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lunes

La dama en el espejo ( 2ª parte )

Masquerade_by_asialivY allí estaba, entre sus manos temblorosas, la pequeña tea con la que Hannah encendería los aros de fuego a través de los que saltaría el acróbata. La habían elegido entre el público y la niña había accedido encantada, por supuesto secundada por la atenta mirada de su abuela que sabía lo insensato que era dejar que la pequeña se acercase a cualquier tipo de fuente de calor. Muy despacio, y de forma sorprendentemente ceremoniosa, arrimó la llama a la superficie impregnada de combustible: el resplandor dorado se extendió como una exhalación. Cuando los tres aros estuvieron prendidos, la gente aplaudió.

Mientras tanto, Jack seguía perdido en los ojos de la mujer enmascarada, que continuaba paseando entre el gentío aparentemente serena, pero a la vez alerta, procurando que no cesara entre ambos el contacto visual. En su corta existencia nunca había experimentado nada parecido, los mayores no solían llamar su atención; pero a pesar de que no había visto a aquella mujer antes, algo en su enigmática expresión, en su forma de sonreír, le resultaba insólitamente familiar. Pensó en su madre, mil veces le había advertido acerca de los desconocidos, él trataba de no descuidar todas las cosas que ella le había enseñado. Aún así, aunque en muchas ocasiones hasta él lo olvidara, Jack era un niño, un niño muy pequeño, y por esa misma razón la curiosidad solía ganar la partida a cualquier otro tipo de consideración. Además, la situación era propicia pues su abuela apenas le vigilaba, estaba demasiado pendiente de la atolondrada Hannah, a la que sujetaba protectoramente de los hombros, mientras la niña festejaba y reía ajena a todo.

-¿Eres Jack?

Aquel susurro, procedente de algún lugar a sus espaldas, le sacó de forma repentina de sus pensamientos. Se dio cuenta que durante un instante la había perdido de vista; antes de volverse, supo que era ella.

-Tengo un recado para ti.

Sus palabras le impresionaron tanto como su presencia y su voz, que era como la miel al deslizarse por la garganta. Estaba ligeramente inclinada para acomodarse a la altura de sus ojos, y tenía una jovial expresión dibujada en la cara.

-Dile a tu abuela que regresarás enseguida y sígueme.- Y sin decir más, la mujer desapareció entre la muchedumbre.

Jack apenas tuvo tiempo de pensar, se limitó a tratar de convencer a su abuela para que lo dejase marchar, asegurándole que iría a comprar un dulce para Hannah y que volvería enseguida. Parecía preocupada, pero finalmente accedió. Allí le esperarían.

El pequeño salió corriendo, temía haberla perdido. El gentío se agolpaba para ver los distintos espectáculos, él los sorteaba como podía. De puntillas indagaba entre los rostros de la gente en busca de aquel semblante enmascarado. Por fin distinguió la figura de la mujer al final de una de las arterias principales de la feria. Parecía esperarle, quieta y tranquila, sin embargo el corazón de Jack comenzó a latir con fuerza a medida que se aproximaba.

Su sonrisa inalterable lo cautivaba, y a la vez, lo intimidaba un poco.

-Me alegro de haberte encontrado tan pronto Jack. Su voz volvió a estremecerle. Las luces doradas le pulían la piel, que brillaba como la cera acentuando su palidez.

-¿Cuál es ese recado? Acertó a preguntar. La mujer sonrío misteriosamente.

-Para saber de qué se trata tendrás que seguirme… -Jack dudó un instante mirando a su alrededor con inquietud.- ¿No tendrás miedo?... Oh, no temas… no tienes nada que temer.

De cerca la máscara dejaba a la vista sus ojos, que eran de un intenso verde esmeralda, como la hierba reciente, un color que Jack nunca había contemplado en la mirada de nadie. Aquellos ojos, la dulce tesitura de su voz, su apacible gesto y su misteriosa apariencia, lo hipnotizaban sin remedio.

-Ven, debemos apresurarnos, no queremos que tu abuela se preocupe ¿verdad?. Tras decir aquello la mujer echó a andar. Jack la siguió sin rechistar.

Caminaron poco tiempo, tomaron una estrecha callejuela en dirección a una de las atracciones menos concurridas y más apartadas de la feria. En lo alto, una azulada luz de neón la anunciaba como La Casa de los Espejos.

-Bien, a partir de ahora tendrás que seguir tú sólo. –Sacó de un bolsillo un pequeño ticket e hizo un gesto en dirección a la puerta, donde un hombre muy viejo con un parche en un ojo leía tranquilamente el periódico. Lo puso en la mano de Jack, que observaba intrigado.- No te preocupes, si me necesitaras yo iría enseguida. Y ahora, adelante. No tengas miedo.

Jack no tenía miedo, cerca de ella se sentía tranquilo. Antes de echar a andar, preguntó:

-¿Puedo ver tu rostro?

-No es mi rostro lo que necesitas ver pequeño- La mujer le acarició con dulzura la mejilla, en su expresión había una ternura infinita.- Una cosa más, cuando estés dentro, no debes pronunciar ni una sola palabra. ¿Te acordarás?

Aunque no comprendió el significado de aquello, el niño asintió. Sonrió tímidamente a modo de despedida y se dirigió sin más demora hacía la puerta, donde entregó el ticket al viejo, que con un gruñido incomprensible accionó la palanca que desplegó el hueco de la entrada. Tras ella, la oscuridad era casi total, un tenue reflejo blanquecino parecía aproximarse desde muy muy lejos. Jack se adentró en las sombras sin mirar atrás.

Caminó entre tinieblas durante varios minutos, intentaba orientarse tanteando las paredes que lo flanqueaban. Al parecer avanzaba a través de una serie de angostos pasadizos. Por fin aquella fantasmal luz, si es que se podía denominar así, fue haciéndose cada vez más perceptible, hasta que se encontró en una estrecha cámara completamente iluminada. En ella había dos pequeñas puertas cerradas pensadas para alguien de su tamaño; en una, de color azul cielo, en grandes letras negras y brillantes, había escrito: “pasado”, mientras que la otra, de color verde hoja, decía: “futuro”. Jack no se lo pensó dos veces y atravesó la puerta de color azul.

