre los escasos pájaros que sobrevolaban sus dominios, que consistían, básicamente, en el pequeño montículo sobre el que se asentaba su trono dorado y el diminuto campo florido que lo rodeaba. Aunque sus días se sucedían en una plácida ignorancia del mundo exterior, en ocasiones Alphae se sentía ligeramente afligida por una sensación que nosotros llamaremos, a fin de sintetizar, claustrofobia. Miraba al cielo, atónita, sin comprender qué demonios era aquella bóveda cristalina que cubría su reino de confín a confín. Pero a pesar de vivir en aquella cárcel esférica, experimentaba tan sólo de forma inconsciente su encierro; no deseaba escapar pues no tenía una constancia efectiva de que existiera algo más allá de Vestigium. Sin embargo había algo que la desconcertaba mucho más: los terremotos. No obedecían a ciclo temporal alguno, presentándose siempre de improviso y sin razón aparente. Resultaban tan virulentos, tan portentosos que Alphae se veía obligada a agarrarse con todas sus fuerzas al trono para no caer al cielo, pues la tierra llegaba a dar una vuelta completa en torno a su eje.

Y entonces sucedía lo más sorprendente, cuando iban cesando las sacudidas y todo regresaba poco a poco a la normalidad, en aquel reino sumido en una eterna primavera, indefectiblemente, comenzaba a nevar.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"
Imagen: Stilziel

Creative Commons License
Pd.En breve seguiré con el "sueño de ann", aún no he tenido tiempo de continuarlo (que nadie se corte las venas ni nada de eso, eh? :P) . Gracias y besos, de esos.