Detrás, había una enorme sala cuajada de espejos de distintos tamaños y formas. El suelo y el techo también estaban compuestos de translúcido azogue. Algo desorientado, comenzó a andar rodeado de decenas de curiosos reflejos de sí mismo; mientras caminaba intentaba comprender inútilmente la disposición de aquel lugar, que visto desde fuera parecía muchísimo más pequeño. La mayoría de los espejos deformaban su figura; en unos, era mucho más pequeño, en otros, parecía una persona mayor, casi anciana. Algunos le mostraban su imagen vuelta del revés, inclinada en diversos ángulos, incluso moviéndose al contrario de la realidad. Los había de diferentes colores, con las superficies ondulantes y lisas, a veces tan opacas que apenas podía verse reflejado en ellas. Otros, que parecían elaborados en plata líquida, cristalinos y brillantes, no le devolvían figura alguna, era como si hubieran sido fabricados para reflejar la nada.

Siguió avanzando y al final de la sala uno de ellos, de gran tamaño, llamó poderosamente su atención. Parecía inundado de una luz dorada, como si fuera una ventana a través de la que entrase el sol de la mañana. Estaba ligeramente apartado del resto. Jack se situó frente a él.

Vio su propia sombra resplandeciente, blanqueada por un brillo muy luminoso que parecía envolverlo. Miró a su alrededor en busca de aquella claridad, pero no la encontró por ninguna parte. Curioso, acercó su mano lentamente, el espejo parecía desprender una dulce calidez. Al rozar con los dedos la delicada superficie percibió una leve sacudida que lo recorrió de arriba a abajo llenándolo de un agradable bienestar. El niño alzó la mirada esperando encontrarse con sus propios ojos, sin embargo encontró otros, los de su madre. Aquellos ojos del color azul pálido del cielo, le miraban desde el otro lado llenos de amor.

La sorpresa fue tan inmensa, que muy al contrario de lo esperable, Jack permaneció inmóvil, incapaz de pestañear. Mientras, ella le sonreía con dulzura; parecía tranquila y feliz, muy diferente a la última vez que la vio. Adivinando lo que a continuación haría su hijo, se llevó con ligereza un dedo a los labios: “Shhhhh” susurró, pero aquel murmullo no fue audible, Jack lo tuvo que escuchar con el corazón. Recordó que no debía pronunciar ninguna palabra. Sin embargo la mirada de su madre pareció ensombrecerse y supo que apenas les quedaba tiempo. Con un gesto ella le indicó que acercase de nuevo la mano al espejo. La superficie, caliente, se reblandeció al tocarla. Al mismo tiempo, al otro lado, la mano de su madre rozaba aquella misma zona. Jack sintió de pronto el tacto frío y el peso de algo en ella. Era un espejo ovalado, minúsculo, del tamaño de un broche, con un fino marco de plata labrada. Emitía un suave destello.

La figura de su madre comenzó a desvanecerse poco a poco, y por primera vez aquella noche, el niño sintió miedo. Sin embargo ella continuaba sonriendo, y su cara era el reflejo de una inmensa paz. Mirándolo a los ojos puso la palma de su mano sobre el cristal. Jack puso la suya encima; e hizo todo lo posible por intentar sonreír mientras su madre volvía a desaparecer para siempre.

The_Grey_Lady_by_DellessannaEsperó unos instantes, inmóvil, con la mirada clavada en su propio reflejo.

Guardó con cuidado el pequeño espejo en el bolsillo y echó a correr sin mirar atrás en busca de la salida. En la calle, anhelaba encontrar a la mujer enmascarada, deseaba abrazarla y darle las gracias por todo, pero allí no le aguardaba nadie, incluso el viejo de la puerta había desaparecido, en su lugar una muchacha mascaba chicle mientras hacía un crucigrama. Ni siquiera le miró.

De vuelta, se detuvo para comprar tres enormes algodones de azúcar. No podía calcular el tiempo que había transcurrido, y se sentía angustiado por su abuela y su hermana que en aquel momento debían estar buscándolo por todas partes. Asombrosamente, las encontró en el mismo lugar donde las había dejado, ambas sonrientes y aplaudiendo las piruetas con las que les deleitaba el hombre de fuego, como si apenas hubiesen pasado unos minutos. Antes de que descubrieran su presencia, el pequeño introdujo la mano en el bolsillo para asegurarse de que todo aquello había sido real.

Su abuela lo recibió con una gran sonrisa y le revolvió el pelo como de costumbre, Hannah le dio un beso, muy contenta con su algodón.

Jack pasó su mejor noche en mucho, mucho tiempo, tanto que ya ni se acordaba.

Fin.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Fotografía 1: Asialiv Fotografía 2: Dellessanna

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

domingo

La dama en el espejo ( 1ª parte )

At_the_Fair_by_AuroraCodaUna enorme sonrisa asomó a sus labios en los que aún quedaban restos de algodón de azúcar. La tenue luz procedente de la calle se colaba por la ventana de la habitación. Envuelto entre las mantas de su descomunal cama, los ojos del pequeño Jack continuaban muy abiertos y brillaban en la oscuridad llenos de emoción. Su abuela, como cada noche, se había encargado de taparle hasta las orejas y de remeter bien el edredón bajo la cama. - Abu, que no me voy a escapar- decía risueño, y como única respuesta, ella le revolvía el cabello para acabar dándole un rápido beso en la frente; después se marchaba dejando la puerta entornada. A través de la rendija se filtraba un pequeño rayo de luz; normalmente, cuando esa luz se desvanecía Jack llevaba un buen rato dormido, pero aquella noche era diferente: tenía un secreto y era incapaz de sosegarse. Bajo las mantas, oculto en su mano, guardaba su tesoro.

Aquella tarde habían ido a la feria, su abuela, su hermana menor Hannah y él. Ya desde la colina podían observarse los fuegos artificiales que iluminaban el firmamento con decenas de colores, y la inmensa noria que daba vueltas a una velocidad vertiginosa. Por todas partes había vendedores de globos, tenderetes con manzanas de caramelo, palomitas y toda clase de chucherías, los niños iban cargados de peluches y juguetes. Hannah emocionada, pugnaba por desembarazarse de la mano de su abuela y correr hacia cualquier parte. La pequeña era traviesa y despistada, cosa que fastidiaba a Jack, pues le obligaba a estar la mayoría del tiempo pendiente, ejerciendo de hermano mayor, algo con lo que su abuela le atosigaba a menudo.

El sol se estaba poniendo, pero aquello carecía de importancia si estabas en la feria. Cuando llegaba la noche el mundo parecía transformarse misteriosamente. Como por encanto, todo el recorrido se llenaba de gente extravagante y curiosa que bailaba y tocaba extraños instrumentos, haciendo sonar una música disparatada que parecía no tener sentido ni ritmo alguno. De la nada aparecían saltimbanquis, malabaristas, acróbatas, equilibristas, prestidigitadores… cada uno haciendo gala de sus mejores artes. Y toda clase de animales: pequeños monos atados con correas iban saltando de la cabeza al hombro de quien los transportaba, enormes serpientes amarillentas reptaban por el plateado cuerpo de unas muchachas que no cesaban de reír, había ratones amaestrados y un circo de pulgas, un enorme gato tuerto de color azul paseaba en brazos de una hermosa mujer barbuda, un hombre muy grande cargaba con tres pequeños chiguaguas, uno de pie sobre su cabeza, y los otros dos haciendo lo propio sobre sus manos, un búho gris perla revoloteaba alrededor de una gitana que bailaba al son de su pandereta, había incluso un pequeño elefante que parecía sonreír con la trompa mirando hacía el cielo; en sus lomos iba montada una niña muy rubia, o tal vez era una mujer muy pequeñita, Jack no habría sabido decir.

Todos ellos se mezclaban entre la gente de modo que a cada paso que dabas te encontrabas con un nuevo espectáculo que admirar. Hannah reía extasiada y llamaba la atención de su abuela señalando en todas direcciones. Jack observaba todo atentamente con media sonrisa en la cara. En realidad se sentía entusiasmado, pero le costaba demostrarlo abiertamente. Desde que su madre había muerto, reír y pasarlo bien era como una traición a su recuerdo. Su padre les había abandonado cuando Hannah era apenas un bebé, poco después ella había enfermado. Fue una dolencia muy larga en la que su madre fue languideciendo y perdiendo las fuerzas paulatinamente, aún así cuidó celosamente de ellos hasta el final. Se había cumplido un año desde que sé fue, pero para él era como si tan sólo hubieran transcurrido unos pocos días.Masquerade_by_navate Llegó un momento en que casi no podía hablar con ellos, Jack tenía grabada a fuego aquella imagen en el corazón.

Tomaron la travesía principal siguiendo los pasos de Hannah, que tiraba insistentemente de la mano de su abuela, hacia una zona en la que un colosal tragafuegos despedía poderosas y anaranjadas llamaradas al aire. En aquel momento, con la colaboración de su ayudante, se estaba preparando para saltar a través de tres pequeños aros envueltos en llamas. La gente se fue arremolinado a su alrededor formado un círculo, expectante. Ellos tres se situaron detrás de los pebeteros que se habían instalado para prender las antorchas con mayor facilidad. Fue allí donde Jack la vio por primera vez. Su rostro, o mejor dicho la máscara que lo ocultaba, apareció entre las cabezas, detrás de la gente. Era una dama de pelo rojo, muy delicada. A Jack no le chocó en absoluto que fuera enmascarada, todos los comediantes iban disfrazados de una u otra manera, pero aquella mujer, al contrario que el resto, no iba vestida con vivos colores, sino de negro, la única nota de color la ponía su hermosa máscara; además, le miraba fijamente a los ojos.

(Continuará...)

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Fotografía 1: AuroraCoda Fotografía 2: Navate

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

lunes

llueve...

the_only_star_by_french_Dita

Llueve, pero no es sólo agua de lluvia lo que resbala por mi cuerpo.

Es el universo que derrama su fina ironía mojándome el cabello.

Siempre tan sutil, tan ambiguo, que llego a dudar de sus intenciones.

Aunque sé que de nada sirve intentar salir cada mañana sin plantar los pies en el suelo.

Esquivando los charcos en los que se refleja acechando mi propia mediocridad.

Ni impregnarme con el fulgor del inminente alba, pues negras nubes siempre empañan mis ojos.

Ni buscar la luna en el horizonte, pues no es más que un eco ahogado por el hormigón de los edificios.

Me cruzo con la misma gente gris de mirada vacía, incapaz de verme.

Tan incapaz como soy yo de verlos a ellos.

Caminamos con paso decidido hacía nuestras obligaciones como si se tratase de un paredón escogido.

Y me pregunto que es lo que me diferencia de ellos, qué es lo que me hace especial entre la multitud

¿Acaso corro en dirección opuesta tal y como me gusta pensar?

¿No intento cada día encontrar en su mundo mi lugar?

Un silencio como respuesta es lo único que obtengo.

Mientras continúa lloviendo, y el cielo infinito sigue haciendo gala de su inmensidad.

En la que yo, cada vez, me encuentro más perdida y más pequeña.

Ilustración: French-Dita

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

último beso

"La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino; es lo que se denomina persistencia óptica y no tiene nada de extraordinario. Cualquier imagen que perciben los ojos permanece grabada en la retina durante 0,1 segundos aproximadamente. Por ello, si es posible suponer que lo último que ve una víctima antes de morir es el rostro de su verdugo, justo eso es lo que quedaría impreso en esa especie de película fotosensible en el instante final de una vida…"

-¿Le importa que conecte la grabadora?

Por toda respuesta el hombre exhaló una larga bocanada de humo blanquecino. Era joven, de aspecto enfermizo y torturado. Una de sus muñecas se encontraba esposada al brazo de la silla de despacho. En la otra mano sostenía el cigarrillo; la ceniza caía sobre la mesa pero aquel detalle no parecía preocuparle.

La doctora pulsó el botón y la cinta empezó a girar.

-Ha sido su abogado quién ha solicitado este examen, aunque esto es tan sólo una sesión previa, para aclarar los hechos. Nada de lo que se diga en este momento podrá utilizarse en su contra en el futuro. Simplemente servirá para determinar su estado psicológico en el momento de la detención.

El hombre la miró por primera vez, impasible. Tenía los ojos vidriosos y rojizos, probablemente había estado llorando. El cigarro casi consumido le quemaba ya los dedos, pero tampoco parecía percatarse.

-Bien- Prosiguió la doctora- cuénteme qué ocurrió anoche.

Durante varios segundos el silencio se apoderó del cuarto; tan sólo se podía escuchar el murmullo de la cinta girando en el interior de la grabadora.

-No me creerá.

Desde que le detuvieron no había pronunciado ni una sola palabra. Su voz delató emoción.

-Pruebe.

-Yo no la maté.

A continuación, el hombre relató su versión.

Mariam era una mujer extraña, de esas que aparecen en tu vida sin saber porqué y sin saber porqué, un buen día se marchan. Aún sabiéndolo se enamoró perdídamente de ella. Cuando la historia terminó, él protestó todo lo que puede protestar alguien que sabe de antemano que su relación tiene fecha de caducidad. Ella se limitó a escuchar amistosamente y a cerrar la puerta al salir. No volvieron a verse hasta aquella sombía noche.

Contactó con él por teléfono, estaba nerviosa y necesitaba verle. Quedaron en el café de siempre pocas horas más tarde. La encontró muy cambiada. Mariam poseía una belleza hiriente, su rostro pálido y largo le confería un aspecto frío; su cuerpo menudo le aportaba cierta apariencia de languidez, pero el conjunto resultaba tremendamente atractivo; sin embargo, se presentó ante él ojerosa y descuidada, hablaba arrastrando las sílabas como si estuviese ebria. Las manos le temblaban mientras sujetaba la taza.

La cita transcurrió entre miradas nerviosas y silencios incómodos. Él pregunto por qué quería verle. Para despedirme, respondió ella. ¿Dónde vas? A ninguna parte, contestó. ¿Puedo hacer algo por ti? Preguntó él. Sí, en realidad sí, dijo Mariam.

Quería que la acompañara al metro. Tras la desconfianza inicial ante la petición, en atención a su estado de nervios, accedió a seguirla con la inocente creencia de que una vez allí ella le confesaría los verdaderos motivos de la cita. Entraron en la estación más cercana, y sin decir una sola palabra, comenzaron a descender por interminables escaleras mecánicas y a recorrer pasillos asfixiantes. Finalmente llegaron a un túnel, el andén estaba desierto. El reloj analógico marcaba cincuenta segundos hasta la llegada del siguiente tren.

-¿Quieres saber porque te dejé?

La maloliente brisa que recorría los túneles hacía ondear su cabello. Le miraba a los ojos con una intensidad que no recordaba.

-Si, realmente estaría bien saberlo.

-Creo que te amaba demasiado para quedarme a tu lado…

Mariam cogió su mano, su tacto era suave y frío. Primero se acercó a su cuerpo, después a su rostro, un instante más tarde, le estaba besando. Sorprendido, al principio se dejó hacer sin saber bien cómo reaccionar. Fue la calidez de sus labios lo que decidió, hizo que renacieran en su mente los recuerdos, el deseo, incluso sentimientos que él creía extinguidos en su mayoría. La abrazó, la acarició y se dejó envolver por la ocasión, sin dejar que en ningún momento que la realidad estropeara aquel pequeño regalo. Desde que ella se había marchado se encontraba perdido, y por primera vez, en muchos meses, volvió a sentirse bien. Ella le besaba con una desesperación que no supo interpretar, sus manos se aferraban alrededor de su cuerpo con fuerza, casi con violencia. Un posible espectador habría imaginado que ambos estaban borrachos o colocados, lo cierto es que parecían bailar con una música que nadie más escuchaba. Mariam se abalanzaba sobre su cuerpo haciéndolo retroceder cada vez más, pero él se encontraba tan ahogado entre sus besos que no se daba cuenta de nada: no escuchaba, no veía, no percibía otra cosa que no fuera ella. Tenía los ojos cerrados con fuerza, el suelo comenzó a vibrar, ella puso las manos en sus mejillas y se sumergieron en un nuevo beso.

La sensación fue como una punzada, notó un intenso dolor que apenas supo identificar, estaba demasiado adormecido y embriagado por las sensaciones. Cuando la molestia se volvió insoportable, comprendió. Ella mordía ferozmente su labio, desgarrándolo, parecía querer arrancárselo de un mordisco; percibió el sabor su propia sangre. No entendía nada, la empujó con furia, intentando quitársela de encima.

Mariam tropezó, cayó en las vías justo en el instante en el que el tren hacía su entrada en la estación.What_We_Keep_Inside_by_beautifuliar

-¿Me cree?

La doctora pulso el botón de la grabadora y la cinta dejó de girar. Aquel hombre la miraba lleno de impotencia desde el otro lado de la mesa. Lo único que fue capaz de sentir fue lástima.

-Si, le creo. Pero eso no puede ayudarle.

Sin decir más la mujer abandonó el despacho. Afuera aguardaba el inspector para preguntarle sobre sus impresiones.

-Bien ¿qué dice?

-Qué él no lo hizo.

-La cámara de seguridad lo grabó todo.

-Lo sé.

-Y usted ¿qué piensa?

La doctora sacó la cinta de la grabadora y la introdujo en su bolso, se lo colgó al hombro, cogió su chaqueta, y finalmente se digno a mirar al inspector.

-Pienso que no es un tipo con suerte. Buenas noches.

Y se fue a su casa con la firme intención de dormir catorce horas y no pensar más en aquel asunto. Pero mientras las puertas del ascensor se cerraban no pudo evitar ver en su mente los ojos de Mariam, en el interior del andén, una décima de segundo antes de que el tren la arrollara.

"En la mayoría de ocasiones ese último fotograma grabado en la retina carece de importancia, no sólo porque no exista una técnica capaz de revelar semejante negativo, sino porque lo único que convierte a un asesino en asesino, es una intención, una voluntad, no un simple reflejo en otra mirada. Sin embargo, a veces, lo que convierte a una víctima en víctima es tan sólo su necesidad de serlo."

Fotografía: beautifuliar

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

No es valiente...

No es valiente, me dijiste, quien condena su existencia a la prisión de la memoria

A la sombra de unos días que transcurrieron sin pedir permiso de nadie

¿Dime quién puede secar la corriente del río salvo quizás el sol implacable?

¿Dime si no es absurdo malgastar nuestras exiguas fuerzas en someter

a un verdugo que no sabe de compasión?

Cómo quien al ver un lago cree saber lo que es el océano,

Cómo quien juega al escondite en una habitación vacía.

Los recuerdos son una marca en la piel imposible de borrar,

Las cicatrices del alma que sin querer refleja nuestra mirada perdida en el horizonte

Que nos acompañan prendidos del cuerpo, como un pesado equipaje.

Las cadenas que traban nuestras alas, las más severas sentencias

Las peores cárceles que existen, pues no es necesario haber cometido un crimen para ser preso en ellas,

Tan sólo es preciso estar en este mundo y que la vida te suceda,

Y de eso, hasta el momento, todos somos culpables.

Confiar que puedes atesorarlos y convivir con ellos es como probar un bálsamo que al final sabe a veneno

En la realidad no hay bestia más despiadada que aquella que se adueña de tu presente -lo único que posees- arrebatándote y determinando tu futuro.

Los recuerdos son el ancla que no deja zarpar este barco, me dijiste, y tal vez ya sea hora de partir.

I_can_Fly_by_x_horizon

Fotografía: x-horizon

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. )

domingo

arder...

El silencio de la noche fue su aliado, las sombras hacían bien su trabajo. El eco de sus tacones sobre el asfalto y la gravilla retumbaba rítmico, acompasado. Las farolas dibujaban sombras perpendiculares a contraluz, a través de las luces anaranjadas que recorrían las calles. El suave rumor de algún coche lejano hacía las veces de banda sonora de aquel plano en movimiento.

Una brisa ligera le alborotaba el cabello. Llevaba las manos dentro de los bolsillos del abrigo, pero en la oscuridad del suave tejido, los dedos índice y corazón se encontraban cruzados con fuerza, en tensión. Mientras caminaba, a cada paso que daba, en su mente sólo mantenía un pensamiento “¿Por qué hacemos las cosas que en realidad no queremos?”. Aquella misma mañana, nada más despertar, mientras rebuscaba entre las sábanas el somnoliento cuerpo de su amado, la pregunta había venido por primera vez. Con la boca pastosa, él había balbuceado algo y la había abrazado. Sintió la seguridad de su calor, el contacto a la vez suave y áspero de su piel, pero en vez de sumergirse en la tibieza de aquella proximidad, sus ojos se clavaron en el techo, grisáceo en la tenue penumbra del cuarto a oscuras. Su cuerpo se dejo hacer, su mente estaba lejos.

Él fue a ducharse, ella a preparar café. Fumaba el primer cigarrillo de la mañana mientras deambulaba por la casa. En el salón el móvil parpadeaba silencioso sobre la mesa. Hacía días que no cogía llamadas ni miraba los mensajes; sabía a la perfección lo que iba a encontrar. Él no pararía hasta llegar a ella; le conocía lo suficientemente bien, no necesitaba más para convencerse.

Por un instante, mientras observaba el cielo gris a través de la ventana, de nuevo se permitió dar rienda suelta a su imaginación. En la cocina la cafetera borboteaba, en el baño las gotas de agua repiqueteaban sobre el cristal de la mampara, en su mente tan sólo escuchaba el hipnótico sonido de unas manos recorriendo su piel, amasando su cuerpo, lentamente y con fuerza; la caricia de unos hombros en los que hundir uñas y dientes. Calor, dulce y doloroso contacto, agitación y sacudidas, y por encima de todo, sus oscuros ojos, brillantes y turbadores.

El móvil seguía parpadeando mudo, lo cogió por fin y pulso el botón rojo. Marcó un número. Una voz conocida y amable contestó poco después. Tras escuchar pacientemente todo lo que ella tenía que decir, la voz respondió:

-¿Sabes? En la India, en algunos lugares todavía hay mujeres que realizan suicidios ceremoniales en honor a la diosa Kali, diosa de la vida y de la muerte. Se prenden fuego a si mismas, pero no como sacrificio, sino como símbolo de auténtica y profunda regeneración personal. Morir para renacer. Arder para renovarse…

-¿Qué tratas de decir?

-Sabes bien lo que quiero decir.

“Arder para renovarse”. Aquella era la excusa perfecta para sus actos; encaminarse hacía un infierno para poder franquearlo. Consumirse en las llamas de un fuego prohibido por propia voluntad, y regresar a casa, resurgiendo de las propias cenizas, plenamente consciente de su elección final. Ya no importaban los deseos, el daño que pudieran causar sus acciones a otras personas, importaban las respuestas, y mientras sus pasos se dirigían hacía aquella pira funesta, sabía que a su regreso habría encontrado la solución que buscaba.

Un gato atravesó sigilosamente la calle a pocos metros. Sus ojos de un amarillo intenso se cruzaron con los de ella un segundo. Aquello le hizo pensar en otros ojos, los de aquel al que amaba, tristes, del color de la tierra, y también en otros, los de aquel al que deseaba, oscuros como pozos sin fondo.

Sus pies dejaron de responder, se detuvo un momento. Tal vez poniendo en una balanza invisible aquellas dos miradas que poblaban su mente, intentando discernir por penúltima vez si hacía lo correcto, aún sabiendo que ya no había vuelta atrás.

En el silencio absorbente de la noche un coche derrapó en la distancia, después, confundido entre los edificios el sonido pareció desvanecerse. Ella miró hacía la oscuridad que tenía delante, y creyó ver, más allá de las sombras, una luz brillante, dorada, que centelleaba igual que una hoguera. Cerró los ojos y los volvió a abrir: allí continuaba, a lo lejos. Parecía acercarse lentamente, como si la estuviera llamando.

Sin saber porqué echó a andar en aquella dirección, al principio despacio, confusa. Después la curiosidad pudo más y apretó el paso. La luz estaba cada vez mas cerca, aproximándose por la calzada, y ella avanzaba a la velocidad que le permitían los tacones, prácticamente sin aliento. La observaba sin creer realmente lo que estaba viendo, por eso mismo, no podía detenerse.

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Se dio cuenta demasiado tarde, cuando apenas la separaban unos cuantos metros. Las luces largas del coche se abalanzaron sobre ella de repente, sin dejarla reaccionar, en un vertiginoso segundo, haciendo saltar su frágil cuerpo por los aires como si se tratara de una muñeca de trapo.

El coche ni siquiera se detuvo, siguió su camino acelerando y derrapando como si nada hubiese sucedido.

La sangre manó de sus heridas, encharcando el suelo, relucía a la tenue luz de las farolas. Un hilo rojo le corría desde la boca a través de la mejilla. Sus ojos desmesuradamente abiertos miraban al vacío. “Morir para renacer” fue su último pensamiento: “arder…”.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Fotografía: Four Star Tosh (Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

lunes

(sin título)

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Brotaba pintura de entre sus dedos, tiñendo el agua color escarlata, como si fuera sangre. La tela pasaba varias horas de cocción sumergida en el tinte hasta que adquiría la tonalidad adecuada; después se aclaraba en la corriente del río. Morgause tenía las manos rojas, más que por el colorante, por el agua helada. Apenas faltaba medía hora para el crepúsculo y una brisa inquieta y fría avivaba las ramas de los árboles. La pequeña cabaña se hallaba enclavada en el claro de un bosque junto al lecho de un riachuelo cuyo cauce lo atravesaba de este a oeste; a su lado había un pequeño huerto y un cobertizo que hacía las veces de establo.

Un pájaro negro y enorme se posó en el hombro de Morgause.

-¡Maíz! ¡Maíz!- graznó el cuervo.

-Tranquilo muchacho aún no es la hora de cenar…

-¿Maíz?- el pájaro la miró a los ojos y ella sonrió indulgente. Echó a andar hacía la casa mientras se secaba las manos con el delantal. Era una mujer menuda y delgada, de facciones alargadas y grandes ojos oscuros. Su rasgo más destacable era su espesa melena cobriza; brillante y sedosa, relumbraba como el fuego.

El cuervo de un salto voló hasta el alfeizar de la ventana. Antes de entrar, los ojos de Morgause se detuvieron en el sendero que se abría hacía el bosque -“Alguien se acerca”- pensó. Ya dentro, puso algunas verduras a hervir en la lumbre y se adecentó un poco; cepilló su largo cabello, se quito el delantal y se echó el manto encima, disponiéndose a recibir al visitante. Apenas unos instantes después escuchó el eco de los cascos de un caballo por el camino, sin duda precedido por su jinete. Salió a recibirlo.

Apareció entonces un hombre rubicundo y recio, asiendo de las riendas un percherón bruno. Su rostro aún juvenil manifestaba la fatiga del viaje, aunque esbozaba una sonrisa.

-O sois un majadero o muy osado; estos caminos son intransitables en esta época. No esperaba visitas hasta la primavera.

La voz de la mujer resonó en la extensión desarbolada, alta y cristalina.

-Tal vez sea un necio señora, pero la necesidad obliga- bramó el hombre- Morgause… tenéis buen aspecto.

Ella asintió, complacida.

-Ocupaos de vuestro caballo y entrad, me temo que ésta noche necesitaréis cobijo.- dicho esto Morgause cruzó el umbral. Momentos después el hombre la encontró avivando el fuego y removiendo un guiso que le hizo la boca agua. Se sentó en un banco junto al hogar mientras la mujer servía el caldo humeante en unas escudillas; puso un puñado de granos de maíz sobre la mesa, y fue a sentarse junto a él.

-¿Todavía no os habéis desecho de ese pájaro de mal agüero? Con razón se dice que sois bruja. - Rió.

Morgause que soplaba el ardiente líquido, contestó sin apenas levantar los ojos.

-Lo que se diga o se deje de decir no es cosa que me concierna. Y ahora decidme, Jacobo ¿A qué habéis venido?

Dispuesto a beber, el hombre paró en seco su movimiento, y la miró extrañado.

-Morgause, ¿Qué mal os he hecho para que me tratéis con tanta frialdad? Si durante todos estos años no he regresado, fue en atención a vuestras súplicas. Esperaba que el tiempo os hubiera ablandado un poco el corazón…

Morgause escuchó clavando la vista en las llamas, invadida por recuerdos de tiempos pasados. Frente aquel mismo fuego, un invierno años atrás, su corazón había mostrado pruebas de debilidad ante aquel hombre. Un amor cuyo significado en su vida se había revelado meses después de su partida, sembrando de dudas una voluntad que desde muy niña se había manifestado férrea. De forma inflexible había rechazado sus proposiciones de matrimonio, rehusando agachar la cabeza ante un varón. Le agradaba la idea de tenerlo como amante, pero la determinación de aquel muchacho era sólida, y la elección de ella no lo fue menos: nunca renunciaría a su libertad. Además de sus caricias, Morgause tan sólo añoraba una cosa, aún a riesgo de escandalizar a su antiguo amigo, y es que la suerte no le hubiese concedido un hijo fruto de aquellos momentos, pues eran escasas las ocasiones que le proporcionaba la existencia que había elegido.

Morgause se levantó para servirle un vaso de vino caliente y especiado.

-No creo Jacobo que hayáis venido para hablar del pasado- dijo en tono conciliador- Han transcurrido ya demasiadas estaciones, y con ellas imagino, que la vida habrá seguido su curso. Contadme pues, a qué se debe vuestra visita.

Jacobo cambió el semblante, de sobra sabía lo arduo que resultaba resistirse a la gracia de aquella mujer.

-Vengo a pediros ayuda Morgause…

Dudó por un momento, pero ella le hizo un gesto para que continuara, sonriendo ligeramente.

-Hace tres años me casé con una muchacha de la Isla de Mona, Anna- Aunque Morgause lo esperaba, tuvo que dominar un temblor.

-Ella es la razón por la que estoy aquí. –Continuó- Se cuentan tantas cosas sobre la hechicera del bosque… que insistió en que viniera. Cree que puedes ayudarnos, aunque ignora que nos conocemos.

-Una mujer inteligente la tuya, si sabe cuando ha de pedir ayuda. ¿Ha tenido algún aborto?

-No, ninguno. Jacobo respondió extrañado ante la clarividencia de la mujer.

-Bien. Existe un remedio bastante eficaz. Deberá tomarlo en infusión durante tres meses, empezando justo una semana después de la sangre lunar, y dejarlo cuando esta regrese o bien si queda en estado. Lo prepararé al amanecer.

-¿Cómo podría agradecéroslo?

Morgause, con el vaso de vino caliente en la mano, se acercó a una pequeña alacena, y mezcló algunas especias.

-No son más que hierbas que crecen por doquier, lo importante corre de vuestra cuenta Jacobo. Detuvo sus ojos en los de aquel hombre que la miraba con una especie de devoción. Y ahora, bebed- añadió- Os reconfortará.

-Sois muy amable.-Jacobo dio unos cuantos sorbos de la bebida, sintiéndose algo más tranquilo. Miró a la mujer que sonreía al fuego; los años no habían tratado mal a Morgause, si acaso la habían dotado con una belleza algo más sosegada. Por un instante fue como si el tiempo no hubiese transcurrido, y sintió deseos de suplicarle que entonara alguna canción como solía hacer en el pasado, pero el pudor le hizo cerrar la boca. Se sentía extraño, el calor de las ascuas comenzó a atontarlo, percibió el cansancio del camino. A la luz de las llamas el pálido rostro de Morgause resplandecía, sus ojos oscuros parecían carbones al rojo. El cuervo empezó a revolotear por toda la estancia mientras chillaba -¡Bebed! ¡Bebed!– Jacobo lo siguió con la mirada; batía sus enormes alas negras de modo anormalmente lento- ¡Bebed! ¡Bebed!- el vaso se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo derramando el violáceo líquido.

-Jacobo ¿Os encontráis bien?- la expresión de Morgause no demostraba inquietud, media sonrisa se dibujaba en su boca. El cuervo posado ahora en su hombro, aleteaba sacudiendo sus formidables alas, envolviéndolo todo en una espiral de oscuridad, cubriendo sus sentidos -¡Bebed!-.Untitled_VIII_by_FaerieNymph

Un tímido rayo de sol procedente de la ventana le hería tenuemente los ojos; excepto por aquel detalle, Jacobo tuvo un dulce despertar. Se encontraba solo pero el aroma a hierba de Morgause impregnaba el lecho y toda la estancia. Se desperezó un poco y comenzó a vestirse mientras, confuso, intentaba recodar los acontecimientos de la noche.

El día, apenas nublado, era frío y ventoso. Miro al cielo intentando calcular cuando comenzaría la lluvia y si tendría tiempo para hacer el camino de regreso. Encontró a Morgause arrodillada junto al lecho del río lavando; frotaba enérgicamente, apartándose de vez en cuando los dorados mechones que rebeldes le caían en la cara. Se acercó hasta ella.

-Me alegro de que os encontréis mejor- dijo la mujer sin volverse.- Me temo que anoche no os sentó bien el vino.

-No entiendo qué me sucedió Morgause.

-Estabais agotado, cabalgasteis en una jornada lo que cualquier experto jinete hace en dos- dijo ella volviéndose al fin.-No le deis más importancia, el vino y el fuego hicieron el resto.- Tenía las mejillas sonrosadas y estaba muy hermosa.

Jacobo distinguió al cuervo parado sobre una rama cercana, observando con atención la escena. Sintió ganas de marcharse.

-¿Cómo os puedo agradecer todo lo que habéis hecho?

Ella hizo un gesto quitándole importancia.

-Tal vez algún día podáis volver con vuestro hijo.

Sus miradas se detuvieron un instante, los ojos del uno en el otro; Jacobo tuvo un estremecimiento que no supo reconocer.

-Será mejor que salgáis lo antes posible- continuó Morgause mientras sumergía de nuevo las manos en el agua- el día amenaza lluvia, y en tal caso ese percherón pasicorto que lleváis será más un incordio que una ayuda. He guardado en las alforjas el remedio para vuestra esposa y algo de agua y comida.

Jacobo fue hacia el establo y encontró al caballo ensillado y dispuesto. Subió a él, tomando la dirección del sendero. Dirigió una última mirada a la mujer que permanecía junto al río. Hizo un gesto de asentimiento, levantó la mano para despedirse, y sin más demora, azuzó a la bestia y partió a galope sin mirar atrás.

Morgause permaneció quieta observando como Jacobo se alejaba, con la certeza de que nunca más volvería a ver a su amante. En la superficie plateada del río, el reflejo de su rostro le devolvió una sonrisa satisfecha, tranquila.

-¿Maíz?-graznó el pájaro desde la rama. Morgause, que continuaba sonriendo se puso de pie despacio, encaminándose hacía la casa. El pájaro voló hasta su hombro. Con actitud soñadora, la bruja acariciaba despacio su vientre.

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos" Fotografía 1: Lucias_tears Fotografía 2:FaerieNymph

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

208

A las ocho menos cinco se apagaron las luces de las salas. Una a una, las ventanas se oscurecieron sumiendo al edificio en la más profunda de las tinieblas. Vista por fuera la inmensa construcción de hormigón no se diferencia en absoluto del resto de edificaciones que la rodean. El complejo hospitalario abarca buena parte del terreno cercado, pero se reservó el lugar más apartado para el sanatorio, lejos de miradas indiscretas, donde no significara ningún peligro para la gente normal. En el interior, las luces de emergencia suministran una iluminación fantasmal a las anchas galerías y pabellones. De vez en cuando el halo de luz que proyecta alguna que otra linterna, rompe el efecto. El eco de las pisadas de los guardas y el grito ahogado de algún enfermo, es lo único que interrumpe la calma aparente en el silencio de la noche. Pero dentro de cada una de las habitaciones cerradas con llave, la mayoría de los ojos permanecen abiertos en la oscuridad.

Tres de los guardas de seguridad que hacen su turno esta noche cenan comida china mientras intentan ver el partido en una pequeña televisión portátil. El resto del personal del sanatorio, médicos de guardia, enfermeros y celadores tienen salas propias en cada una de las plantas.

En la habitación 208, una sombra se recorta a la tenue luz que entra por la ventana. La cama a medio deshacer aguarda a su ocupante. El escaso mobiliario que llena el cuarto acentúa la sensación de aislamiento. Es muy joven, suaves bucles ondulados le caen en cascada hasta los hombros. Viste una holgada bata blanca que deja al descubierto la suave línea de su espalda; pero ella, ajena a su cuerpo, pierde la mirada en el horizonte enlutado. Como cada noche, permanecerá así durante horas.

Ha intentado suicidarse en varias ocasiones, pero los médicos no consiguen descifrar el porqué; por ello se encuentra recluida en la de zona máxima seguridad; todos los muebles están atornillados al suelo, la cama, la mesita, la silla… los cristales de la ventana son de seguridad y no hay objetos punzantes o con filo en ningún lugar de la habitación. Tampoco habla, de hecho, hace años que pronunció su última palabra y desde entonces no ha vuelto a emitir sonidos. No llora, no grita, ni siquiera en sueños. Tampoco en su expresión se revela miedo o inquietud, en realidad casi no hay nada, es como una cáscara vacía. Parece ausente, extraña a lo que la rodea, a toda intención, inquietud o sufrimiento.

Aunque no es capaz de pensar nada concreto (desde hace tiempo eso también le resulta imposible) se mantiene alerta; instintivamente sabe que en cualquier momento pueden venir a buscarla, y no desea que la sorprendan dormida, quiere estar preparada.

Transcurren tres horas. En el pasillo se escuchan unas pisadas sobre el mármol, el murmullo de unos susurros agita la tranquilidad de los corredores. Alguien avanza por el pasillo de la segunda planta.

Frente a la puerta, blanca como el resto, los pasos por fin se interrumpen. Una obertura acristalada del tamaño de una pequeña pantalla se abre a la altura de los ojos; al otro lado del cristal, un rostro acecha. En la oscuridad centellea una pequeña llave plateada.

La muchacha advierte el ruido de la cerradura. Ha entrado, la puerta se cierra silenciosamente tras él y puede percibir como avanza unos pocos pasos. Es un hombre pelirrojo, muy corpulento, de unos 30 años. Tiene los ojos exageradamente separados y unas facciones pequeñas inmersas en un rostro grotescamente grande, lo que le confiere un aspecto insignificante y a la vez perturbado.

-¿Qué pequeña? ¿Me estabas esperando?

Habla arrastrando las sílabas de forma empalagosa. Su boca roja y cruel se abre como un agujero en la oscuridad.

La obliga a darse la vuelta, apresándola entre sus brutales manazas.

-Muy bien, muy bien…- masculla mientras clava los ojos en ella- Así me gusta pequeña, que te estés calladita.

Comienza a acariciarla por encima de la bata, oprimiéndola contra su pecho. Ella simplemente se deja hacer, sus ojos inertes brillan en la tenue penumbra,Amber_in_Shadows_by_kedralynn2 extraviados. Hay tanto silencio que el tiempo parece haberse interrumpido. Estar allí con ella es muy parecido a estar solo, pero eso a él no le preocupa.

Busca su boca, hasta introducirle la lengua nauseabunda. Ella siente angustia, toda la repulsión de la que es capaz, pero no se resiste, no sabe cómo. Una anarquía de ideas la oprime, los caóticos laberintos de su mente en los que hierven mil pensamientos confusos, la paralizan, pero uno de ellos, poco a poco, se abre paso por encima del resto, de forma apenas perceptible. Lo fija durante un segundo, y con eso es suficiente.

Repentinamente da un violento salto hacia atrás. El hombre retrocede, presa del desconcierto, por un instante temeroso de que grite y alerte a alguien. Sin embargo el gesto de ella continúa totalmente ausente; los ojos muy abiertos observan el vacío por encima su cabeza, y con la mano en alto, blande un puñal invisible, como si fuera a clavárselo al aire.

Allí está ella, enmarcada por la luz procedente de la ventana, con la mirada vidriosa y perdida, y el puño en alto, terriblemente insignificante, amenazando a la nada.

Al intentar sujetarle el brazo, ella responde asestando feroces cuchilladas apenas con el impulso suficiente, hiriendo una carne invisible. Apuñalando su miedo, su dolor, una y otra vez, y otra vez más.

Él decide marcharse, se le han quitado las ganas. Tal vez vuelva mañana, cuando esté más tranquila.

“Es una loca” -piensa, intentando borrar aquella imagen de su mente- “No es más que una pobre loca”

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Fotografía: Kedralynn

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)

fictitious

DepressedConfusa, se despierta entre sueños, balbucea sin sentido hasta que consiente ser absorbida por la realidad. Le cuesta regresar. No es sencillo rescatar la percepción de las cosas antes que la conciencia, que los sentidos vayan recuperando uno a uno la voluntad, que la mente se ubique en el mundo y la persona en las circunstancias.

Se recuesta sobre la mesa del escritorio, el café humea. Su mirada adormecida se pasea por la habitación hasta una ráfaga de luz procedente de la ventana, la cual le devuelve un brumoso espectáculo; un confuso paisaje pintado en tonos ocres y grises, como si el mundo no fuera más que un boceto sin terminar trazado por alguien tan entumecido como ella, creando de este modo una sensación inconsistente de eso que a la gente le gusta llamar realidad.

Realidad… susurra mentalmente –“Quién sabe si la realidad es tal y como la vemos o tal y como la inventamos…”

Abre los ojos, ha percibido un sonido apagado procedente de la puerta. Ajusta un poco la vista, y distingue un sobre color crema en el suelo junto a ella. Se levanta. Observa sus pies, están envueltos en una extraña bruma blanquecina que se extiende lenta, suavemente por toda la estancia. Avanza, despacio hasta el lugar donde se encuentra el sobre, se agacha y tantea con la mano para encontrarlo entre la densa niebla. Lo coge. Su nombre está escrito en grandes letras mayúsculas, su tacto extremadamente satinado y está un poco arrugado por los bordes.

Casi con reverencia lo abre, con mucho cuidado de no dañar el papel. Un folio doblado en dos mitades, en él una frase:

SÉ QUIEN ERES

Se asoma por la mirilla, no hay nadie en el rellano, ni ruido en la escalera, aún así abre la puerta. Sigue sin haber nadie. La niebla se extiende lentamente, invadiendo el espacio como lava blanca, casi líquida y consistente, hasta llegar al primer peldaño donde se desaparece. Detrás de ella suena el teléfono; el timbre agudo la aturde, es mucho más fuerte de lo normal, con cada tono las paredes y el suelo se estremecen como si hubiese un ligero seísmo. Tapándose los oídos con las manos, trastabillando, consigue llegar hasta él y contesta. Al otro lado de la línea, aún más ensordecedor e inquietante, el sonido que producirían las hojas de mil tijeras afiladas cortando simultáneamente una cortina interminable le hiela la sangre en las venas, acelera sus latidos. Cuelga.

En su mano continúa el sobre, y en el papel ahora pone:

ÉSTA NO ERES TÚ.

Abre los ojos, el café humea. Su mirada vaga por la habitación hasta la puerta cerrada. El sol entra a raudales por la ventana, la claridad la obliga a entornar los ojos. Desde la calle percibe las risas y los gritos ahogados de los niños que van a la escuela acompañados de sus madres, los motores de los coches rugen quedamente sobre el asfalto, los sonidos amortiguados por el doble acristalamiento cobran de repente una entidad totalmente opuesta, creando el efecto de que no hay más realidad que esa.

“Realidad…”- susurra mentalmente.

Deaf_Dumb_and_Blind_by_glitterdarkstar

(Realidad y ficción se confunden, unen e involucran de tal manera en su existencia, que hace tiempo que ha dejado de discernir qué es aquello que las separa. Con la suficiente conciencia, camina por ese límite abismal y la vida se convierte en una especie de sueño lúcido, a veces soñado por ella misma, otras, por una persona a la que no conoce.)

Al hilo de la iniciativa de "El cuentacuentos"

Fotografía 1: Ermith Fotografía 2: Glitterdarkstar

(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)